Archive for November 19th, 2009

Hace exactamente 9 años, un oscuro ingeniero agrónomo que ocupó durante 10 años la Presidencia del Perú – 8 de ellos, contribuyendo a aumentar la historia del autoritarismo en América Latina – renunciaba por fax, luego que se cayera el principal sustento de su poder: un ex espía.

A pesar que se le dijo, se le advirtió y hasta se le ponía en revistas – que, años más tarde, sentado en un banquillo de acusados, el ex dictador dijo no leer -, Alberto Fujimori puso como socio a Vladimiro Montesinos, alguien que supo fungir de doble agente y que convirtió al Servicio de Inteligencia Nacional en la aduana de la corrupción y de la violación de los derechos humanos. Aduana de la que el ex Presidente no era ajeno, como se ha demostrado en los procesos judiciales o él mismo ha aceptado su responsabilidad penal.

Luego de su caída, la inteligencia se dividió en dos vertientes. De un lado, los institutos armados haciendo la inteligencia operativa y los intentos a trompicones de crear un organismo rector del Sistema de Inteligencia. Del otro lado, la privatización de un sector de la inteligencia, sobre todo de aquellos que habían pasado a la fila de desempleados sin Fujimori y Montesinos, a través de empresas privadas de seguridad dedicadas a custodiar intereses privados en los casos más sanos, pero, en otros menos santos, al espionaje industrial, la interceptación telefónica, el chantaje y el amedrentamiento.

Es en este contexto que debe inscribirse el caso de Víctor Ariza, el espía cuya historia ha conscitado nuestra atención durante esta semana. Más allá de la pregunta sobre porque una persona puede pasar a traicionar a su patria por algunos miles de dólares – y que ha merecido la atención de Jorge Bruce – debemos preguntarnos algo más sobre la labor de espionaje y de inteligencia.

En una lúcida columna, Gustavo Gorriti va más allá del tema ético y aterriza algunos conceptos:

Las naciones rivales, o potencialmente rivales, cuyas fuerzas de seguridad hacen planes, diseñan estrategias y tácticas basadas en la hipótesis de conflicto bilateral, tienen un interés especial en conocer todo lo posible sobre las disposiciones, planes, medios, distribución, despliegue, capacidades e incapacidaes de su contraparte. Gran parte de esa infformación no requiere ningún tipo de espionaje para su obtención, sobre todo en estos tiempos. Basta con saber utilizar las fuentes y los medios hoy disponibles para conseguirla. Una parte pequeña puede requerir una lectura electrónica subrepticia, de nivel mucho menos que el que efectúan las grandes potencias con implementaciones como las de la red Echelon, por ejemplo. Aparte de ello, hay un ámbito más bien pequeño y muy específico de información o corroboración que todavía se logra mejor a través de personas que trabajan en ciertas instituciones o agencias del Estado contraparte. La función de los organismos de inteligencia propios es obtener dicha información reclutando colaboradores y la función de la contrainteligencia opuesta es impedirlo.

En esa línea, señala Gorriti, el conocimiento del otro se desarrolla a través de un espía y su descubrimiento siempre genera expresiones de disgusto del agraviado y de la denegatoria torpe del afectante. De allí que lo que hayamos visto esté dentro de “lo normal”, con las molestias que suscita que el vecino del sur no acepte su responsabilidad. Y como bien apunta Gorriti, no solo los envidiosos espían.

De hecho, ayer muchos nos preguntábamos si es que teníamos que envidiarle algo a Ecuador – además de su selección de fútbol – cuando conocimos que el año pasado se descubrió en el país del norte que había un militar ecuatoriano que le pasaba información al Perú a cambio de dinero. Caretas comentó en su momento el hecho:

El diario Expreso de Guayaquil reveló la semana pasada la historia de Carlos Romero Pico, un suboficial de la Fuerza Aérea Ecuatoriana (FAE) acusado de vender información a los servicios de Inteligencia peruanos durante siete años, entre 1998 y 2005.

Persuadido por su situación, pues tenía siete hijos de cuatro compromisos, Romero Pico entregó, según la información, más de 900 documentos “con estrategias de defensa, teatros de operaciones bélicas, apreciaciones de inteligencia, análisis técnicos de armamento, sistema de espionaje y contraespionaje, así como de recursos internos de las tres ramas de las Fuerzas Armadas”.

Por la colaboración el suboficial recibió unos US$ 150 mil que fueron entregados tanto en sus encuentros con oficiales peruanos como a través de transacciones financieras. Las citas con sus fuentes solían celebrarse en el restaurante Ojitos de Aguas Verdes. En julio del 2005 le echaron el guante.

Pero Romero es solo la punta del hilo en esta madeja. Luego del conflicto del Cenepa y el fiasco en términos de pérdidas en aviones de combate y helicópteros, la Fuerza Aérea Peruana (FAP) decidió que era hora de poner especial atención en el seguimiento al país vecino.

No solamente la FAP gestionó la compra de material a Israel. Mientras la amenaza de nuevos conflictos seguía latente después de 1995, los esfuerzos se redoblaron para obtener información sensible. El director de Inteligencia del arma era nada menos de Carlos Elesván Bello, actualmente procesado por integrar la red de Vladimiro Montesinos.

Los planes puestos en marcha trascendieron largamente a Romero Pico. Uno de los planes de Inteligencia recibió el nombre de “Iluminación”. El objetivo era infiltrar agentes a Ecuador vía un tercer país para vigilar cuidadosamente las bases aéreas de la FAE en Taura, Manta, Salinas y Guayaquil.

La embajada peruana en Quito también se equipó para la ocasión. Una de las empresas israelitas que reparó los aviones peruanos incluyó en el servicio dos maletines para interceptar comunicaciones telefónicas.

De acuerdo a la información recabada por CARETAS, la FAP intensificó tanto su presencia en Ecuador que contribuyó a “sembrar” la información sobre lo que el ex presidente Abdalá Bucaram denunció como el “Plan Zorro”. Según éste, el general Paco Moncayo puso en marcha una conspiración para desestabilizar el sistema democrático, tumbarse a Bucaram y poner en el poder a su rival, el socialcristiano Jaime Nebot.

De todos modos, el folclórico Bucaram no necesitó de tanta ayuda para ser eyectado del poder.

Elesván Bello tuvo entre sus principales colaboradores a José Luis Malpartida, agregado aéreo en Quito durante el conflicto de 1995 y director de Inteligencia de la FAP entre 1997 y el 2000.

Diluido el fantasma de la guerra y firmada la paz entre los dos países, hubiera sido de esperar que los planes de espionaje fueran desactivados. Pero lo que mantuvo los radares prendidos fue una reunión bilateral de Inteligencia entre la FAE y la Fuerza Aérea Chilena (FACH), realizada después del conflicto. El contenido del encuentro se filtró a la prensa ecuatoriana y se basaba en la capacidad de guerra electrónica de la FAP, las características de los MiG 29 y Sukhoi 25 que el Perú adquirió a Bielorrusia y Rusia y el estado operativo de otras aeronaves FAP como los Mirage 2000.

Así se decidió mantener engrasados a eslabones como Romero Pico. Quien, por cierto, puede darse por bien servido. La justicia de su país lo acaba de condenar a cinco años de prisión.

Curiosamente, como hoy reporta la misma revista, Ariza fue uno de los encargados de armar este operativo con Ecuador, años antes de estar en la otra orilla.

El caso nos debe ayudar a reforzar aquellos aspectos de inteligencia que son necesarios mejorar. De hecho, es una buena noticia que se haya detectado a tiempo al espía y que se montara un operativo de contraespionaje para confirmar las dudas sobre su accionar. Sin embargo, preocupa mucho que los oficiales a cargo de la inteligencia dejen algunos documentos al alcance de la mano de cualquiera, como fue detectado.

Más allá de las histerias nacionalistas, hay análisis que son necesarios para ver en su complejidad este tipo de problemas.

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