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Hoy dejo la política de lado para hablarles de algo que a todos nos toca: nuestra propia salud. No soy médico, ni tampoco me gusta dar sermones a la gente sobre lo que tiene o no tiene que hacer, pero creo que sí es necesario que adquiramos conciencia de lo que nos puede ocurrir.

Hace algunos años, todas las mañanas escuchaba religiosamente el programa de Guillermo Giacosa en Radio San Borja. A pesar que no estaba de acuerdo con todas sus ideas y visiones sobre la Aldea Global - así, además, se titulaba el espacio -, me entretenía oir otra visión del mundo y como comentaban los diarios locales con Renato Cisneros y Carlos Bejarano.

Pero en dicho espacio también redescubrí algo importante: la prevención de la salud. En microprogramas de 30 minutos y en un bloque de media hora una vez a la semana, un médico peruano, Elmer Huerta, que ha tenido importantes posiciones en el gobierno norteamericano como asesor presidencial en materia de lucha contra el cáncer, nos ilustraba sobre la importancia de preocuparnos por nuestra estabilidad física y mental en el momento en que podemos preocuparnos por la misma: cuando estamos sin alguna enfermedad en el camino.

Felizmente comienzan a haber autoridades que tienen la misma preocupación que Huerta. En mi distrito, San Borja, se ha instalado un Preventorio, modalidad de establecimiento de salud que solo atiende a personas sanas, en las que se hacen chequeos para prevenir enfermedades cuyas manifestaciones se presentan cuando ya nos encontramos enfermos: la diabetes, la hipertensión y el cáncer son los principales focos a tratar.

Creo que todos, en algún momento, hemos tenido algún familiar que ha padecido alguna de las enfermedades descritas y todos sabemos, sobre todo en el caso del cáncer, el desgaste que supone para el paciente, así como para todo el entorno familiar y amical. Y nadie quiere pasar por esos duros momentos. Hasta el día de hoy, encuentro que la manera de reducir la incidencia de esta enfermedad y detectarla a tiempo sea a través de la generación de una cultura de la prevención, en la que cada persona se haga responsable por su propia salud, con la vigilancia del médico de confianza. Ello, en un país donde encontramos hospitales abarrotados todos los días, supone un cambio de actitud y podría suponer un cambio en la política pública de salud que ayudaría a más personas.

Ciertamente, un distrito como San Borja puede hacer esto porque cuenta con voluntad de sus autoridades y, claro, con los recursos y contactos necesarios para implementar una unidad de este tipo. Sin embargo, ¿no sería bueno que hospitales como el Loayza, el Dos de Mayo o el María Auxiliadora cuenten con este tipo de especialidades? O que en las postas médicas se hagan campañas destinadas a que cada ciudadano tome conciencia de que, cuando estamos sin ningún síntoma aparente de enfermedad, es el mejor momento para evitar las mismas.

Se de la importancia de comprar ambulancias y de construir más hospitales. Los necesitamos a gritos en país de tantas carencias como el nuestro. Pero quizás también necesitamos un nuevo enfoque de política pública de salud donde cada uno de nosotros sea co-responsable de la misma y, antes que buscar curar enfermedades, veamos que es lo que tenemos que hacer para prevenir las mismas y, cuando aparezcan, procurar que sea en el tiempo suficiente para poder curarlas.

Decía, al inicio, que la política podía parecer ajena a este problema. Sin embargo, mientras escribía estas líneas motivado por un suceso personal, me daba cuenta que el tema no estaba tan alejado de los tópicos normales de este blog. Solo que, a veces, uno necesita de golpes para acordarse de tópicos olvidados. La salud en nuestro país lo es. De hecho, el presupuesto de este sector viene disminuyendo cada año y no contamos con el mejor de los Ministros en esta materia. Quizás, con estas líneas, sea necesario hacer mayor incidencia en algo que a ti y a mi nos afecta, pues tiene que ver con lo más importante de nuestra vida: nuestra propia supervivencia.

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Muchas veces me he preguntado a mi mismo porque no funcionan las políticas públicas en el Perú. Claro, la primera respuesta que inmediatamente se me puede venir a la mente es su inexistencia, pero otra buena explicación - y que comenzó a ser pertinente desde que ví el tema de minería y comunidades - es la desconfianza que suscita el Estado en un buen sector de la población, en particular, a quienes se dirigen los planes que supuestamente deberían beneficiarnos a todos.

Algo de ello es lo que viene pasando en el sector Educación. Vía el blog Menos Canas nos podemos enterar de lo que viene pasando con las capacitaciones de maestros: éstas se están realizando desde hace 5 meses y el Ministerio de Educación se comprometió a entregar una suma de 50 soles como estímulo a la capacitación y para, además, cubrir el costo de la pérdida de trabajos eventuales a las que nuestros docentes se dedican en muchas ocasiones por los exiguos sueldos que reciben.

Esta situación motivó que los profesores se quejaran y que muchos de ellos boicoteararan los exámenes de medición de la capacitación que se realizaron el fin de semana.

La situación es más complicada que el no pago de este estímulo y el posible peligro que corre la validez de los pocos exámenes que se rindieron el fin de semana. Ya en la discusión de la Ley de Carrera Magisterial , nos percatamos de los errores de enfoque que existen en la esquina de Cavallini y Van de Velde, en San Borja, donde queda la oficina de José Antonio Chang. En lugar de vender las bondades de la norma, el gobierno y sus aliados mediáticos tomaron esto como una guerra contra el SUTEP, pero terminaron satanizando a todos los maestros.

A ello se sumó algo que denunció Rosa María Palacios en su momento: cientos de profesores le escribían preocupados pensando que sería el carnet lo que primaría a la hora de la evaluación. Y la reciente medida de nombrar a 25,000 profesores sin tener el Reglamento de la Ley de Carrera abona en esa misma sensación de sospecha frente a lo que ocurre con relación a las supuestas mejoras de la situación magisterial.

Y para complicar más el panorama, tenemos a un Ministro que, lejos de dar explicaciones, parece estar más concentrado en sus negocios informáticos y universitarios, lo que le resta credibilidad ante los docentes y, claro, los dirigentes del gremio que no quieren que nada cambie tienen allí la ganancia lista para azuzar a otro tipo de medidas.

Si se quiere mejorar las condiciones de calidad de los docentes, pues el primer paso a tomar es que los canales de comunicación funcionen y que se cumpla aquello que se promete. De lo contrario, tenemos dos problemas: la sospecha natural de los maestros, que desconfiarán de cualquier otra medida de este tipo, y el desorden en establecer una política esencial para el desarrollo del país. Pues cuando hablamos de educación no solo hablamos de mejorar capacidades intelectuales, sino de formar personas. Y esa facultad pedagógica parece estar fuera de las acciones y columnas presidenciales.

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