Archivo de 28 Diciembre 2008

A inicios del año que va terminando, nuestra principal preocupación económica era como conciliar el crecimiento económico con las demandas sociales.

De hecho, a pesar del brote inflacionario de principios de año - que nadie supo explicarnos a que se debió, aunque todo indica que fue gracias a los embates de la crisis internacional - , el debate económico estaba centrado en la inclusión y la desigualdad, dos de los problemas en los que el Presidente de la República y el equipo de ministros no han sido capaces de hacer mayores y mejores esfuerzos durante esta primera mitad de gobierno.

Sin embargo, la agenda internacional hizo que todo cambiara, pero no sin contradicciones entre el Ministro de Economía y el Presidente. De un lado, el entonces titular de Economía Luis Carranza insistía en tomar medidas contra la crisis, mientras que Alan buscaba no hablar de la palabra, a pesar de lo cual se tomaron algunas medidas para evitar la inflación y el impacto del incremento de los precios internacionales. El cambio a Luis Valdivieso fue en parte por ese cansancio de contradicciones.

Conforme pasaron los meses, sin embargo, los efectos de la crisis fueron mayores. Y todos se acordaron del señor de la carátula de Time que vemos arriba: John Maynard Keynes. Sobre todo, de sus ideas, basadas en la necesidad de una participación del Estado en la regulación del mercado. Es decir, Freidman y Von Hayek pasaron, en pocos meses, al anacronismo. Y la necesidad de reformar el Estado es, realmente, uno de los imperativos que el ahora conservador Alan García no termina de entender.

Nuestro Baby Sinclair económico, al igual que en 1987 cuando insistía en el estatismo, ha quedado desfasado en discurso y hechos. García ha seguido esgrimiendo un discurso de venta de todo lo que podía - desde la selva, hasta los locales del Estado -, pasando por un plan anticrisis que parece quedarse solo en el estímulo a la obra pública, quedándose esperanzado en lo que hagan los empresarios. Como lo dijo claramente Federico Salazar hace un par de semanas:

El juego en pared entre el gobierno y los empresarios no es sano. Las decisiones de gobierno no deben vincularse a promesas de inversión. Las decisiones empresariales, a su vez, deben depender de las ventajas del negocio, no de los cambalaches con el gobierno.

La ganancia y la pérdida tienen una función críticamente importante en el proceso del mercado. Llevan información sobre errores y aciertos de la inversión.

Una inversión no es buena o mala porque lo diga el presidente García, sino porque así lo sanciona el consumidor. El que debe decidir es el que compra, no el que fue elegido para administrar el aparato público.

Los empresarios sólo deben obedecer al consumidor. No pueden tener otro soberano. Si obedecen otro tipo de mandato, fallan en su misión.

El juego entre empresarios y gobernante nos aleja de esta forma de obtener información. De una fuente múltiple y anónima pasamos a manos de una sola fuente de conocimiento: la del gobernante.

Pues precisamente la apuesta keynesiana es la de la institucionalidad, las reglas y la regulación, no sujeta al capricho presidencial - como el modelo chino de economía “de mercado” que tanto admira el Presidente - sino a las instituciones que tienen prevalencia en el tiempo, constituidas tanto por prácticas como por organismos.

La crisis internacional que el mundo vive fue, justamente, basada en una alianza entre Estado y empresarios que dejó de lado las formas más básicas de regulación y no entendió que el complemento entre la actividad pública y privada no era sinónimo de aconchavamiento, de prebenda o de dejar hacer, dejar pasar, tal como en los albores del siglo XX.

Esta es la lógica presidencial y que lamentablemente empañó a las cumbres celebradas este año en el Perú. Si bien García fue un buen anfitrión y la organización de los eventos no tuvo mayores problemas, lo cierto es que las mismas iban en otra dirección de lo que decía y hacía Alan. Mientras que se discutía ampliamente de cambio climático. García nos legaba un Ministerio de Ambiente mutilado. Mientras que se debatía ampliamente sobre la crisis internacional, el Presidente seguía hablando del país de las maravillas. Semanas más tarde tendría que pronunciar, por primera vez, la palabra crisis.

Más triste aún, y volviendo al tema inicial, todo indica que los años de gran bonanza han terminado. Y que no han servido para tener un país más competitivo, institucionalizado y reformado. He allí el gran fracaso de Alejandro Toledo y Alan García, quienes si bien supieron mantener la macroeconomía estable, no fueron capaces de hacer que sus beneficios lleguen a todos y que la economía tenga otro signo, más humano, más diverso en actividades y con una mejor institucionalidad económica y financiera.

Todo ello nos vuelve a convertir en el país de las oportunidades perdidas, una vez más.

Que la crisis nos enseñe a todos la importancia de un Estado fuerte, sin los extremismos de otrora, pero que cumpla su papel promotor y de otorgador de servicios básicos. Es la gran lección de esta primera mitad de periodo.

Ojalá que la segunda no sea una catástrofe.

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