
Esta por culminar el año - marcado por procesos electorales - y la pregunta que me suscita el final de esta temporada es la que aparece en el título.
Varios signos aparecidos durante este año nos alertan que algo no funciona bien en la política peruana y, en particular, con los partidos políticos:
- Un outsider autoritario como Ollanta Humala estuvo a punto de ganar las elecciones presidenciales.
- Un movimiento autoritario y sin estructura, como el fujimorismo, obtuvo 13 congresistas. Sin embargo, no logra ninguna victoria importante en las elecciones regionales y municipales.
- Unión por el Perú, con candidatos de alquiler, le va relativamente bien en ambos procesos electorales.
- Unidad Nacional tiene poco de Unidad y de Nacional. Se fue desgajando durante el año y hoy gana sólo en Lima y por el arrastre personal de Luis Castañeda Lossio.
- Acción Popular agoniza luego de la muerte de sus dos grandes líderes.
- Somos Perú es arrasado en medio del desgaste de alcaldes eternos y acusaciones de corrupción.
- Ninguna de las izquierdas - ni la radical, ni la más moderna - logran articular movimientos nacionales con arrastre popular. Curiosamente, gente salida de sus filas logra éxitos locales y regionales.
- Más que movimientos regionales, como apunta Martín Tanaka, tenemos caudillos regionales con arrastre: Juan Manuel Guillén, Iván Vásquez, Alex Kouri, Vladimiro Huaroc, Federico Salas, Yehude Simón e incluso el aprista José Murgía.
- En varios lugares, las elecciones han acabado a balazos, con toma de actas y destrucción de municipios. Los casos de Puente Piedra y Campanilla han sido los más comentados por la prensa.
- El Presidente de la República da un patético discurso en el que hace gala de su caudillismo y mesianismo diciendo que, “si fuera necesario”, él mismo postularía a la Alcaldía de Trujillo para recuperar el otrora sólido norte que ahora al APRA le parece mas una malagua.
No estamos hablando de hechos que nunca se hayan repetido en la historia del Perú. Los balazos y anforazos fueron nota común de las elecciones del siglo XIX (los famosos tiempos del pisco y la butifarra), e incluso conformó un capítulo entero de “Conversación en la Catedral”, cuando se narra la historia de la toma de anforas durante el Ochenio de Odría.
Y lo de los partidos fue una debilidad histórica del Perú de toda la vida. Nuestro primer partido fue la Fuerza Armada, que gobernó ininterrumpidamente hasta 1872, cuando Manuel Pardo ganó las elecciones y fue el primer intento de construir una organización política. Lástima que la Guerra del Pacífico y los aprestos excluyentes de la República Aristocrática terminaran por acabar con un intento de articular una red de representación de diversos sectores sociales.
Lo que tuvimos en el siglo XX fueron caudillos civiles, que si bien respetan las elecciones y la división de poderes, lo que implantaron fue una democracia caudillista, donde gobernar se convirtió en sinónimo de mandar, la famosa apelación al pueblo “directamente y in intermediarios”. En suma, fueron incapaces de organizar partidos que sobrevivieran al caudillo. Ejemplos nos sobran: Guillermo Billingurst, Nicolás de Piérola e incluso se podría ubicar aquí a Luis Bedoya Reyes y Fernando Belaúnde Terry.
Incluso en el partido más organizado, el APRA, el caudillismo ha sido la nota común. Si bien ha sido la única organización capaz de formar cuadros, disciplina y cierta prolongación temporal, sucumbió a la democracia de caudillos y a la falta de renovación. Haya primero y hoy Alan García son la fiel expresión de ello.
La izquierda se unió en los 80’s bajo el liderazgo de Alfonso Barrantes y tuvo en consideración las demandas populares, lo que permitió tener éxitos electorales y una presencia importante. Sin embargo, el cuestionamiento al liderazgo de Barrantes, la esquizofrenia que padeció entre su sector radical y su sector moderado y las muertes que Sendero le causó la liquidaron.
A ello debe sumarse que la entraña autoritaria hizo más difícil la creación de partidos, su subsistencia o su conformación como organizaciones que conecten con las demandas de la población. Todos los dictadores del siglo XX (Leguía, Sanchez Cerro, Benavides, Odría, Velasco, Fujimori) articularon un discurso fuerte en contra de los partidos, los persiguieron y preponderaron la importancia del cemento antes que las ideas y los planes de largo plazo. A la usanza de Luis XIV, señalaron que el Estado eran ellos.
Mientras tanto y, sobre todo, en el interior del país, Sendero Luminoso liquidó a toda una generación de dirigentes comunales, alcaldes y autoridades. Dejó sin liderazgos locales a los partidos y dejó al país al amparo de propuestas autoritarias.
Todo ello nos suscita varias interrogantes.
La primera: ¿cómo hacer que los partidos se identifiquen con las demandas de la población? Hasta ahora siguen percibiendo que la demagogia y los fuegos artificiales son los medios para hacerlo, pero los resultados electorales les responden en la cara que la población no les cree.
Una segunda interrogante, ¿hay algún potencial o material humano para construir un sistema de partidos que medianamente funcione en el Perú? Porque una cosa quedó clara en esta elección respecto al supuesto “único partido que tenemos en el Perú”: el caudillismo manda. Caído el caudillo o no interviene en la elección y la cosa se desbarranca electoralmente.
Una tercera cuestión, que quizás suena más a pregunta retórica: ¿por qué quienes estamos interesados en política no entramos o fundamos un partido? ¿Será que nuestro compromiso sólo queda en la crítica o en mecanismos de expresión ciudadana? ¿Por qué a muchos nos seduce más la idea de trabajar en organizaciones de la sociedad civil - no sólo ong’s -, en hacer blogs como estos o en hacer periodismo antes que en construir mejores ofertas para adecentar la política en el Perú?
Una cuarta pregunta, ¿no es tiempo de modificar nuestros cronogramas electorales para que no tengamos movimientos aluvionales que se junten solo para los momentos electorales? (Por ejemplo, cerrando la inscripción de partidos un año antes de la elección) ¿No es necesario dar mayores recursos y apoyo al JNE y a la ONPE para que verifiquen si es que realmente los grupos que solicitan inscripción cumplen con los requisitos señalados por la Ley de Partidos Políticos? ¿No es hora de colocar sanciones a quienes incumplan las disposiciones de la Ley de Partidos?
Un quinta: ¿No es hora que nos dejen de vender gato por liebre? Que los socialdemócratas no se pinten como izquierdistas, que los radicales se asuman como tales, que los conservadores apristas no se las den de socialdemócratas, que los conservadores no se maquillen como liberales y que los liberales lo sean también en lo político.
Finalmente: ¿Del Castillo, Mulder, Tapia, Flores, Castañeda, Villarán, Diez Canseco, Borea, Estrada, no se habrán dado cuenta que es necesario solidificar instituciones y que es necesario tener comites locales y provinciales más sólidos, practicar la democracia interna y ensuciarse los zapatos para conocer las necesidades de la gente? Y no solo me refiero a las necesidades imperiosas de los pobres, sino también de la venida a menos clase media, e incluso de los sectores más privilegiados.
No tengo una respuesta a todo esto. Mas que todo es la reflexión final que me dejan las 2 elecciones de este año. Lo peor de todo es que cada vez más me suena más a interrogantes sin responder.
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