Archivo de 5 Diciembre 2008

El señor de la foto se llama Otto Guibovich Arteaga y desde hoy es el nuevo Comandante General del Ejército. Se trata de un oficial que tiene una buena hoja de servicios, según las referencias que he podido tener. Con este nombramiento se cierra la tormenta diplomática desencadenada con las polémicas declaraciones del General Edwin Donayre.

Lo cierto es que la polémica gestión del general ayacuchano ha terminado de poner en cuestionamiento los pocos avances existentes en materia de modernización y reforma militar durante la década posterior al decenio fujimorista. Lo poco que se avanzó durante el gobierno de Toledo y en la primavera que supuso la gestión de Allan Wagner en el sector Defensa ha sido completamente desmontado.

¿Razones? De un lado, la pérdida de impulso reformista de ambos gobiernos. Del otro, la recuperación del poder castrense. Fernando Rospigliosi indica que, en realidad, Alan García ha preferido mantener la lealtad del Comandante General del Ejército antes que modernizarlo, con lo que le permitió a un general sumamente cuestionado hacer lo que se le viniera en gana. Y eso permitió tener a un oficial campechano al mando de la institución, pero haciéndole un daño bastante serio a la misma.

Pero más allá de las intenciones de García, lo cierto es que las reformas hechas no fueron lo suficientemente sólidas y dependieron de las intenciones de los Ministros de Defensa. Fritz DuBois lo ejemplifica de modo correcto:

Es realmente una señal del deterioro institucional del ejército que una sola persona pueda haber adquirido tal protagonismo personal y lo más preocupante que lo haya podido utilizar libre y alegremente para sus intereses personales, primero intentando no pasar al retiro y luego claramente buscando crearse un futuro político. En ningún momento parece que ni el interés nacional ni el de sus compañeros de arma se cruzaron por la mente del general. Es por ello muy difícil imaginar que un líder militar con esa evidente falta de seriedad hubiera logrado que sus hombres lo sigan al campo de batalla arriesgando sus vidas sin dudas ni murmuraciones.

En ello, la responsabilidad de Donayre es similar a la de quienes lo pusieron en el cargo, que han sido incapaces de mantener una política de Defensa que sea consistente, democrática y realmente pueda llevar a los institutos armados a su lugar como ejecutores de directivas claras y que respeten los derechos humanos.

Por ello, producido ya el relevo de Donayre, quizás debieramos pensar más en el pase al retiro de Ántero Flores - Araoz.

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