Archivo de 16 Abril 2009

Para quien ha podido leer buena parte de los diarios limeños durante esta semana, se podrá percatar que los defensores de Alberto Fujimori parecen haberse diversificado o, mejor dicho, sincerado en sus afectos autoritarios.

Si bien la mayoría de ellos - salvo los chicos de La Razón - comienzan con un párrafo que pretende salvar la cosa tipo “No soy partidario de Fujimori, toleró a Montesinos y deben condenarlo por corrupto, pero…”, luego del “pero” se mandan con una serie de argumentos que han sido bien reseñados por Augusto Álvarez Rodrich:

Por ejemplo, los comentarios que no le reconocen a la sentencia una estructura con la que se puede discrepar pero no afirmar que es un sinsentido jurídico o “una cojudez”.

Peor es la presentación de encuestas amañadas para transformar la aceptación de la opinión pública a la condena por un rechazo; querer desprestigiar a San Martín con portadas infames que quedarán para la vergüenza; o decir que la condena va a destruir el “fujimorismo económico”, como si el consenso de Washington hubiera incluido matanzas extrajudiciales.

A lo mismo apuntan las declaraciones efectistas de representantes militares (“nos han convertido en banda de asesinos”) que pretenden transformar la condena a Fujimori en agravio a todas las fuerzas armadas. O, también, anunciar represalias como lo han hecho los hijos de Fujimori.

Pero lo más interesante de la campaña es el anuncio de nuevas mayorías políticas en el año 2011 y la llegada triunfal de Keiko Fujimori a Palacio de Gobierno como la ganzúa que liberará a su padre, lo cual es una señal evidente de que quieren fujimorizar la elección que se viene.

Y a estas líneas de argumentación señaladas por AAR, añado otra que he notado: el mito del Fujimori pacificador como atenuante de condenas. Hoy, revisando Perú.21, me topé con la columna de Alfredo Ferrero, que esgrime este supuesto hecho que, en su opinión, debió ser considerado por el Poder Judicial que le había impuesto “una condena de cadena perpetua en la práctica” al ex dictador. Me sorprende que alguien que pasó por una buena Facultad de Derecho no tenga claro cuales son las conductas atenuantes en el derecho penal. Tal vez, al buen ex Ministro de Comercio Exterior le sea necesario revisar el artículo 20 del Código Penal.

Pero, en el fondo, estas argumentaciones apuntan a un sentido común: sin el autoritarismo, no habría sido posible implantar el libre mercado ni vencer a la subversión. Sobre lo último, ya se ha expuesto bastante sobre como Fujimori no fue el vencedor del terrorismo, pero sobre lo otro, si es necesario hacer algunos énfasis, para aclarar algunos puntos a los que leen, escriben y piensan con la diestra.

En primer lugar, cabe recordar que Fujimori no tenía como programa “el libre mercado”. Mejor dicho, no lo tenía en el sentido que le recordamos de Boloña para adelante. En su campaña. el hoy reo postulaba un ajuste gradual y nada de shocks. Esa propuesta hizo que la clase media - independientemente de endosos apristas y zurdos - votara por él. Y fue luego la misma clase media la que fue la principal víctima de sus políticas económicas.

En segundo lugar, calificar como “liberal” a Fujimori es un sinsentido. Liberales económicos como Juan Carlos Tafur o Hernando de Soto han señalado en varias oportunidades que Fujimori le puso “freno a la reforma” luego de la primera reelección. Y desde aquí añadimos que un verdadero liberalismo no es sólo el que toma en cuenta el factor mercado, sino el que tiene también los temas de democracia, derechos humanos y medio ambiente como bases de su programa político y sustento económico, por cuestiones de transparencia, gobernabilidad, desarrollo sostenible y de previsibilidad para los agentes, además, por supuesto, de ser la base de cualquier estado democrático que se precie. Tenemos más conservadores que liberales, en realidad, salvo honrosas excepciones.

En tercer lugar, un análisis menos ideologizado del fujimorismo económico sería más matizado:

- 1990 - 1992: Programa de ajuste, con afectación clara a la clase media (despidos, inflación alta en un inicio) y medidas de liberalización tomadas a tontas y a locas - la liberalización del transporte sin regulación, por ejemplo, la padecemos todos los días y con cuenta de cadáveres diaria -.

- 1992 - 1993: Implantación del modelo “liberal”, bajo autoritarismo y aprobación constitucional.

- 1994 - 1996: Boom de las privatizaciones (cuyos fondos fueron mal utilizados), recuperación del sector servicios y construcción, crecimiento económico fuerte y decisión final de enfriar la economía luego de la farra electoral de 1995.

- 1996 - 2000: Pérdida del sentido de reformas liberales, recesión, aumento de la corrupción y crisis final por la re-reelección.

Con todo y los problemas que tenemos en este momento, el crecimiento económico fue mejor en democracia y se tomaron medidas que blindaron mejor la economía ante embates internacionales. El problema es que mucho del modelo de “no regulación”, que es el que se quiere mantener a ultranza - y ese es el verdadero “fujimorismo económico” -, a pesar que ha hecho agua en el mundo, se mantuvo. Se desconoció que habían campos de la economía que sí necesitaban reglas más claras, tanto para mejorar la competitividad, como para que trabajadores y consumidores sigan siendo ciudadanos con derechos. Esas son reformas que, lamentablemente, quedarán para el próximo gobierno, porque Alan se compró este paquete entero.

Finalmente, se deja de lado el costo económico de la corrupción, valorizado por autores como Alfonso Quiroz en más de cuatro mil millones de dólares. Todo ello deja por tierra a muchos de los avances económicos de dicha década.

Por todo ello, coincido con Fernando Berckemeyer que mucho de este apoyo tiene que ver con la autoestima:

Por eso el fujimorismo es un excelente termómetro de nuestra falta de autoestima como sociedad. No es coincidencia que sus núcleos más duros de apoyo estén en los sectores más altos (donde muchos no creen en nuestra viabilidad como sociedad libre) y en los más bajos (donde a tantos otros se les ha enseñado que el bienestar es algo que decide regalarnos un todopoderoso papá-gobernante).

Y es que hay que tener poca autoestima para contentarnos con que nos tengan seguros y bien (o al menos, mejor) alimentados, pero sometidos, desinformados y sin más derechos que los que nuestro “protector” nos quiera reconocer, como tiene al ganado su pastor. No en vano lo que el gobierno de Fujimori atacó sistemáticamente —nuestra libertad y nuestra capacidad de pensamiento propio (cuando buscaba comprarnos y cuando buscaba embrutecernos)— son acaso las dos cosas que más definen nuestra dignidad de seres humanos.

Si a parte de nuestra izquierda se le critica por no deslindar a tiempo de la lucha armada, nuestra derecha tiene el mismo trauma con Fujimori. Quitarnos de encima al Ché Guevara y a Fujimori de nuestros sentidos comunes políticos deberá ser la tarea de los próximos años.

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