Esta semana se realizarán una serie de actividades para celebrar este aniversario y recordar el legado de Constantino. Desde este tercer piso, los dejo con este artículo de Ernesto de la Jara sobre Carvallo, quizás el más sentido de los que he podido leer sobre el gran maestro y que, además, cuenta cual fue la relación con el colegio del cual, hace 10 años, egresé.
Cómo se habría reído Constantino Carvallo, él que era tan burlón, si se hubiese enterado de que póstumamente recibiría del Congreso las Palmas Magisteriales, y que hasta la antiprensa le rendiría homenaje.
Y no estamos queriendo decir que él no tuviera méritos para recibir la gran cantidad de homenajes que se le hicieron —de hecho los tenía—, sino que llaman la atención algunas actitudes de la opinión pública frente a la muerte de este tipo de personas que, pese a no figurar en la televisión o el deporte, llegaron a alcanzar tal nivel de popularidad y reconocimiento.
Lo primero es esa obsesión por convertirlos en santos. Ha pasado a ser san Constantino, como antes pasaron a esa condición san Lanssiers o san Valentín. Cuando uno de los méritos de este tipo de seres es que lograron hacer obras, sí, casi milagros, pero con base en su capacidad y esfuerzo, pues lejos de ser santos, eran personas con virtudes pero también llenos de dudas, insatisfacciones, problemas y hasta defectos.
Como decía su mamá en el velorio, la querida tía Carmen, a gritos, como siempre: Se me acercan y me dicen señora, su hijo era un santo. No, Constantino era inteligente, quería a su colegio y le gustaba ayudar a los jóvenes, pero no era un santo. Me molesta, porque parecería que la persona que está allí no es mi hijo.
Y lo segundo que llama la atención es esa capacidad de la opinión pública de convertir en productos light formas de vida y mensajes que fueron todo lo contrario: anti- stablishment, ultracríticos, duros, que expresaban fastidio y hasta indignación por el estado de la cuestión en casi todo.
En el caso de Constantino, muchos de sus artículos estaban encaminados a preguntarse por qué siempre quienes toman las decisiones sobre educación y en el fútbol lo hacen en sentido contrario a lo que el más mínimo sentido común aconseja y en contra de diagnósticos y planes trabajados a conciencia y desinteresadamente por verdaderos expertos. Y se refería de manera muy concreta a nombres y posiciones de varios que intentan apropiarse del recuerdo de Constantino para fortalecer ideas qué él no solo no compartía, sino que combatía con la pasión que lo caracterizaba.
Por suerte, siempre queda escrito o grabado lo que dijeron. Con el fin de colaborar a preservar y a seguir difundiendo las ideas de Constantino, ideele pone a disposición de nuestros lectores algunos artículos que escribió en esta revista.
Nos gustaría también contar algunas anécdotas simpáticas que tienen que ver con la relación entre él y el IDL, por más que no queremos caer en otro clásico que suele ocurrir con la muerte de algunas personas: les surgen miles y miles de amigos íntimos, cuando eran individuos más bien marginales y hasta antisociales.
En el caso de Lanssiers, por ejemplo, han sido tantas las personas que privada o hasta públicamente han contado haber sido íntimos de él, al punto que una vez por semana lo sacaban a almorzar o a comer, que si Lanssiers regresara tendría que celebrar su santo en el Estadio Nacional y estaría más gordo que la mujer ballena de Alonso Cueto.
Los de ideele no estamos para nada en el círculo de los íntimos de Constantino, pero sentimos que a la distancia siempre mantuvimos un vínculo de mutuo afecto y respeto.
En nuestro caso siempre fuimos sus hinchas. Incluso antes de que se convirtiera —para bien del país— en un líder de opinión conocido y reconocido.
Y él siempre tuvo una muy buena disposición a colaborar con nosotros, escribiendo cada cierto tiempo en nuestras páginas. La última vez que le pedimos que lo hiciera le pusimos que ojalá aceptara nuestra invitación, ahora que era rico y famoso. Nos contestó ni rico ni famoso, y nunca me negaría a escribir para ideele. Palabras que fueron muy alentadoras para todos nosotros, por venir de quien venían.
Hubo incluso un par de ex periodistas de ideele que eran de esas personas que, paradójicamente con lo que significa trabajar en derechos humanos, no creían en nada ni en nadie, por lo que solo algunas pocas palabras eran capaces de sacarlos de su acostumbrada abstracción y mal humor: Universitario en un caso, Alianza en otro. Pero la mayor contribución de ambos a la revista era sugerir el nombre de Constantino Carvallo siempre, para cualquier tema.
Otra anécdota refiere a una ocasión en la que Carlos Basombrío y quien escribe esta nota éramos parte del Jurado del Primer Concurso de Ensayo organizado por el IDL. Aunque los trabajos se presentaban con seudónimo, ambos nos percatamos, por el estilo y el contenido, de que el ensayo “Los ojos de los cuervos” (IDL 1997) solo podía haber sido escrito por Constantino, lo que por un momento nos creó un problema de conciencia ya que, por conocerlo, pensamos que podía haber un conflicto de intereses. Por suerte, los otros cuatro jurados coincidieron inmediatamente y sin saber de quien se trataba.
No hace mucho me encontré con Constantino en una charla para los alumnos de quinto de media de La Recoleta, a la que fuimos invitados gentilmente por el profesor Julio Valencia; en mi caso como Director de Justicia Viva, para hablar sobre la Justicia, y en el caso de él, como educador y filósofo, para que hablara sobre los valores.
Su exposición se centró en lo absurdo que era tratar de promover o enseñar valores con cursos, palabras o campañas de spots, cuando lo que mandaba era lo que veían como ejemplo los niños y jóvenes de sus padres, profesores, autoridades. Y, claro, lo hizo con el envidiable estilo de quien sabe cómo hablarles a quienes están en esa etapa tan especial de la vida, cuando están por terminar el colegio y comenzar la universidad. Y luego se puso, como corresponde, a disposición de las preguntas. La sorpresa fue que inmediatamente hubo muchísimas manos levantadas.
Pero la anécdota es que rápidamente se supo que la gran mayoría había levantado la mano para hacer la misma pregunta: por qué en su libro Diario educar había dicho que cuando estudió en La Recoleta había sido completamente infeliz, cuando la mayoría de recoletanos tiene buen recuerdo de su colegio.
Qué maravilla —dijo Constantino— que me permitan aclarar este punto, y acá además, en La Recoleta, porque ya me han hecho la pregunta muchas veces en diversos lugares, y alguien hasta me ha dicho que el problema era yo, y no La Recoleta. Lo que pasa —explicó— es que ha sido un malentendido que lamento haber ocasionado.
Yo, en realidad, dijo, fui muy feliz los años que pasé en La Recoleta. Cuando dije que había sufrido en el colegio me refería a mi segundo colegio. En La Recoleta, que fue el colegio de mis primeros años, fui más bien feliz. Y explicó la razón. Como su casa en esa época quedaba al frente de La Recoleta, cerca de la plaza Francia, y como en su casa había televisión y en el colegio no, los curas de La Recoleta iban a menudo a la casa de los Carvallo a ver televisión y se convirtieron en prácticamente parte de la familia.
Lo que pasó fue —continuó su explicación— que al mudarnos de un momento a otro a San isidro, también pasamos a otro colegio. Y en ese segundo colegio hubo desde que entré un alumno que decidió hacerme la vida imposible, poniéndome todo tipo de apodos y haciendo todo lo malo que se le puede hacer a quien es el nuevo de la clase; y los profesores y curas de ese colegio jamás hicieron nada por evitarlo o por ayudarme.
Por supuesto, Constantino se vengó diciendo el nombre y los apellidos del torturador, y hasta sabía en lo que había devenido de grande.
Obviamente, la confesión de Constantino produjo alivio y orgullo, y al final el público lo aplaudió a rabiar. La buena fama y honra de La Recoleta había quedado a salvo.
Una vez me tocó ser víctima de lo imprevisible que era a veces en sus exposiciones. Lo habíamos invitado a participar de un panel sobre seguridad, explicándole directamente que queríamos que opinara sobre por qué los jóvenes recurrían tan fácilmente a la violencia, y que queríamos saber cuál era su posición frente a la violencia juvenil después de que —como sabíamos— un hijo suyo había sufrido una agresión física en la calle por manos de un grupo de jóvenes.
Él, como siempre, aceptó de muy buena gana. Pero una vez que agarró el micro decidió comenzar con un tema que nada tenía que ver con seguridad, pero con el que, por su emotividad, casi hace llorar a todo el auditorio, comenzado por mí, quien estaba en la mesa en calidad de moderador. Dijo que él estaba allí sentado de ponente no por el IDL, no porque le interesara la seguridad, sino porque él tenía la suerte de haber trabajado , y comenzó a contar la historia de mi madre, quien por entonces ya había fallecido, pero de quien Constantino se había hecho amigo en circunstancias especiales.
Dijo que él, luego de estudiar Filosofía en la Católica, andaba absolutamente perdido, sin saber a qué dedicarse. Pero como ya era tiempo de que produjera económicamente, se consiguió un trabajo en una compañía de seguros llamada La Vitalicia, donde se encontró con Clemencia Basombrío, amiga de su madre y su padre desde la juventud, quien lo ayudó a aprender cosas elementales pero que para alguien como él, eran todo un mundo: endosar un cheque, llenar una orden de pago, hacer una carta de solicitud. Así tuvo un acercamiento con ella, lo que hizo menos duros aquellos años que él mismo consideraba casi como los peores de su vida. Porque si de algo estaba absolutamente seguro, es de que no estaba llamado a tener éxito en la venta de seguros o en el trabajo de oficina.
Prueba de que la anécdota es verdadera es que está registrada parcialmente en el texto que luego publicamos “Calles peligrosas a parte del miedo qué hacer. Desafío del Estado y la sociedad” (IDL 1996).
En una oportunidad en la que conversamos, me hizo una crítica sobre el IDL: ¿Qué teníamos con el poder? ¿Por qué siempre estábamos tan cerca de él? Que si tanto lo criticábamos, por qué más bien no nos alejábamos de él. Recuerdo que concluyó que ese tuteo con el poder lo hacía sospechar.
Le contesté, con bastante intolerancia que, pese a que valoraba mucho su opinión, en realidad creía que él no había descubierto o no quería asumir la importancia de la política y, por tanto, de las políticas públicas, y de que quienes las elaboran y ejecutan son justamente quienes están en el poder, lo que explicaba la necesidad de esa vinculación que a él le parecía sospechosa.
No le llegué a decir años después que me pareció que a él mismo no le quedó más remedio que asumir que si quería mejorar la educación en general en el país, o el deporte, no tenía otra alternativa que promover que el Estado, el poder, asumiera determinadas políticas públicas en una dirección o en otra. Y que eso de alguna manera lo llevó a salir a los medios de comunicación. Es precisamente ese el último punto de Carvallo que quiero comentar.
Su presencia tan frecuente en los medios de comunicación me llamó la atención por varias razones. En primer lugar, por lo bien que lo hacía; parecía como nacido para la televisión, cuando por su estilo, su manera de ser, uno hubiese pensado que sería más negado para los reflectores. En segundo lugar, que lo disfrutara; por lo menos, esa es la sensación que transmitía, lo que también iba como en contra de ese estilo antifiguretismo que hasta cierto punto cultivó. En tercer lugar, que hubiera logrado una muy buena audiencia pese a ese estilo directo, sincero, sin pelos en la lengua, ya que por lo general salía a meterles golpes durísimos a todos y a todas.
Este es otro rasgo que compartía con Lanssiers: ambos solían esforzarse en criticar al auditorio que los invitaba o las posiciones de las personas que los entrevistaban, y sin embargo ambos al final eran aplaudidos a rabiar. Mientras más golpeaban, más aceptación y admiración generaban.
Terminemos con otro cliché. ¿Habrá Constantino presentido su muerte? Hay un artículo suyo en el que queda claro que la muerte había pasado por lo menos a estar entre sus preocupaciones, como es normal a partir de una determinada edad. Además, a pesar de lo mal que podía sentirse en determinados momentos, tal como cuenta en el mismo libro, le encantaba la vida y no quería morir. Y está escrito con esa capacidad de transmitir ideas complejas y profundas de una manera tan sencilla y coloquial.
Hagamos que la palabra de Constantino siga contribuyendo a educarnos (EJB)
El artículo al que Ernesto se refiere y con el que cierro este post dominical es este: