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Ayer por la mañana, el ingeniero químico Rafael Salgado brindó un fuerte testimonio en su cuenta de Facebook. En el mismo, acusó directamente al promotor y director del Colegio Héctor de Cárdenas, Juan Borea Odría, de haber abusado sexualmente de él a los 10 años de edad.

Luego de la confesión de Salgado, aparecieron, tanto en los comentarios de su muro de Facebook como en otros espacios, testimonios de otros exalumnos del plantel ubicado en Jesús María que acusaban a Borea de inconductas sexuales, abusos de este tipo, así como agresiones físicas y psicológicas.

De acuerdo a lo recabado por este blog, Borea Odría ha pedido licencia como director del colegio que creó hace poco más de tres décadas, sin señalar la veracidad o falsedad de las acusaciones. En paralelo, la Comunidad Héctor de Cárdenas, a la que pertenece el educador – y que no tiene vínculo alguno con el colegio del mismo nombre -, viene recabando información e investigando estos hechos. La CHdC pertenece a la Congregación de los Sagrados Corazones, donde Borea es miembro de la rama secular. De allí que el grupo religioso se haya comprometido a indagar sobre estos hechos.

Conocí a Borea hace veinte años. Varios colegios católicos o de inspiración católica, incluyendo al mío, hacían sus programas de confirmación en forma más o menos conjunta. Dado que vivía cerca del Colegio Héctor de Cárdenas, fui enviado a dicho plantel para confirmarme.

En sencillo: no fui testigo ni víctima de abusos sexuales o inconductas de este tipo. Pero sí noté algunos rasgos que, a la distancia, no eran los más adecuados para el tratamiento de adolescentes. Uso excesivo de lenguaje coprolálico y duro, arranques de ira acompañados de palabras de grueso calibre y cierto tono “mitad monje, mitad soldado” en las formas que él empleaba (y que, según me referían alumnos del Colegio, era aún más marcado al interior del mismo). Sin embargo, dado que existía un equipo mucho más amplio de animadores de confirmación, muchos de estos rasgos quedaban aminorados por una intensa reflexión teológica y acogida espiritual, que sí me sirvió para valorar mi fe y confirmar mis creencias.

En los años siguientes, asistí a varias reuniones de la Rama Secular donde Borea estaba presente. Allí tampoco noté nada extraño. Pero también es cierto que, dentro del carisma de los Sagrados Corazones, la reflexión en torno a la fe distaba mucho del autoritarismo y la culpa y, más bien, se encarnaba en la libertad. Manteníamos un trato bastante cordial, sin que llegara a consolidarse una amistad.

Como es evidente, las acusaciones presentadas son impactantes para muchos de quienes las hemos leido. Pero, a diferencia de quienes las niegan a rajatabla en base a los buenos momentos que pasaron en el Colegio Héctor de Cárdenas, comparto la preocupación de muchos exalumnos de mi generación (a varios de los cuáles conozco) y exijo como ellos, una explicación.

Al leer los testimonios brindados, sí queda claro un posible patrón de inconducta que debe examinarse. Y que, acompañado de otros rasgos, podría configurar otro caso de abusos que resultan intolerables para cualquier persona y, menos aún, para un creyente. Por ello, resulta necesario que tanto el Colegio Héctor de Cárdenas como la familia SSCC, con la que Borea ha estado vinculado, hagan las investigaciones respectivas y, de comprobarse lo evidenciado en los testimonios, procedan a hacer las denuncias pertinentes ante las instancias judiciales correspondientes. Y, por supuesto, tomen las medidas correspondientes en torno a su permanencia tanto a cargo de menores de edad como en una entidad de cariz religioso.

Precisamente, hace algunos años, a raíz de los abusos cometidos al interior del Sodalicio, otro miembro de la Comunidad HdC, Pablo Espinoza, señalaba estas palabras:

Nada asegura que en una comunidad de creyentes, por más abierta o liberal que sea, no se vayan a producir abusos o manipulaciones que deriven en la cosificación de personas hasta llegar a los terrenos que comprometan la afectividad o la sexualidad para beneficio individual. Ello porque en definitiva, como diría San Pablo, el Evangelio es un tesoro que llevamos en vasos de barro, es decir, se trata de la relación y testimonio entre personas, con nuestros límites y pecados. Por ello debemos cuidar la necesaria vigilancia fraterna, el discernimiento permanente de nuestro actuar con los demás, la revisión de vida a la luz del Evangelio y la corresponsabilidad cuando se trata de formar personas.

Es necesario, por tanto, tener acogida ante los denunciantes, sin caer, en ningún momento, en actitudes que pretendan invalidar su credibilidad. Es momento de escucharlos y ser empáticos. Y, al interior de los grupos afines a Borea, ser imparciales en la investigación. Todo abuso debe investigarse. Y es una exigencia que desde aquí hacemos, aún impactados por lo que leímos este fin de semana.

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