
A pesar que se ha visto deslucida en las últimas décadas, la Presidencia de la República sigue siendo la institución más importante del país y, quien la ejerce, la persona que tiene mayor poder en el Perú. Pero, adicionalmente, teniendo a un mandatario como Alan García, es claro que durante el año 2008, fue el Presidente quien marcó la agenda nacional en la política peruana.
¿Y los petroaudios? Se preguntará el lector. Creo que habría que ver este suceso, el mayor escándalo de corrupción de la actual administración, no solo como un acto delincuencial que fue descubierto a partir de varios negocios, sino como una consecuencia de la lógica de la administración García II.
Nuestro presidente parece ser el CEO de una empresa llamada Inversiones García S.A., dispuesta a hacer todo en favor de la inversión privada - necesaria en varios campos, hay que reconocerlo - pero a tal grado de fanatismo que se olvida que la misma no lo es todo en economía. Y claro, la búsqueda de la misma lleva a que, de un lado, se busque vender todo lo que sea, desde los terrenos del Estado hasta los de las comunidades, se deje de lado la discusión sobre la adecuada redistribución de los recursos e impuestos y, claro, en un gobierno en el que algunos ministros y funcionarios han sido gestores de intereses de empresas, los planos se confunden, las prácticas ya clásicas en el país se repiten y se sofistican y los faenones se concretan.
Siendo aún más claro, en un Estado con más recursos que nunca, que además busca constantemente el apoyo de la inversión privada - a tal punto a que a veces no se distingue al gobierno del inversionista - y que, además, no se reforma, la corrupción campea. Si bien no se ha demostrado que García tuvo ingerencia directa en los negocios mexicanos o en el Petrogate, lo cierto es que cuenta con una importante responsabilidad política por no aprovechar los años de bonanza para reformar el Estado, blindarlo frente a la corrupción y aprovechar las ganancias para el beneficio de todos los peruanos.
Pablo Secada, que fue brevemente funcionario de este gobierno, dijo hace algunos meses lo siguiente:
El Congreso no es una restricción. García hace lo que le da la regalada gana en el Congreso; cuando quiere pasar leyes, las pasa. Mi impresión es que no tiene gente, no tiene gente que le dé buenas ideas. Otra impresión que tengo es que el Apra sigue teniendo gente muy corrupta. Entonces, buena parte de las cosas que están haciendo las están haciendo porque les conviene y buena parte de las cosas que no quieren hacer es porque no les conviene. Algo típico en la política peruana: mantener el control político en función de ciertos intereses, sin pensar en grande.
Curioso, fue justamente García quien dijo que había que pensar en grande. Pero del dicho al hecho existe un largo trecho y, la verdad, a pesar que podemos estar mejor que hace 20 años en muchos aspectos, la gran responsabilidad de que no hayamos aprovechado la bonanza de los años anteriores se debe, en mucho (pero no exclusivamente) a Alan. Claro, también al Congreso - al que García mangonea cada vez que puede y que este año dio lástima negando información pública a un grupo de ciudadanos - y a otros sectores y gremios, pero García, como conductor del equipo, no puede dejar de ser responsable por lo ocurrido.
No creo, como menciona socarronamente Carlos Melendez, que “Alan García es más autoritario que Fujimori, más ratero que Carlos Manrique, más “asesino” que Pinochet, es Damián, es el anti-Cristo, es más malo que el 911 del concierto”.
Pienso que García, en medio de sus miedos de su primer gobierno, de ser como Alejandro Toledo en sus respuestas políticas y de si mismo, ha devenido en un dinosaurio, tal como en su primer gobierno. Juega con el autoritarismo presente en cierto sector de la población, se convirtió en el mayor vendedor del país y se ha mostrado intolerante ante las críticas. Eso lo convierte en el compulsivo negador de la crisis internacional (hasta que la tuvo que aceptar), en el solitario defensor de la “dictadura de mercado” de China, en el taponeador de la reforma interna de su propio partido. En el intolerante frente a los periodistas críticos. En suma, en el mediocre presidente que tenemos.
Y no es que el Perú no haya tenido logros este año. Creo que el país debe congratularse de haber llevado un juicio como el de Alberto Fujimori con todas las garantías que tiene, de haber ido procesando violaciones de los derechos humanos - las cometidas por Sendero y por los militares -, de haber seguido creciendo a pesar de la crisis. El país deberá tener en cuenta planes como Sierra Productiva, que puede ser realmente una buena idea a implementar durante este año de reconversión económica.
Pero tampoco debemos olvidar que enfrentamos índices de desigualdad clamorosos, una crisis internacional que aún no sabemos como nos afectara, instituciones sin reformar, arrebatos autoritarios del Presidente, una batalla final con Sendero Luminoso en el Viscatán y la necesidad de mejorar los servicios de los ciudadanos.
El Perú avanza, pero a pesar de nuestro Presidente. Ojalá - lo dudo - el próximo año, Alan García sea menos protagonista mediático y más el estadista que debió ser. Nunca la esperanza está demás, aunque conocemos todos a quien dirige buena parte de los destinos de las naciones que conforman el Perú.
El próximo año será el de la “unión nacional frente a la crisis”. Unión que, por cierto, el Presidente deberá también entender como discrepancias, críticas y no las sobonerías a las que parece ser tan adicto.
Que el Perú esté firme y feliz por la unión, pero no por la unanimidad. Y que el 2009 sea mejor para todos los peruanos.