Una de las preguntas que más me han formulado en estos días es: ¿Qué pasará con el fujimorismo ahora que su líder, el ex dictador Alberto Fujimori, tiene para rato en la cárcel, dada la confirmación de sus 25 años de prisión? Responder a esta pregunta me parece importante, antes que continuar con las (merecidas) felicitaciones a quienes hicieron esta condena posible.
Para comenzar, es necesario entender que el fujimorismo, así como no murió con la serie de sentencias del año pasado, tampoco morirá con esta. Pero tampoco ganará más simpatías de las que ya ganó. A mi modo de ver, el destino sellado de Fujimori en los juzgados hace que el discurso vinculado a la liberación del ex dictador ya no generará más simpatías, ni tampoco mayores deserciones. De hecho, Keiko Fujimori solo ha salido una vez en medios luego de la sentencia, para dejar luego la vocería a Carlos Raffo y a César Nakasaki, convertido a estas alturas, ya no solo en un defensor legal, sino también en un alfil político del fujimorismo. Y luego, otros temas coyunturales han dejado de lado la discusión política de la sentencia, salvo en los sectores más radicalizados a favor y en contra del ex mandatario.
¿Entonces, qué explica que el fujimorismo siga teniendo un caudal político importante?
Creo que la idea central es la del gestor público. Sin duda, si bien Fujimori dejó el poder hace 10 años, quedó con la imagen de “el presidente que recorre todos los pueblos del país”. Sí, es cierto, muchas de las obras que construyó se cayeron o fueron defectuosas, pero la imagen que dejó en la población, incentivada por la televisión, era la de un Presidente en gira permanente y llegando donde otros no llegaban. Ello es más fuerte en los sectores populares. La imagen de “buen gestor” en sectores medios y altos se concentra en lo económico, sobre todo, en las reformas que dejó hacer - nunca estuvo del todo convencido de las mismas, eso lo dice hasta Boloña - en la primera parte de su gestión.
El otro factor por el que Fujimori mantiene cierta popularidad es que - y esto no puede negarse - existe un sector de la población que consideró como costo a pagar para la pacificación la muerte de los sospechosos de terrorismo. Aquí hablamos de personas que no creen en los derechos humanos per se, y de aquellos que dicen creer en ellos, pero que “ante situaciones extremas”, optan por el factor seguridad y orden ante todo. Lo curioso es que no utilizara ese argumento en el juicio (de hecho, de modo abierto, el director del diario fujimorista La Razón señaló que era válido matar en algunos casos). En este caso, creo pesó mucho el hecho de que Nakasaki fuera el abogado de buena parte de su cadena de mando.
Sobre la base de estas ideas, es que el fujimorismo encuentra adeptos. A ello se suma el factor Keiko: joven (lo que se asocia con una imagen de “renovación”), con un posgrado en Estados Unidos, con perfil bajo en un Congreso desprestigiado y que, en teoría, preservaría el modelo económico.
Un factor más que explica porque el fujimorismo se siente “fuerte” es por su aparente fortaleza interna. Se proyecta una imagen de bancada consolidada, que no ha tenido tránsfugas y un núcleo duro sólido. Claro, si se desgrana bien ese núcleo, veremos que todo gira - como diría Carlos Iván Degregori - ante el átomo de un solo protón que siempre fue esta agrupación: Fujimori. Su hija, su hijo menor, su médico, sus abogados, su vocero y publicista, algunos ex ministros (Chacón, Yoshiyama, Trelles) y, un tanto más lejano, su ex cogollo parlamentario. Keiko también ha logrado formar un núcleo de confianza. De acuerdo con la investigación hecha por Paola Dongo para el libro “Yo Presidente”, sus principales asesores son Ana Vega y Adriana Cortez, quienes trabajan con ella desde su época de primera dama. Otros asesores son Guido Lucioni y Julio Pérez Novoa. Más recientemente, se sumó a ellos Milagros Alvarez Calderón, esposa del ex canciller fujimorista Fernando de Trazegnies.
Hasta aquí, las fortalezas del fujimorismo. Ahora pasemos a analizar las debilidades.
La primera es coyuntural. Y se refiere al hecho con el que comenzamos este post: el seguir basando la campaña en una suerte de plebiscito sobre la suerte de un delincuente. Si hablamos de encuestas, la mayor parte de la población - un 70% - considera que Fujimori es responsable de asesinato y corrupción. A ello sumemos que los principales temas de debate no se encuentran en torno al ex presidente, sino a cuestiones más hacia el futuro - ajustes del modelo, lucha contra la corrupción, mejora en servicios básicos, inclusión social -, los fujimoristas estarían pecando de lo mismo que achacan a sus críticos: de falta de contacto con la realidad.
La segunda debilidad está emparentada con la primera: la falta de un discurso en Keiko Fujimori. Si la imitación del Gordo Casaretto de “oa, besho, abasho” funciona, es porque Keiko no dice nada más allá de la defensa de su padre. No se manifiesta sobre grandes temas nacionales, su producción como congresista ha sido de mediocre para abajo y ya ni hablemos de plan de gobierno, cuestión harto sofisticada para una agrupación que en 20 años de gobierno nunca presentó uno.
La tercera es, justamente, el “legado de Fujimori”. Y es que frente a las ideas fuerza que presenta el fujimorismo, hay contraargumentos interesantes:
- La economía: Los fujimoristas esgrimen que en su gobierno “se sentaron” las bases para lo alcanzado después. La cuestión es solo parcialmente cierta. El crecimiento económico durante el fujimorismo no fue sostenido y en sus últimos años, el país no estuvo preparado para los embates de una crisis internacional menos fuerte que la que hemos padecido. En democracia, Paniagua, Toledo y García sí hicieron ajustes importantes en términos monetarios y de regulación que han modificado el “modelo” a algo más sostenible y las tasas de crecimiento han sido sustantivamente más altas que en la década pasada. Justamente el reto está en como mejorar en educación, inversión en infraestructura de alta escala y competitividad, algo en lo que el fujimorismo tiene materia jalada en sus 10 años de gestión.
Por cierto, tampoco sería inteligente seguir asociando economía de mercado con autoritarismo. Comenta Martin Tanaka:
Dentro de la derecha parece muy grande el sector que no es capaz de diferenciar economía de mercado de autoritarismo político, cuando no tiene por qué ser así; es más, hasta debería hacerse el argumento contrario, el autoritarismo debilita a la larga las reformas de mercado. El asunto es que no solo la derecha asociado mercado y autoritarismo, también la izquierda. (…)
(…) En términos teóricos y de principios, la asociación no es necesaria. Y empíricamente, la asociación me parece débil. Basta considerar que en toda la región se aplicaron políticas neoliberales en los últimos años, pero no en todas partes hubo escuadrones de la muerte ni golpes de Estado. Brasil durante Cardoso es un excelente ejemplo de cómo se cambió de modelo económico consolidando las instituciones (allá también hubo hiperinflación). Hay que reconocer sin embargo que hay varios casos en los que el cambio de modelo estuvo asociado a altos niveles de conflicto social y de conductas autoritarias (piénsese en las “democracias delegativas” de las que hablaba O’Donnell pensando en Menem, en las reformas con Paz Estensoro en Bolivia, y antes en Chile con Pinochet), pero no se llegó a los extremos en los que cayó Fujimori. Y como decía, también hay contraejemplos: Brasil con Cardoso, Colombia con Gaviria… de hecho, si pensamos en Perú mismo, uno puede perfectamente imaginarse a Vargas Llosa haciendo una profunda reforma neoliberal sin golpe de Estado o asesinatos selectivos.
- La seguridad: Fujimori ha querido presentar como el salvador de la patria frente al terrorismo. Esa idea también es falsa. Para comenzar, su papel en la captura de Abimael Guzmán fue nulo. Y otras ideas fuerza las comenta Tanaka:
(…) la estrategia que permitió la derrota del terrorismo es la contraria: la de la alianza de las fuerzas del orden con la población, y la del trabajo de inteligencia; no la del arrasamiento de las comunidades, la de la tortura indiscriminada, de las violaciones y delitos sexuales, de oponer el terror al terror. Esta última política es la que le permitió crecer al senderismo. La tesis de la defensa de Fujimori, que la política oficial era la del “soldado y el policía amigo”, es desbaratada por el director de La Razón. La realidad, a mi juicio, es que Fujimori asumió sin chistar planes militares que venían de 1988-1989, que combinaban cierta política de acercamiento a las comunidades, el uso de la inteligencia, y los aniquilamientos selectivos a cargo de escuadrones de la muerte.
- El no arrepentimiento: Si a parte de la izquierda peruana se le puede criticar por no haber hecho un examen crítico de los tiempos en que hablaban de lucha armada, democracia como instrumento y pretendían adecuar la realidad a sus modelos sociales (ver más donde El Morsa), similar crítica se le puede hacer al fujimorismo. No se han arrepentido de un golpe de Estado, de la corrupción sistémica de su gobierno, de las violaciones de derechos humanos y, a 10 años de su caída, uno de sus principales voceros sigue mostrando su desprecio por la democracia. A ello también se suma la creación de un “universo paralelo” donde los “caviares” (membrete en el que meten a personas de todo tipo de pensamiento, desde Javier Diez Canseco hasta Rosa María Palacios) son los malos que quieren acabar “con el mejor presidente del Perú”. El culto mesiánico del fujimorismo es casi comparable al nivel de una secta.
Finalmente, el principal límite del fujimorismo es la mortalidad política y real de su líder. Yo no deseo la muerte de nadie, pero es un hecho innegable que el fujimorismo ni es una corriente política, ni una ideología, ni un partido. Y la historia del Perú nos ofrece múltiples ejemplos de lo que ocurre con estos líderes caudillistas cuando su liderazgo declina o le toca la hora de la partida: Leguía, Odría, Prado, Velasco son ejemplos de líderes que tuvieron algún tipo de personas pretendiendo continuar “su legado”, pero que, luego de intentos infructuosos de volver al poder - Odría fue el que estuvo más cerca de conseguirlo - su permanencia en la política tuvo fecha de caducidad.
Más allá de las condenas éticas, políticas y judiciales, conviene entender esto para saber a que peligro la democracia peruana se enfrenta.
MAS SOBRE EL TEMA:
Fernando Vivas: Inkarri fujimorista
Juan Paredes Castro: El dilema de Keiko Fujimori
Carlos Basombrío: ¿Qué viene después de la confirmación?
Menos Canas: ¿Y de cuando acá el fujimorismo ha respetado la ley?
(La imagen fue hecha por Alvaro Portales)



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