Archivo de 2 Noviembre 2009

El sábado, el Presidente de la República presentó el Proyecto de Ley de Creación del Ministerio de la Cultura, luego de un año y tres meses de su anuncio en el Mensaje Presidencial del 2008.

La idea de contar con un organismo estatal de alto nivel que se dedique a establecer y ejecutar la política cultural del país ha sido debatida en medios y en blogs. Básicamente, han sido varios los puntos de discusión que se han puesto en agenda (ver más sobre el tema aquí, aquí y aquí):

1. La necesidad de crear un Ministerio para este tema para reemplazar a un Instituto Nacional de Cultura poco operativo. Es decir, el tema de la burocracia ineficiente y si el remedio es un órgano de mayor nivel.

2. ¿A qué le llamamos cultura? ¿Solo entrarían las manifestaciones culturales “clásicas” o folkóricas dentro de este membrete?

3. Definición de competencias claras. ¿De qué se encargará el nuevo Ministerio? Aquí las disputas con el sector Turismo - osea, con el MINCETUR - deberían resolverse de modo claro y directo con una clara delimitación de competencias y complementariedades.

4. El Presupuesto: Léase, convencer al MEF de que cultura es una inversión y no un gasto ostentoso.

5. ¿Qué prioriza el nuevo Ministerio? Gran pregunta: ¿protección del patrimonio cultural, manifestaciones artísticas o industrias culturales?

Más allá de la cháchara de García sobre la necesidad de un Ministerio - alguien me explique qué es un “país civilización” - lo importante es ver y discutir el proyecto.  De hecho, ya le he dado una primera mirada y creo que solo responde de modo parcial a las interrogantes que hemos señalado anteriormente. Por ello, destaco las cuestiones que hay y los vacíos existentes:

a. El acento del proyecto: Defensa del patrimonio histórico y cultural y promoción de la actividad artística en el país.  De allí que los viceministerios que se tendrían son los de Patrimonio y Fomento Cultural. Temas como industrias culturales, que van más allá de estos membretes y que los atraviesan, simple y llanamente no existen.

b. La coordinación con los otros sectores y con los gobiernos regionales y locales: Más allá de las cuestiones genéricas, no se dice como se articula la política sobre la materia. Es decir, podríamos llegar a los extremos de tener un Ministro o Ministra que impulse la realización de mayores exposiciones de arte plástico y un Alcalde de Lima que no continue el trabajo de bienales de su antecesor (Habla, Castañeda).

c. El rol de los privados: Se ha focalizado en un punto central, pero incompleto. Sin duda, dar incentivos tributarios sobre la materia es un mecanismo que puede facilitar su compromiso con la materia, pero deja de lado definir su rol dentro del sector.

d. Fondos y presupuesto: Se definen diversas fuentes de financiamiento, pero no queda claro como se compatibiliza esto con fondos existentes y pendientes de reformulación, como el de la promoción del Cine. ¿Y cuánto destinará el MEF a este sector?

e. Una cuestión inexplicable: Se señalan varios organismos que quedarán adscritos para el Ministerio. Pero curiosamente, aparece entre ellos el INC. ¿No desaparecía con la creación del Ministerio? ¿Qué funciones va a tener?

Finalmente, la cuestión inicial sobre la necesidad de un Ministerio es puesta en palestra nuevamente por Augusto Álvarez Rodrich:

La pregunta relevante es por qué el nuevo ministerio podrá promover la cultura con más acierto que lo que ahora (no) hace el INC y, de paso, qué impide a los actuales organismos vinculados a la cultura ser realmente eficientes.

Ese es el tema central que el Congreso debe dilucidar antes de aprobar la creación del Ministerio de Cultura. ¿Qué podrá hacer este que hoy no puede hacer el INC y, de paso, cuánto dinero tendría la nueva organización para cumplir sus fines? Si eso no se resuelve, mejor seguimos igual (de mal) que ahora.

No se puede caer en el absurdo de creer, como siempre,  que una nueva ley o ministerio –todo un símbolo de estatus– resolverán el problema. Esto se explica por la creencia injustificada de que la cercanía al presidente siempre soluciona las cosas.

Eso es falso. Tenemos, por ejemplo, un ministerio para la Educación pero esta, en el Perú, es una estafa pública. Y del mismo modo como se propone crear el de la Cultura, ¿por qué no hacer lo mismo con la tecnología, deporte, infancia, turismo o gastronomía (lo cual, estoy seguro, mandaría al tacho todo lo avanzando en este rubro en los últimos años)?

Antes que la forma organizacional –ministerio o instituto–, lo crucial es la voluntad política real –expresada en planes y presupuestos– para tener políticas públicas exitosas. Y eso, en la cultura, como en muchos otros ámbitos, es lo que verdaderamente hace falta.

El debate recién comienza.

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