Archivo de 28 Marzo 2009

Fui con algo de miedo a ver La Teta Asustada. Temía toparme con una película plagada de lugares comunes sobre el conflicto que vivimos, en la que los buenos fueran demasiado buenos y los malos demasiado malos, un peligro en el que visiones de uno y otro lado parecen caer, como lo hemos visto en estos últimos días.

Afortunadamente, conforme fueron avanzando los minutos de la cinta, me fui topando con un universo creado en sí mismo, coherente y, que, a la vez, sin procurar dar una moraleja explícita ni un juzgamiento, deja al espectador que rescate de la historia aquello que nuestras experiencias y vivencias sobre lo que nos ocurrió como personas y como sociedad han podido tamizar.

Es cierto que para un público acostumbrado al vértigo al que la edición, el manejo de cámara y ritmo que las producciones extranjeras y nacionales han echado mano durante los últimos tiempos, La Teta Asustada les puede parecer una película lenta, en la que no sucede mucho o en la que no se presenta una ruptura violenta. Y en ello está su riqueza mayor, en su sutileza dura, por denominarla de alguna manera.

Digo sutileza dura porque no vemos en la película los hechos que desencadenan el trauma originario de Fausta, sino que lo conocemos a través de una canción cantada en quechua por ella y su madre, en la que se conectan a través del dolor generado por la violación, la rabia frente a los vulneradores de derechos – a los que curiosamente, no se identifica ni como senderistas o militares de modo claro (salvo, aparentemente, por una foto de un militar a la que Fausta siente miedo), con lo que el perpetrador deja de tener un rostro claro – y la música.

La música, por cierto, es un elemento más de esta película, casi un personaje. A través de la misma, Fausta va expresando aquello que tiene escondido y no puede verbalizar. Es su catarsis. Cada canción que ella crea nos remueve, porque es a través de la melodía y la letra que podemos conocer el yo interior de la protagonista, encerrado por sus miedos en gestos y miradas que rehuyen cualquier modo de cariño o de expresión de sentimientos.

También hablo de sutileza también porque la tristeza se expresa más en el rostro de Fausta antes que en frases directas, sobre todo, en el contraste existente entre una familia que vive del negocio de amenizar matrimonios, con el goce celebratorio que ello conlleva a ritmo de Los Destellos, y una joven de 19 años que está aprendiendo a sobrellevar sus propios miedos y que desea llevar a su madre momificada a la tierra originaria, para que pueda descansar en paz. El amor le es negado, de ello no se habla, sino de la celebración y del miedo al mismo, secuela de tiempos duros en los que sobrevivir era cuestión de todos los días.

El mismo contraste se da entre la compositora fallida que, días previos a una presentación, no duda en aventar pianos y en acercarse a quien aparece como una presencia casi fantasmal en aquella mansión oculta – a la usanza de las casas de niseis en el Perú durante los años cincuenta – detrás de un portón (otra forma de barrera para evitar, en este caso, ponerse en contacto con el mundo caótico o con los propios demonios), pero se trata de un fantasma cuya voz se escucha a través de la música. Aquella que las conecta por breve tiempo, aquella que también les hará separarse, aquella que finalmente será el catalizador del desenlace.

¿Hay capacidad de reconciliación en este mundo planteado por Claudia Llosa y que simbólicamente representa al país? A diferencia de lo que, a la luz de las actitudes y usos de víctimas de los que hemos sido testigos esta semana, podría parecer como algo imposible, la capacidad de ir formando pactos entre seres humanos que sean duraderos y, además, que se basen sobre la superación – en procesos y no por arte de magia – de los traumas personales y colectivos que nos acompañan.

No se trata de una cinta racista, tampoco de un ejercicio prejuiciado sobre la violencia y menos aún de una cinta que coloca a buenos y a malos de modo maniqueo. De hecho, lo bueno y lo malo del ser humano está puesto en ambas partes. Se trata de un modo distinto de encarar un tema complejo, que nos sigue doliendo y dividiendo, pero que en esta película nos reencuentra con los seres humanos de carne y hueso que vivieron más intensamente dicha etapa de la historia peruana, aquellos que todos los días se levantan, muchas veces sin esperanza y, otras, por decisión propia, se deciden a vivir de otro modo la vida, luego que los miedos se comienzan a superar.

El arte nos hace procesar de mejor modo ciertos sucesos. Es necesario compartir la catarsis que nos deja La Teta Asustada. Y sobre todo, quedarse pensando en cómo, desde lo cotidiano, podemos hacer que nuestras Faustas, sea con la música o de otros modos, puedan ir caminando con la mirada decidida. Tal vez, ese día, el país en el que me tocó en suerte nacer pueda ser otro.

(Fátima Toche apreció conmigo está película y compartimos muchas de las impresiones que he tratado de plasmar aquí. Por ello, este post, en muchos sentidos, también es suyo).

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