Archivo de 21 Setiembre 2009

Para nadie es un secreto que la universidad pública más importante del país, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, no pasa por sus mejores momentos. A los problemas existentes con la Municipalidad de Lima por el intercambio vial entre las avenidas Universitaria y Venezuela, se suma una preocupante falta de autoridad y de transparencia por parte del actual rector, Luis Izquierdo. Ojo que el hospital universitario casi se hace con una empresa de Fortunato Canaán.

Dos perlas más se añaden a la gestión del rector Izquierdo. En estos días, pidió la renuncia de Federico García, cineasta conocido en los años 70s y 80s, quien era director del Centro Cultural de San Marcos. ¿El motivo? Su asistencia a la presentación del aburrido libro de Abimael Guzmán, registrada por el diario Correo. Y el rector le hace caso a Aldo Mariátegui. Lo peor del tema es que el cineasta - conocido por sus ideas de izquierda -, no tiene conexión alguna con Sendero Luminoso. De hecho, García le envió una carta bastante seria a Aldo Mariátegui sobre este tema:

Sr. Aldo Mariátegui

Director del Diario “Correo”

Presente.-

Con sorpresa he leído la página central titulada “El Auditorio de Abimael”, publicada en el diario de su dirección, el día 17 de setiembre, del año en curso, y en cuyo acápite “Académicos sanmarquinos” se informa de manera tendenciosa mi asistencia a la presentación del libro “De puño y letra” de Abimael Guzmán, estigmatizándome como terrorista.

Debo decirle que soy un hombre de convicciones democráticas y he asistido a dicho evento como escritor, intelectual, cineasta y estudioso de la realidad peruana, ejerciendo el derecho que me asiste a la información y a la libre concurrencia a los actos públicos.

A su vez hago un deslinde categórico con Sendero Luminoso, organización con la cual no mantengo ni he mantenido jamás vínculo alguno; sin embargo me es imposible aceptar la cacería de brujas que su diario pretende imponer en el país.

Espero, Señor Director, que publique mi carta, porque es mi derecho como ciudadano peruano.

Juan Federico García Hurtado

DNI 10319073

Mas claro ni el agua. Y aún así lo echaron a la calle. Cinencuentro publica la carta de renuncia de García dirigida al rector en la que el cineasta vuelve a ratificar que no es miembro de Sendero ni simpatiza con dicha agrupación. De hecho, Aurelio Pastor no ha mandado a procesar a ninguna persona que asistió a dicha presentación.

En realidad, García podría ser cuestionado por otras cosas. Como su propia gestión al frente del Centro Cultural. Vean el comentario de Roberto Bustamante sobre el tema, en el que cita al propio ex director, quien expone sus ideas sobre cultura que bien podían haber sido escritas hace un siglo. Tema debatible, pero, a mi modo de ver, hizo retroceder a la Universidad en una apertura a muestras de vanguardia.

El problema mayor es que a Izquierdo se le pasea el alma. Mientras que bota a su director del Centro Cultural por asistir a una conferencia - por más polémica que esta sea, era su derecho ir -, se le escapan los halcones en su universidad. Vía La República:

Saber lo que pasa en San Marcos sirve para conocer la manera cómo Sendero quiere recuperar espacios dentro del ambiente universitario. El mejor ejemplo es el comedor universitario, un bastión que siempre ha pretendido ser dominado por Sendero. La demora en su remodelación –más de dos años–, producto de una mala licitación, ha ocasionado que se vuelva un caldo de cultivo para la justa protesta de los más de mil estudiantes que diariamente usan sus servicios.

Esa desazón estudiantil también ha sido canalizada por un grupo radical denominado “Comité de comensales”, el cual usa en sus pronunciamientos públicos un discurso radical que convoca a la lucha conjunta de estudiantes y trabajadores. Por ejemplo, en uno de sus comunicados hacen el siguiente llamado a los estudiantes: “Combatir, avanzar y no claudicar”, un lenguaje típico de organización filo senderista.

Pues si el rector quiere deshacerse de los senderistas en su universidad, además del trabajo de inteligencia que debe hacer la Policía, lo que tiene que hacer es quitarle las banderas de revindicación que usan los senderistas para camuflarse entre los justos reclamos de los sanmarquinos. Es decir, hacer que los servicios de la universidad realmente funcionen. Y no solo se trata que el Estado de la plata que no le brinda a las universidades públicas, sino que las autoridades la administren eficientemente. Por ejemplo, lo del comedor en San Marcos es tan escandaloso que Prensa Libre le dedicó un reportaje:

Atención Ministro Chang. Aquí hay un tema que compete directamente a su sector. ¿Tendrá algo que decir?

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Hace un par de meses, en una charla en la Feria del Libro, Ricardo Bedoya desmentía uno de los grandes mitos que se han tejido en torno al cine peruano: “las películas peruanas solo tocan terrorismo y ponen calatas”. Y con datos y cifras nos demostró que la afirmación no es cierta.

Lo que si es real es que el cine peruano ha tenido el acierto de abordar, desde diversos puntos de vista, lo ocurrido durante el conflicto armado interno, en cintas de diversa calidad. Desde auténticos bodrios como Vidas Paralelas o Anda, Corre, Vuela, hasta cintas realmente logradas como La Boca del Lobo, La Teta Asustada o La Vida es una Sola, se han enfocados distintos puntos de vista sobre lo ocurrido en el país: la visión militar, los migrantes, las violaciones de derechos humanos, los comités de autodefensa, el impacto de la violencia en las mujeres, en medio de un clima general que todos vivimos y sentimos.

Fabrizio Aguilar ya se había acercado a este tema con Paloma de Papel, cuyo acierto mayor era tocar lo ocurrido en el conflicto a partir de la mirada de un niño y de como, a partir de una pequeña historia, se podían enfocar los hechos y secuelas de una época que no quereremos volver a vivir.

Lo mismo pretendía en Tarata, su nueva película estrenada esta semana. A partir de las vivencias de una familia de clase media que vive entre la evasión, la sobrevivencia económica y los contactos tangenciales con el terrorismo en Lima, el director nos quiere poner en 1992, cuando muchos estaban ajenos a la realidad, a lo que ocurría en la capital - y ojo, no solo en los noventa, Sendero operó desde el inicio en Lima - y a lo que pasaba con otros sectores de la sociedad limeña.

Desafortunadamente, Aguilar no logra resolver bien la película, una buena idea que no es bien plasmada en pantalla. Colocar como personaje central a una persona que se obsesiona por sacar líneas de conducta a partir de las pintas de Sendero Luminoso en la universidad en la que trabaja, sin una razón aparente o una motivación presente, termina siendo un grave error que afecta a la cinta. Sobre todo, cuando se contrasta con el personaje mejor trabajado, el de Claudia (interpretado por, para mí, una sorprendente Gisela Valcarcel), que evoluciona de la indiferencia ante la sociedad y la preocupación cotidiana por armar un negocio, con el giro que en su vida da el atentado de Tarata. Y es que en Claudia se ve lo que en muchas personas se produjo: hasta que no fueron tocadas directamente por el drama de la violencia - sea con amigos o con familiares - no les importó lo ocurrido. He allí el mayor acierto de la cinta.

Pero su mayor defecto es que todo esto queda en una dimensión chata, plana, sin transmitir nada al espectador. Salí de la sala no impactado, sino con la sensación que se contaba una historia ajena, sin conexion alguna con lo que habíamos vivido, más allá de algunos símbolos de la época. De la misma sensación es el columnista Ricardo Vásquez Kunze:

Tarata no es creíble desde el momento mismo en que la calle nunca apareció viva el filme de Aguilar. Nunca hubo un contraste entre la vida de Tarata y su agonía. Simplemente, Tarata no existió en la película que lleva su nombre. Ni una sola escena que haga la calle familiar, querida, cálida o simplemente viva a pesar de los malos tiempos. Y, por lo tanto, ninguna reacción del público ante una bomba que parecía tan fría como un parte policial. Apenas nos enteramos de que Tarata existió por el manido recurso de un letrero humeante entre los escombros de la calle bombardeada.

¿De qué terrorismo nos está hablando el director? ¿De qué calle? ¿De qué Lima? ¿De qué clases sociales? Es imposible reconocer nada del Perú allí. Todo es falso y maniqueo para los que vivimos esos tiempos. Por eso es peligroso que los que no los vivieron terminen de ver la película alzándose de hombros, como si se tratara de un aburrido acontecimiento más en sus vidas.

Creo que nadie niega el compromiso y la necesidad de contar una historia que tuvo Fabrizio Aguilar al dedicar 4 años para armar esta película. El problema es que, al ver la cinta, pocas de las sensaciones que él transmite en las entrevistas que ha dado a raíz de Tarata se plasman en la pantalla. Me sigo quedando con las tres películas que mencioné al inicio, esperando que otra pueda darnos una visión más certera de los limeños que convivimos con el terror durante muchos años.

(Foto: Luna Llena Films)

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