Archivo de 1 Junio 2007


Hoy se celebra un aniversario más de la fundación de Acción Popular, uno de los partidos políticos más longevos de nuestro país. Fechas en las que, además, se recuerda la partida de dos de sus principales figuras: su fundador, Fernando Belaúnde Terry (dos veces Presidente de la República) y Violeta Correa Miller. Momento, además, que puede servir para la reflexión sobre el futuro de este partido, acéfalo desde la partida de Valentín Paniagua.

Acción Popular ha llegado en dos ocasiones al gobierno por la vía popular y uno de sus más dignos representantes encabezó la transición que nos permitió salir dignamente de la cloaca fujimorista. Sin embargo, desde hace muchos años, no cuenta con un respaldo electoral sólido, ni un programa más o menos claro (aunque la indefinición fuera característica de su líder máximo), ni con un líder que le permita tener una presencia mayor de la que tienen sus parlamentarios.

A mi modo de ver, eso pasa por algunas cuestiones que atraviesan a todos los partidos: falta de representatividad, lejanía de la población, mecanismos de democracia interna aún por perfeccionar, adaptación a los nuevos tiempos. Pero también tiene que ver con algunas cuestiones que AP tendría que repensar, luego de la desaparición de sus máximas figuras históricas.

La primera es una reflexión crítica sobre su legado. Sin duda, a Paniagua y a Belaúnde nadie les negará sus calidades democráticas, credenciales alcanzadas no solo por su desempeño en el gobierno, sino también en la lucha contra regímenes autoritarios. A Belaúnde tampoco podrán negarse los méritos de sus obras arquitectónicas durante sus dos gobiernos. Sin embargo, la falta de manejo en las crisis económicas, la permisividad frente a algunos actos de corrupción (hecho reconocido por los actuales dirigentes del partido) y la conducta del régimen durante los inicios del conflicto armado interno son parte de un pasivo que el partido deberá asumir como parte de su historia.

La segunda es un cambio de estructura partidaria. Quizás el hecho de que AP no tenga en este momento un caudillo carismático o una figura respetable de la envergadura de sus ex Presidentes pueda ser la oportunidad para que esta agrupación - una de las pocas con real presencia nacional - pueda adecuarse a los tiempos y dejar de lado su armazón en base a la figura del “partido de caudillo”, que fue lo que finalmente encarnó Belaúnde y, en cierta medida, Paniagua. De esos pedidos de aggiornamiento han sido partícipes figuras que trataron de darle cierta organicidad ideológica a AP, como Francisco Miró Quesada Rada, actual co - director de El Comercio.

La tercera es abrirse un espacio político. Hoy Acción Popular no sabe hacia donde va a definirse como partido: si postulará una figura más progresista como en sus inicios o como algunos parlamentarios actuales - como Yohny Lescano o Rosario Sasieta - pretenden iniciar, o si continuará siendo un partido más de centro, sin definiciones claras. Tampoco podría descartarse la fusión con grupos políticos más afines a la práxis de esta agrupación, como Perú Posible, Somos Perú y la Coordinadora Nacional de Independientes. Como diría Rubén Blades, es un momento plástico para esta agrupación.

De no hacer cambios, AP irá camino a la desaparición, camino, que, hasta el momento, parece ser el que va emprendiendo luego de la partida de Belaúnde y Paniagua. Mario Vargas Llosa lo señaló con claridad, justo cuando partía Belaúnde:

“¿Qué herencia política deja Fernando Belaunde Terry? Aunque hay entre sus seguidores personas valiosas, yo dudo que Acción Popular sobreviva, a menos que se renueve de raíz. Porque era un partido que reflejaba íntimamente la idiosincrasia y la persona de su fundador, una formación a la antigua usanza, nacida y estructurada en torno a una figura de gran seducción y carisma antes que a un programa o a una ideología, es decir una institución que va siendo ya muy anacrónica en nuestros días, en que la política es cada vez más una tarea de equipos y de cuadros y de técnicas y cada vez menos de líderes y caudillos (aun en la mejor acepción cívica de esta palabra)”

¿Superarán ese reto y seguirán diciendo “Adelante”?

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