Cuando, en junio de 2011, el entonces presidente Alan García anunció el emplazamiento de una estatua de Cristo donado por la Asociación Odebrecht, fuimos varias las voces que señalamos, en diversos medios de comunicación, la inconveniencia de esta edificación.

Nos parecía contraproducente que el gobierno de un Estado laico utilice símbolos religiosos para elevar su popularidad. Ya lo había hecho con la promulgación de una ley que reconocía al Señor de los Milagros como “Patrono de la Espiritualidad Religiosa Católica de la República del Perú”.

Peor aún, el entonces ministro de Cultura buscó justificar la obra señalando que el doctor García buscaba darle una sorpresa a la ciudad y, posteriormente, señalando que se haría un homenaje a los caídos en las batallas de San Juan y Chorrillos de la Guerra del Pacífico. Olvidó que ya existía un monumento al Soldado Desconocido en honor a quienes defendieron la ciudad del invasor extranjero.

Desde el punto de vista urbanístico, ya se hacían varios cuestionamientos, no solo por colocar una estatua que se asemejaba mucho al Cristo de Corcovado, sino también por el retorno de monumentos colosales que hacían recordar a aquellos colocados por satrapías donde primaba el ego del gobernante. Sumemos a ello que se trataba de una obra que no pasó por un concurso público para su edificación.

Pero el punto más importante era que el principal donante de la obra era la asociación perteneciente a una compañía constructora brasileña que ya tenía varios cuestionamientos para junio de 2011. Obra para la cual el expresidente García dijo que había donado 100,000 soles – luego se desdijo e indicó que solo fueron 25,000 dólares -, lo que ya daba serios indicios del aconchabamiento existente entre aquel gobierno y Odebrecht. Todo ello en un contexto de cambio de mando, cuando ya se indicaba que el mandatario entrante, Ollanta Humala, también tenía fuertes nexos con el vecino del este. Y cuando ya sabíamos que las empresas Camargo Correa y Andrade Gutiérrez habían contribuido para la campaña electoral del hoy caído en desgracia Alejandro Toledo.

Peor aún, la Megacomisión presidida por el hoy exparlamentario Sergio Tejada encontró indicios bastante serios de la relación entre Odebrecht y el segundo gobierno aprista, a partir de dicha donación. Confirmó que el estudio Nava & Huesa – vinculado al exministro Luis Nava Guibert – había sido patrocinante de la compañía brasileña durante dicho periodo gubernamental. Se encontró que el único donante de la obra había sido la Asociación Odebrecht, se confirmaron las 16 visitas de Jorge Barata – el hombre fuerte de la compañía en el Perú – y que el señor García participó en la sesión que conformó el Patronato del Cristo del Pacífico y fue propuesto como “promotor” de la obra.

Peor aún, todos los trámites para el levantamiento de una obra en un escenario como el Morro Solar apenas demoraron un mes. De hecho, en un solo día se aprobaron once trámites administrativos. Una celeridad digna de mejor causa.

Y para completar el cuadro, todos los trámites para la edificación del Cristo del Pacífico se realizan cuando se encontraban en plena licitación de obras de los Tramos 1 y 2 de la Línea 1 del Metro de Lima, que ganó Odebrecht en lo que se refiere al primer tramo.

Si ya esto hacía que la obra fuera controversial, las revelaciones sobre Odebrecht a partir del caso Lava Jato solo pueden generar una salida: el retiro de la controvertida estatua, convertida, a más de cinco años de su colocación, en una afrenta para el país.

La chapa de “Cristo de lo Robado” ahora se ajusta con facilidad. Y cualquier persona – con mayor razón, los creyentes – pediría que dicho monumento a la cutra deje de adornar las costas de la capital del Perú.