CRISIS EN LA SELVA: SOBERBIAS Y RESPONSABILIDADES
Escrito por: Jose Alejandro Godoy en UncategorizedLa democracia no puede ser la ley de la selva.
Los dos actores involucrados en el desmadre vivido ayer y hoy tienen mucho que decirle al país y a los peruanos que queremos vivir en paz.
Quizás el hoy fugado Alberto Pizango pueda explicarnos porque llevó al movimiento que lideró - y que hoy lo ha terminado desplazando - a una posición maximalista. Si vio que el gobierno lo estaba meciendo en la derogatoria de decretos inconstitucionales, ¿por qué no interpuso una demanda de inconstitucionalidad contra dichas normas? Quizás en ello debió aprender de sus amigos del Partido Nacionalista, quienes pasaron por el camino legal para cuestionar el Tratado de Libre Comercio con Chile.
Se prefirió el bloqueo de carreteras, la demanda radical y en ello terminó dinamitando su propia protesta, gatillando la reacción violenta y convirtiendo a una región en un polvorín.
Peor aún, Pizango huye y deja al resto de sus compañeros con una carga de muertos entre las filas de la Policía. Y deja a un movimiento debilitado, luego de 20 años de construcción de su legitimidad en la zona, lo que es siempre una lástima, dado que las demandas sociales deben procesarse a través de actores plenamente constituidos.
El infantilismo de muchos “opinadores” profesionales y no profesionales sobre la defensa a ultranza de Pizango, bajo el rigor de “pobres los nativos”, equivale al mismo paternalismo con el que acusan al gobierno de actuar frente a sus demandas. Bloquear carreteras es un delito y no debe ser válida la excusa de “solo así me escuchan”.
Pero así como el radicalismo de parte de algunos de los dirigentes de AIDESEP merece el rechazo de todos, lo mismo debería ocurrir con la soberbia respuesta del gobierno de Alan García.
Del lado del gobierno, hasta el momento, no ha existido un mea culpa o una asunción de responsabilidades sobre lo que ha sido su triste actuación en torno a este tema. No solo me refiero a los ciudadanos civiles muertos el día de ayer, sino, en general, a la generación de un conflicto social que se debió a la imposición de una visión sobre el desarrollo, que no dialogó y que no buscó convencer a nadie - salvo a sus amigos empresarios - de la validez de sus argumentos.
El “perro del hortelano”, más que una fórmula de protección de la inversión privada, ha terminado deslegitimando más los mecanismos de mercado en el país. Las privatizaciones que culminaron en los robos del fujimorismo o los errores de comunicación en el famoso Arequipazo durante el gobierno de Alejandro Toledo han sido una muestra palpable de como los gobiernos peruanos han sido incapaces de tejer mecanismos suficientes de diálogo y transparencia para poder dar a conocer sus medidas y, sobre todo, hacer lo que un gobierno y los partidos políticos deberian hacer más a menudo: debate de ideas y generación de consensos.
Y ello termina siendo contraproducente desde mi punto de vista. No solo porque, a mi modo de ver, la economía de mercado es la mejor generadora de recursos - no la única y puede convivir con diversos tipos de forma de propiedad -, sino porque la incorporación al mercado de muchos pueblos olvidados del país puede ayudar a dinamizar sus economías y desterrar males como el narcotráfico y el tráfico de madera, enquistados en varias zonas de la Amazonía Peruana. Pero también porque se olvida la responsabilidad del Estado en dotar a todo el país de los servicios necesarios para la subsistencia y vida digna de todos nuestros compatriotas.
El gobierno no optó por el camino del convencimiento, sino por el de la mecida, la satanización de su interlocutor, el adjetivo de cantina y la jugarreta parlamentaria. Prefirió la complacencia editorial de Aldo Mariátegui a gobernar haciendo política de verdad. Lo lamentable es que este ha sido su sello desde el 28 de julio de 2006. Lo triste es que hoy tenemos a más de 30 familias llorando a sus muertos. Y que, nuevamente, la democracia sea la gran perdedora.
Que la paz vuelva al país. Que todos los involucrados asuman su responsabilidad. Que todos nos preocupemos, de verdad, por ser un país civilizado.
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