Debería ser sencillo para alguien que cree en Dios escribir sobre la Navidad. Pues me resulta muy complicado expresar cuestiones de fe profundas, o hacer un ejercicio teológico sobre la materia. Mis conocimientos aún son bastante rudimentarios, por lo que prefiero partir desde lo personal.
Para muchos, Navidad implica ajetreos, correr contra el tiempo, buscar el mejor presente para las personas a las que uno más quiere, ir a múltiples actividades, hacer intercambios de regalos en los trabajos. Para muchos, parte de la rutina de estas fechas o una oda a la comercialización. Creo que algo de ello puede haber, siempre y cuando nos olvidemos de cual es el sentido de dar un regalo o intercambiar uno con los amigos o los compañeros de trabajo: es dar parte de uno mismo y lo mejor de uno para una persona a la que apreciamos mucho. Tal vez sea por eso, que, con excepción de la familia, los regalos a los amigos he preferido entregarlos antes, para recordar durante todo el mes la importancia del compartir.
Para otros, Navidad implica acercarse a quienes menos tienen de alguna manera, sea a través de un voluntariado, una obra social, un regalo a las personas que colaboran con nosotros en nuestra casa o que cuidan la misma. Nuevamente, todo aquello será vacío si no se hace de corazón o si durante el resto del año no nos acordamos de que vivimos en un país donde las desigualdades son escandalosas y la pobreza, angustiante.
De hecho, Gustavo Gutierrez recuerda que la venida de Jesús fue a un contexto concreto y difícil:
El hijo de Dios nace en el seno de un pueblo pequeño, en una nación poco importante en relación con las grandes potencias de su tiempo. Más aún, se encarna en el sector de los pobres de la región marginada de Galilea, vive con los pobres y viene desde ellos para inaugurar un Reino de amor y justicia. Por ello muchos tendrán dificultad en reconocerlo. El Dios que se hace carne en Jeús es el Dios oculto de que nos hablan los profetas, lo es precisamente en la medida en que se hace presente a partir de los ausentes y anónimos de la historia, de aquellos que no son los dominadores, los grandes, los bien vistos, “los sabios y prudentes”.
Vivir la Navidad implica acordarnos que el otro existe y es igual a nosotros, sea en nuestro entorno o en los ámbitos más lejanos al mismo. Es ser un regalo, como el mismo Jesús fue un regalo.
Esta fecha es importante para todos. Y la razón me la dio una gran amiga mía (y me perdonarás que te robe la frase, compañerita): Porque si la gente no reconoce el nacimiento de un Dios, bien puede reconocer el nacimiento de un gran hombre.
Feliz Navidad para todos.



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