Todos sentimos que el invierno que tenemos este año debe ser uno de los más crudos que debemos haber tenido. Ello, luego de uno de los veranos más calurosos que hayamos tenido. No soy meteorólogo - ni pretendo pasar por tal - pero no hace falta serlo para darnos cuenta que las cosas no andan bien con el clima, producto de aquello que llaman calentamiento global.
Quienes vivimos más o menos cómodamente tenemos una casa donde cobijarnos, ropa con que abrigarnos y hartas frazadas para taparnos cuando vamos a dormir. Desafortunadamente, esa no es la nota común en nuestro país, sobre todo en el sur, donde el frío se siente con mayor intensidad.
Leía, antes de sentarme en la computadora, una columna del ex Ministro de Salud Uriel García en Caretas. Desde su experiencia de médico, señalaba que las muertes por Infección Respiratoria Aguda no se deben a un mal manejo médico frente a las enfermedades causadas por el invierno, sino gracias a la pobreza y a la exclusión.
Y claro, pensaba en como nuestros hermanos de Ayacucho, Puno o Apurímac (por mencionar algunos ejemplos), no tienen calefacción, menos aún la suficiente ropa para abrigarse para soportar temperaturas bajo cero. O basta ver sus viviendas para saber que pueden guarecer de todo, menos de un clima general de indiferencia, que parece cobrar más vidas que el frío. Bien los saben quienes vivieron en esa zona del país, pues cuando ocurrió el conflicto armado interno eso fue lo que exactamente pasó.
¿Qué hace el Estado? Pues lo de siempre: esperar a que ocurra la emergencia, a que los corresponsales de prensa informen como se mueren niños, ancianos y animales para recién reaccionar y convocar a masivas campañas de donación de ropa y abrigo para colaborar con nuestros compatriotas. Y claro, está muy bien que apoyemos y seamos solidarios con quienes lo necesitan. Sin embargo, todo este discurso de solidaridad presidencial y estatal parece tardío frente a algo que es un mal común del Estado peruano: la falta de previsión, pues todos sabemos que en esta época del año se producen las heladas, cada vez más frecuentes por la forma en como hemos ido maltratando nuestro planeta.
Quizás esta pequeña reflexión nos sirva para pensar de nuevo en aquello que durante el año pasado la campaña electoral nos sacó dramáticamente en cara: este, nuestro país, es un lugar de grandes contradicciones sociales y de abismos de exclusión que harán inviable cualquier intento de democratización o desarrollo económico si es que no cerramos las brechas que nos separan. Ayudar a quienes lo necesitan y sumar esfuerzos en las campañas que se vienen difundiendo por los medios de comunicación es una manera de hacerlo. Pero quizás, más duradero y satisfactorio para todos será que le comencemos a exigir al Estado - y a nosotros mismos - que la indiferencia no sea la característica principal de nuestra conducta y que la improvisación y el gesto falaz no se conviertan en intentos de hacer más puntos en las encuestas con lo que es, simplemente, un deber moral y una obligación.
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