Durante estos días habrán en este blog algunas reflexiones sobre la televisión y la política, a partir de los 50 años de la televisión. Las mismas se presentarán en tres partes. La primera de ellas está dedicada a la relación directa entre los canales, sus dueños y los gobernantes, así como la relación entre la política y el medio más importante del país.
PRIMERA PARTE: LA ANTENA CALIENTE DE LA TELE Y LA POLITICA
No fue la televisión peruana en sus inicios ajena a los vaivenes políticos. Por el contrario, resulta sintomático - como bien lo señala Fernando Vivas en su historia de la televisión - que la creación del medio en el Perú se haya producido en un gobierno estable como el segundo periodo de Manuel Prado y Ugarteche, tiempo de bonanza económica y concertación política como pocos en la historia. Ello, a su vez, hizo que la televisión, sujeta en mucho a nuevas regulaciones y concesiones aún endebles, no tuviera un giro verdaderamente crítico en aquellos años de tanteo del medio.
El verdadero bautizo político de los broadcasters llegaría entre 1962 y 1963. De un lado, las elecciones fraudulentas del 62 fueron la primera cobertura televisiva política grande. Panamericana se vanaglorió de una cobertura alturada, pero sin saber que vendría un fraude y, posteriormente, un golpe militar. Pero al año siguiente, los Delgado Parker obtuvieron el cambio de frecuencia del 13 al 5, en momentos en que Nicolás Lindley era el principal miembro de la Junta Militar, despertando las suspicacias de la competencia - léase, América - dado que el general era primo de uno de los accionistas minoritarios de Panamericana.
La tendencia continuó igual durante el gobierno de Fernando Belaúnde. Las presencias presidenciales en la inauguración de los canales - tradición que continua hasta el día de hoy -, en esos tiempos, morigeraban cualquier tono crítico que se saliera del cuadro. Aún así, los alientos inquisidores de Alfonso Tealdo, el primer periodista politico televisivo en la extensión del término, dieron algo de fuego y las polémicas no fueron pocas. Políticos como Bedoya Reyes y el propio Belaúnde comenzaron a cimentar su fama en la televisión. Otros como Eudocio Ravines tuvieron su programa propio. Pero el golpe militar cortó dicho esfuerzo.
La llamada Revolución Peruana, como toda dictadura, tuvo su filón más censor en el tema de informaciones. Entre la censura, la autocensura, el parametraje y las pocas ideas que los intelectuales tuvieron hacia el medio - aunque más que ideas, eran prejuicios -, el periodismo televisivo solo pudo tener coartadas reformistas en los espacios parametrados, algunas fugas hacia los temas inactuales y el control de los noticieros bajo la Oficina Central de Información. Ya con Morales Bermudez y al final del periodo, se permitió cierta libertad con las propagandas electorales y un programa emblemático, Contacto Directo.
En relación con los dueños de los medios, pues las actitudes fueron distintas. Todos eran opositores netos de la estatización, pero, tanto Delgado Parker como los Gonzáles - Umbert - Arbulú del 4 quisieron conservar lo más posible del negocio o que la estatización no los golpeara tanto. De ellos, Genaro fue el más astuto: la fusíón productora estatista llamada Telecentro lo tuvo como primer dueño y acogió su esquema en el que Panamericana estaba doblemente representada - bajo Pantel y Producciones Panamericana - y América tenía mayores dificultades económicas. Aunque la fábrica panamericana fue detenida, se mantuvo cierto estandar que, una vez devuelta la democracia, les permitió competir a ambos.
La televisión en los ochenta, con democracia devuelta y más canales, tuvo un campo mayor de experimentación. Al mismo tiempo, abrió un filón periodístico importante. Pero también dio espacio a la negociación y, en algunos casos, al cierre de programas por presiones políticas o por intereses de los dueños de los canales. El caso de César Hildebrandt, habitual condotiero de todos los canales de Lima, es el más sintomático pero no el único. Bayly y su atrevida ptegunta a García sobre cierta cura del sueño post muerte de Haya, las “fallas técnicas” de un reportaje sobre la matanza de los penales emitido por Fernando Ampuero, fueron algunas de las fricciones mas fuertes entre la televisión y el poder, con los dueños de los canales en medios.
Fue bajo el primer gobierno de Alan García que tanto políticos como dueños de canales tuvieron una relación más fluida y, a la vez, complicada. García se dio cuenta de las bondades del medio y fue interlocutor de Augusto Ferrando, a cuyo programa acudió alguna vez a cantar valses. Pero las relaciones con los dueños eran ciertamente cercanas: con Ivcher hubo empatía hasta que el desgaste natural del gobierno los terminó peleando, Héctor Delgado Parker no fue solo su amigo personal, sino también el negociador con Francia sobre la deuda de los aviones Mirage y Alfredo Zanatti, otro cercano a él, tuvo acciones en Canal 13 en las postrimerías del régimen.
Pero fueron las elecciones de 1989 y 1990 las primeras en las que la televisión tomo partido abierto. De un lado, América Televisión recibió un importante capital de empresarios que apoyaron la candidatura de Mario Vargas Llosa y en su programación estuvieron Hildebrandt y Jaime Bayly, simpatizantes - aunque críticos - de la postulación del escritor. En otros canales, el novelista era bien recibido: desde Gisela hasta casi todo el elenco de Risas y Salsa, sin olvidar a Ferrando, pasaron por simpatizantes de MVLL. Incluso Genaro Delgado Parker - ex jefe de Mario en Radio Panamericana - le prestó un reportero para su gira asiática.
De otro lado, dos figuras nacidas en el medio serían las grandes triunfadoras de dichas elecciones. De un lado, Ricardo Belmont, dueño de un canal y conocido por las Teletones, fue elegido como alcalde de Lima. Del otro, un oscuro rector, Alberto Fujimori, había tenido presencia mediática nacional a través del canal estatal, vía Concertando, un programa político gris, pero que le dio cámara durante dos años. El fenómeno del desconocido debiera repensarse a partir de este dato.
Ya con Fujimori, el esquema se acentúa. Los dueños de las más importantes televisoras son los primeros en ser informados del golpe de Estado de 1992, sin tener una protesta de su parte, salvo Nicanor Gonzáles, quien a los pocos meses vendió su canal a Televisa. Frecuencia Latina no solo se convierte en el canal más fujimorista, sino en el medio más cercano a las Fuerzas Armadas. Solo sería durante el segundo periodo en que ciertos ánimos críticos a la dictadura podrían ser ventilados: el Contrapunto de 1996 - 1997, los programas de Hildebrandt y Cecilia Valenzuela fueron las pocas muestras de oposición clara y directa al gobierno. Todos fenecieron cuando los dueños de los medios fueron expatriados, presionados - directamente o a través de la Sunat o las reestructuraciones de Indecopi - o comprados.
Y ese fue el capítulo más negro de las temporadas político - televisivas. Varios dueños o ex propietarios de medios de comunicación fueron procesados y condenados por los delitos cometidos al recibir dinero estatal para vender sus líneas editoriales. Paradójicamente, como señala Vivas, eso no afectó tanto a los programas informativos como a las ficciones. La transición de Paniagua fue la época en que los canales airearon su trastienda con el poder.
Con Toledo se vivió una relación complicada. El Presidente quería buena prensa y, de hecho, tuvo largas conversaciones con los Schutz para ello. Pero la propuesta gubernamental para retirar las señales a los canales cuyos dueños delinquieron, abortada por la infidencia de Roberto Dañino, terminó de reventar la relación entre Toledo y los canales. Algunos dueños, como los Schutz, le hicieron la bronca directa. Pero, en general, todos extremaron su celo satírico y fiscalizador, con excepción de Genaro Delgado Parker, de vuelta por el 5, cuya precariedad lo llevó a tener buenas migas con Toledo. De allí que quede la impresión que la televisión es más indulgente con García que con Toledo, situación que tampoco se puede negar.
¿Y como van las cosas en este gobierno? Pues García, al igual que en su primer gobierno, tiene un juego propio en relación con la televisión. De un lado, se muestra como respetuoso de la libertad de expresión, pero no acepta de buen grado las críticas que le manda el medio. Algunas presiones veladas también se han enviado. Vivas ha contado que Ricardo Ghibellini (ahora productor de la Teletón palaciega), cuando fue representante de Bavaria en el directorio de América, presionó para sacar a Rosa María Palacios. Como sabemos, el intento no resultó.
Otros juegos se develaron con la publicidad estatal en RBC. Y García, ya en estas semanas, tiene una política más populista en torno al medio, jugando abiertamente con la Teletón o con figuras como Gisela o Magaly Medina.
Del otro lado, en general se dejan procesar críticas y sátiras, pero tampoco el medio es lo agresivo que fue con Toledo. Digamos que no se han ido aún al otro extremo, pero la presencia, sobre todo de Hildebrandt y de Palacios hace que se ventilen disidencias y en Cuarto Poder, denuncias. Los demás optan por la acepsia de los noticieros o, simplemente, no hacerse problemas. La precariedad de la propiedad de algunos medios lo hace así.
Sin duda alguna, los medios de comunicación siempre estarán sometidos a presiones políticas o empresariales. Dependerá de sus dueños y sus periodistas capearlas. Pero la situación, en el caso de la televisión, ciertamente sería más saludable si no tuvieramos canales en reestructuración empresarial y líos accionariales que son sustancialmente aprovechados por el gobierno de turno para, de alguna manera, morigerar opiniones y sátiras que los puedan afectar. O que los propios medios se autocensuren.
Como vemos, aún esta historia tiene mucho para ver.