Archivo de la Categoría “Mario Vargas Llosa”


Hace 20 años esto era impensable. Mario Vargas Llosa elogiando el gobierno de Alan García y acudiendo a Palacio de Gobierno.

Ante esta imagen, me quedan dos reacciones. La primera, la estupefacción por ver que un liberal consecuente aplaude un gobierno conservador. La segunda, es recurrir al rico archivo, dado que en este blog palpita el recuerdo.

Asi que, por cortesía de todas las radios que nos ofrecen lo mejor de los 80’s, veamos una breve selección de Mario Vargas Llosa hablando de Alan García hace unos pocos años, a través de varios extractos de El Pez en el Agua (Las citas pertenecen a la edición de Alfaguara, 2005):

Yo lo había visto una vez, antes, durante su campaña electoral de 1985, en casa de un amigo común, el martillero y coleccionista de arte Manuel Checa Solari, quien se empeñó en hacernos comer juntos. La impresión que me hizo fue la de un hombre inteligente, pero de una ambición sin frenos y capaz de cualquier cosa con tal de llegar al poder. (página 40)

Además, la estatización del sistema financiero tenía un agravante político. Iba a poner en manos de un gobernante capaz de mentir sin escrúpulos - apenas un año antes, a fines de noviembre de 1984, había asegurado en el CADE, que nunca nacionalizaría los bancos - el control absoluto de los créditos. Con lo cual todas las empresas del país, empezando por las estaciones de radio, los canales de televisión y los periódicos, estaría a merced del gobierno. (página 43)

Cuentan los chismes que aquella noche, al ver en la pequeña pantalla la magnitud del Encuentro por la Libertad, Alan García hizo trizas el televisor. (página 50)

Todo esto, como los negociados al amparo del poder por quienes ocupan la presidencia, los ministerios y cargos importantes en la administración, es algo tan generalizado que la opinión pública ha llegado a resignarse a ello como a algo fatídico: ¿tiene sentido protestar contra la ley de la gravedad? Corrupción, tráficos, aprovecha un puesto público para enriquecerse, es congénito a la política peruana desde tiempo inmemorial. Y durante el gobierno de Alan García esto batió todas las marcas. (página 187)

El Perú de mi infancia era un país pobre y atrasado; en las últimas décadas, principalmente desde la dictadura de Velasco y sobre todo con Alan García, se habia ido volviendo pobrísimo y, en muchas regiones, miserable, un país que retrocedía a formas inhumanas de existencia. (página 237)

Preocupado por la victoria aplastante del Frente Democrático que anunciaban las encuestas, el 27 de noviembre de 1989 Alan García rompió lo que, por disposición gubernamental y costumbre, ha de ser la actitud del presidente en los comicios: una auténtica o fingida neutalidad. Y, en conferencia de prensa, salió a las pantallas de televisión a decir que si nadie “se le pone al frente” (a mi), lo haría él. (página 299)

Más tarde, siempre diligente en el servicio al amo de turno, el personaje (Guillermo Thorndike, nota de DTP) publicaría una hagiografía de Alan García y, en la campaña electoral, éste volvería a traerlo al Perú a dirigir una hoja, Página Libre, que, en los meses finales antes de las elecciones, desempeñó el papel que cabe imaginar. (página 348)

Los investigadores de la oficina del odio encontraron, en un artículo mío sobre la huachafería - forma del mal gusto que es una propensión nacional - titulado “¿Un champancito, hermanito?”, una frase burlona sobre la procesión del Señor de los Milagros. Alan García, que, para mostrar al pueblo peruano lo devoto que era, se vestía de morado en octubre y cargaba el anda con expresión de pecador contrito, se apresuró a declarar a la prensa que yo habia ofendido gravemente a la Iglesia y a la más cara devoción del pueblo peruano. (página 461)

La sensación, alimentada por las encuestas a lo largo de casi tres años, de que no había manera legal de atajar ese intruso resucitador de la “derecha” que llegaría al poder en olor de multitudes, había envenenado aún más su animadversión y, exasperada esta por las intrigas que orquestaba desde Palacio Alan García, había aumentado su encono contra mí de una manera demencial (página 496)

A la mañana siguiente se presentó en la playa Genaro Delgado Parker, a buscarme. Maliciando a qué venía, no lo vi. Habló con él Lucho Llosa y, como imaginaba, traía un mensaje de Alan García, quien me proponía una entrevista secreta. No acepté y tampoco las otras dos veces en que el presidente me hizo la misma propuesta, a través de otras personas. ¿Cuàl podía ser el objeto de esa reunión? ¿Negociar el apoyo del voto aprista en la segunda vuelta? Ese apoyo tenía un precio que yo no estaba dispuesto a pagar y mi desconfianza hacia el personaje y su ilimitada capacidad para la intriga era tal que, de entrada, invalidaba cualquier entendimiento. (páginas 537 - 538)

Luego de ver estas declaraciones de mi escritor favorito, no le recomiendo que escriba un nuevo libro de memorias. O tal vez sí, para comprobar aquella frase de Alejandro Lerner: Defender mi ideología, buena o mala pero mía, tan humana como la contradicción.

MAS SOBRE EL TEMA:
Augusto Alvarez Rodrich: El tío Alan y el escribidor
Juan Paredes Castro: Una decente manera de dejar el pasado atrás
Laura Arroyo Gárate: Alan: versión renovada
Carlos Raffo: Fujimorismo rechaza declaraciones de MVLL sobre la justicia del juicio a su lìder.
Utero de Marita: Dios felicita al Anticristo

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Yo creo que Perú se perdió un gran presidente, pero hubiera dimitido al año porque no hubiera aguantado.
(Joaquín Sabina, sobre Mario Vargas Llosa)

Ayer en la mañana no deje de sentirme conmovido, cuando nuestro Presidente anunció que Mario Vargas Llosa estaba hospitalizado por un mal cardiaco, dolencia que ha sido desmentida por su esposa, esta mañana. Fue la primera vez que quienes somos admiradores del más conocido de nuestros escritores percibimos como cercana su mortalidad, por lo menos, así lo vi.

Mi relación literaria y política con Vargas Llosa fue intermitente durante mi niñez y adolescencia. Y no fue fácil. Mi madre y mi abuela no le tenían mucho cariño, dado que era “el candidato de la derecha”, el apóstata, el antiaprista. Mi viejo si votó por MVLL y, en gesto premonitorio, nos dijo que el país se desbarrancaría en manos de un desconocido. No se si Sabina tendría razón o, como es mi intuición, Vargas Llosa hubiera sido un mejor presidente que Fujimori, pero, de todas maneras, que la podedumbre moral de aquella década no se hubiera suscitado.

Esas pugnas familiares de inicios de los noventa - luego, cuando vino la dictadura, todos en casa aplaudieron el civismo del escritor - hicieron que mi llegada a Vargas Llosa escritor fuera tardía. Recién a los 16 años compré mi ejemplar de La Ciudad y los Perros, que leí de un solo tirón durante un sabado de verano allá por 1998. Y allí empecé a descubrir que la forma de contar la historia, las estructuras del edificio novelístico y la dosificación de la intriga eran tan importantes como las anécdotas que cuenta una novela. Comprendí también porque existe aquella leyenda de los libros quemados en el Colegio Leoncio Prado, pues el libro es durisimo con aquellos antivalores del militarismo ramplón que hemos padecido en América Latina: el malentendido espíritu de cuerpo, el machismo de cuadra, el ocultamiento de la verdad.

Un curso de Narrativa en la PUCP, al año siguiente, me hizo disfrutar de la que creo que es una de las novelas más acabadas: La Guerra del Fin del Mundo. De hecho, el primer recuerdo literario de MVLL lo tuve a los 8 años, cuando vi, entre los libros de un primo que estudió en mi colegio, la primera sección del primer capítulo, cuando se comienza a describir al personaje central: Antonio el Consejero. Y con esa idea me quedé durante años, hasta que fui descubriendo lo que era lo más cercano al sueño vargasllosiano de la novela total: una serie de personajes de distintos orígenes e historias paralelas que al final se terminan entrecruzando, temas universales como la política, el fanatismo religioso, el amor, la incomprensión entre dos formas de entender el mundo. Y quizás allí se terminó de forjar mi alergia a cualquier proyecto violento que dice cambiar el mundo. Siempre terminan en fracaso. Canudos no fue la excepción.

De esta manera, hasta el día de hoy, llevo en promedio un libro de Vargas Llosa por año. En plena campaña electoral del 2000, alternaba mi lectura diaria de Liberación y El Comercio con El Pez en el Agua, donde me sorprendió su aversión a personajes como Mirko Lauer y Raúl Vargas, con quienes en estos años ha hecho las paces, y en el que entendí que el proyecto político de Vargas Llosa se frustró no solo por los votos de apristas e izquierdistas, sino por la propia negativa del escritor a consensuar políticas, como lo haría cualquier demócrata que se precie de serlo. A pesar de ello, admiro la valentía con la que se enfrentó a sus propios aliados a defender las ideas por las cuales él creía que debía ser Presidente.

Y llegaron luego a mis manos La Tía Julia y la alternidad entre radionovelas y una historia de amor que ya conocía por El Pez en el Agua; Pantaleón, sus visitadoras y mi primer contacto literario con la amazonía peruana; el contrapunto entre Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin que no es de lo mejor que ha escrito; una novela redonda como La Fiesta del Chivo; y una niña mala con travesuras que se hacían algo repetitivas.

No siempre he coincidido con las ideas de Vargas Llosa de sus ensayos políticos y culturales, que leía en Caretas y ahora en El Comercio. Pero siempre vuelvo a ellos, porque hay algo en el escritor que me atrae: la forma de escribir, el lugar correcto para adjetivar una palabra, el énfasis en desarrollar claramente una idea y, por supuesto, la pasión con la que defiende sus ideas y convicciones. Quizás por eso tiene el respeto hasta de sus detractores y, también, no haya ganado el Premio Nobel de Literatura, que tan esquivo le ha sido en tantos años que ha sido candidato eterno.

Y es que para admirar a alguien no te tiene que gustar todo lo que hace esa persona. Pero si hay cosas que te permiten llegar a respetarla. En mi caso con Vargas Llosa, no solo se trata de los indudables méritos literarios que buena parte del mundo ha reconocido en cerca de 50 años de escritor, sino también de la defensa de valores claves como la democracia, los derechos humanos y la libertad. He allí su trascendencia.

Termino con lo que escribió Gonzalo Vargas Llosa sobre su padre, al perder la larga campaña electoral de 1990, y que creo que resume en mucho lo que varios sentimos:

Bienvenido nuevamente, maestro, al lugar donde siempre perteneciste: tu escritorio. Es desde aquí, y no desde el sillón presidencial, donde batallando con tus demonios seguirás contribuyendo al progreso de tu país y de la humanidad en general, en la medida que tus libros representan, más que en ningún otro escritor, lo que tú tan correctamente llamaste una tentativa de corrección y cambio de la realidad. Ningún presidente en la historia del Perú ha contribuido tanto como lo hicieron y lo seguirán haciendo el Poeta, Pantaleón Pantoja, Raúl Zuratas, Fushia o La Chunga - a través de la conciencia que estos personales crean en sus lectore - a tratar de revelar los profundos problemas que afectan a nuestro país y a intentar superarlos. La derrota en las urnas no significa, pues, sino un triunfo para aquel mundo que ya reclamaba tu presencia: la literatura. Felizmente para nosotros, los intelectuales de este mundo, ha quedado establecido nuevamente que la literatura es la fuerza suprema por excelencia, obligándote a reintegrarte a sus filas. La política tendrá que resignarse a jugar un papel secundario en tu vida. En todo caso, tu paso por la política no ha significado tiempo perdido, pues con aquella honestidad y transparencia que demostrate a lo largo de esos dos años de campaña ayudaste a probar que la polìtica en el Perú no es, necesariamente, como lo creen muchos, sinónimo de demagogia.

Recupérese pronto, maestro. Y con su permiso, me espera La Casa Verde sobre mi escritorio.

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Esta foto, tomada con ocasión del lanzamiento de Mi Novela Favorita, un programa nuevo de RPP en el que se dramatizarán las grandes novelas seleccionadas por Mario Vargas Llosa, hubiera sido impensada hace algunos años.

Y es que, revisando El Pez en el Agua, el libro de memorias de nuestro más reconocido escritor, ahí le dedica un parrafo poco halagüeño para el periodista insignia de la radio más sintonizada del país:

El primer contratado fue —gran paradoja— un periodista mercenario que había servido fielmente a Velasco desde la dirección de La Crónica, un personaje del que se puede decir, sin temor a equivocarse, que es el más exquisito producto que el periodismo de estercolero haya forjado en el Perú: Guillermo Thorndike. Desde aquel diario, con una pequeña banda de colaboradores reclutados en las sentinas literarias locales (la excepción era Abelardo Oquendo, uno de mis mejores amigos de juventud, de quien nunca pude entender qué hacía allí, rodeado de escribidores resentidos e intrigantes como Mirko Lauer, Raúl Vargas, Tomás Escajadillo y aún cosas peores), alternó la adulación al dictador y la cerrada defensa de sus acciones con campañas de infamia en contra de esos opositores a quienes la censura sobre los medios de comunicación nos impedía responder.

Y, si bien recuerdo, Raúl Vargas también le dedicó un par de epítetos de grueso calibre a MVLL.

Paradojas de la vida, parece que las diferencias que tuvieron alguna vez parecen haber quedado en el olvido. ¿Sucederá lo mismo con Gabo?

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Varios hechos coincidentes han producido que se vuelva a reabrir el debate sobre la libertad de expresión.

Por un lado, las posiciones a favor y en contra del cierre de RCTV y el rol de los medios de comunicación, a los que los defensores de Chávez acusan de ser “vendidos al sistema”.

Por otro lado, la conferencia del periodista Manuel Jesús Orbegozo, titulada El Boom de los Blogs y el Libertinaje de Expresión, frase esta última que ha suscitado todo un debate en la blogósfera lorcha.

Finalmente, el polémico artículo de Mario Vargas Llosa que, a partir de la publicación de las fotos de Cecilia Bolocco, reflexiona sobre la banalización de la esfera pública y hasta que punto la libertad de expresión puede tener límites más allá de los que señalan los tratados internacionales de derechos humanos.

Como era de suponerse, no ha faltado quien ha tratado de sacar agua para su molino, señalando que el artículo de MVLL se refería a los llamados blogs basura - discusión que no pienso reabrir aquí. Lo único que puedo anotar es que Vargas Llosa no señala que debe censurarse el contenido de los medios, así que aquellos que con ínfulas censoras debieran leer más detenidamente el último párrafo del artículo del escritor.

Sin embargo, hay un debate mayor que sí se desprende del artículo del más célebre de nuestros escritores: ¿En qué consiste la “banalización de la esfera pública? ¿Son los medios los responsables de la creación de la “civilización del espectáculo”?

Hoy Santiago Pedraglio intenta hacer una respuesta a Vargas Llosa, desde su posición de izquierda. Para él, la llamada “civilización del espectáculo” es producto de los defectos de los dos valores que el escritor defiende: la libertad y el mercado. Quizás Pedraglio, quien es una de las personas más inteligentes de la orilla izquierda, podría hacerse estas dos preguntas. La primera: ¿es el mercado el culpable de una crisis de valores o de un decrecimiento en el nivel del debate público? La segunda: ¿quién debe regular y qué debe regular, de acuerdo a lo que señala en su comentario? Ninguna de las dos cosas queda meridianamente establecida en su texto.

Coincido en que el nivel del debate público en los medios de comunicación es bastante pobre. Pero creo que las causas no están en los medios de comunicación social o en el mercado.

Una de las cuestiones que frecuentemente se plantea un críticos de los medios como Fernando Vivas es ¿deben cumplir un rol de “educación”? No. Su objetivo no es la formación académica de las personas. Pero al ser los principales formadores de opinión pública de este tiempo, pueden mejorar su nivel, por lo que puede (y debe) reclamarse esa mejoría, pero no por ello tiene que venir alguien a imponernos que ver o que no ver (sino veamos el ejemplo de Chávez en Venezuela). Cabe recordar también que los medios terminan siendo - en parte - reflejo de la sociedad en la que se desarrollan.

Noto, además, dos obsesiones de quienes tratan este tema en las orillas opuestas: por un lado, el escándalo frente a la cultura popular, casi como una pose de “yo soy más culto que el otro”; del otro lado, una teoría de la conspiración sobre “lo que los medios se callan”.

Sobre lo primero, conversando con un amigo llegabamos a la conclusión de que en realidad la cultura popular puede tratarse con altura y nivel tanto en los medios como en el círculo académico. Menospreciarla al punto de señalar que no existe o tratarla como si fuese una “noticia pintoresca” es negarle su reconocimiento como parte de las manifestaciones de la gente. A mi me parece igual de culto un ensayo de Levinas, como un estudio antropológico sobre Trampolín a la Fama o un buen reportaje sobre los graffitis o la Muñequita Sally. Esa obsesión por lo “culturoso” ha creado una suerte de snobismo culposo.

Del otro lado, la existencia de medios como internet o los blogs hecha por tierra las cuestiones de la manipulación mediática. Existe en este momento tanta información como nunca hemos tenido. Y varios de los profetas de la postura del complot terminan siendo tan o más tendenciosos que los medios a los que critican. Quizás el caso más claro, por lo cercano a nosotros, es el de Guillermo Giacosa, una persona medianamente inteligente, pero que desde un tiempo a esta parte termina viendo que todo aquello que se oponga a Estados Unidos es per se bueno, Chávez incluido.

Termino. Creo yo que los términos del debate público pueden modificarse - y de hecho ya se están haciendo con los blogs - pero no creo que para ello deba existir un ánimo censor. Si se quiere que se traten temas de fondo en los medios, quizás haya que buscar fórmulas más imaginativas o creativas de hacerlo. Y claro, hacer un esfuerzo por tener una educación de mejor calidad, pues de lo contrario, seguirán siendo pocos los que intervengan en la esfera de la opinión pública o lo harán de manera desinformada. Un sistema educativo que ayude a discenir y ser críticos es quizás la mejor herramienta para tener una mejor ciudadanía.

MAS SOBRE EL TEMA:
Roberto Bustamante: Mario Vargas Llosa y la sociedad del espectáculo

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Como habrán podido ver por todos lados, hoy es el cumpleaños número ochenta de Gabriel García Márquez, uno de los escritores vivos que mayor trascendencia ha tenido para el ámbito de las letras.

Al margen de las afectuosas notas, panegíricos y homenajes que en todos los diarios del mundo se dan al célebre escritor, la nota que más me llamó la atención fue la aparecida hoy en el diario La Jornada de México, acompañada por la foto que colocamos al inicio.

La fotografía y el artículo a los que hago mención son firmados por Rodrigo Moyá, fotógrafo colombiano - mexicano. La placa fue tomada el 14 de febrero de 1976, dos días después de uno de los acontecimientos más oscuros de la historia literaria contemporánea: el derechazo que Mario Vargas Llosa le asestó a GGM a la salida de un teatro en México. Ha sido el cierre de amistad más célebre y a la vez ruidoso de los últimos años.

Se ha escrito mucho sobre las verdaderas causas de la pelea, pero básicamente son dos las hipótesis que se manejan: un pleito de pareja entre MVLL y su esposa Patricia, en el que Gabo habría intentado ser un amable componedor; o el distanciamiento ideológico entre ambos escritores, que comenzó con la ruptura que tuvo nuestro compatriota con la llamada Revolucíón Cubana. Moyá sostiene en su artículo que, al parecer, ambas causas se habrían juntado y provocaron aquel sonado incidente. Tal vez sea la versión más cercana que hayamos tenido sobre dicho episodio, sobre el cual, sus protagonistas más directos han guardado absoluto silencio.

A inicios de año, se habló mucho de un acercamiento entre ambos escritores. La publicación de Historia de un Deicidio - el ensayo vargasllosiano sobre GGM, publicado en 1971 y nunca más reeditado - en el lanzamiento de las Obras Completas del escritor peruano y un rumor sobre la inclusión de un prólogo firmado por Vargas Llosa en una edición especial de Cien Años de Soledad por su 40 aniversario alimentaron los comentarios. Sin embargo, a pesar de las conjeturas producidas en aquel instante, la reconciliación parece estar aun lejana.

Tal vez este episodio, callado en público por sus protagonistas, sea el motivo por el cual aún no se animan a escribir (o publicar) las esperadas segundas partes de sus respectivas memorias. ¿Lo harán algún dia?

ACTUALIZACION:

Con motivo del Foro Literario que lleva su nombre, organizado en Las Palmas de Gran Canaria (España), Mario Vargas Llosa manifestó que “No voy a ir al Congreso de Cartagena de Indias, y ese tema vamos a dejárselo a futuros biógrafos de García Márquez y míos, si los hubiera“.

El evento al que hacía alusión es el IV Congreso Internacional de la Lengua, a desarrollarse en Cartagena de Indias (Colombia), en que se presentará la edición conmemorativa de Cien Años de Soledad, cuyo prólogo es conformado por extractos de Historia de un Deicidio, mencionada líneas arriba.

Y claro, “ese tema” era el que motiva este post.

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Uno de los primeros post que publicamos en este espacio se refirió al caso Uchuraccay. Contamos la historia del asesinato de 8 periodistas hace exactamente 24 y rescatamos del olvido aquello que le ocurrió después a los comuneros de dicha localidad ayacuchana. En homenaje a estos hombres de prensa y a los más de 150 comuneros de Uchuraccay que fueron posteriormente asesinados por Sendero Luminoso en 1983, presentamos nuevamente dicho informe.

“(…) La CVR rinde homenaje a los periodistas asesinados durante el conflicto armado interno en cumplimiento de su deber. Hace mención particular a los mártires de Uchuraccay, primeros periodistas caídos en el cumplimiento de su deber en circunstancias especialmente trágicas. (…)”
(Informe Final de la CVR, Conclusión General 149)

“Aunque la comisión investigadora del caso Uchuraccay señaló a los comuneros como los asesinos de los periodistas, responsabilizó en primer lugar a Sendero, culpable por imponer el terror, y también, indirectamente, a las FF. AA. por impulsar un mecanismo de autodefensa mal controlado”
(“La Verdad Sobre el Espanto. El Perú en los tiempos del Terror”. Dossier de Caretas, página 37)

Cuando se escucha el nombre del pueblo de Uchuraccay, comunidad ubicada en la provincia ayacuchana de Huanta, inmediatamente se viene a la mente el caso de la muerte de 8 periodistas en enero de 1983, un caso que conmovió a la opinión pública y uno de los primeros que hizo posar los ojos en la situación de violencia que se vivía en Ayacucho. Pero el caso es más complejo que la matanza. Es la historia del drama de un pueblo al que Sendero Luminoso quiso someter, de una política antisubversiva descontrolada, de la incomprensión que los limeños tenemos de las comunidades andinas, del sesgo periodístico sobre la base de prejuicios y de la búsqueda de la verdad y justicia.

Retrocedamos el tiempo hasta mediados de 1981. Uchuraccay es una comunidad de paso hacia los valles de Huanta y Tambo. Sus habitantes son, en su mayoría comuneros dedicados a la agricultura y la ganadería. El 70% de ellos son analfabetos. Allí llegan, bajo la apariencia de comerciantes, miembros de Sendero Luminoso – liderados por e denominadol “camarada Martín” -, quienes intentan captar a la población para sus ideas.

Algunos comuneros llegaron a ser captados por SL. Sin embargo, a diferencia de otras comunidades, SL no estableció un control total con la comunidad, que mantiene a su directiva presidida por Alejandro Huamán. Ello se debió a que la escuela, medio de adoctrinamiento “clásico” de SL, no era muy importante dentro de la convivencia en la comunidad, pues las condiciones de pobreza atentaron contra las mejoras de la escuela. La mayor parte de los comuneros no se identifican con las ideas de SL y, en la primera semana de Octubre de 1982, los senderistas son expulsados de la comunidad. Durante la fiesta patronal de la Virgen del Rosario, un trapo rojo aparece en uno de los cerros cercanos a Uchuraccay, la cual es arrancada por Alejandro Huamán, a quien, en represalia por su oposición a SL, los senderistas darían muerte a finales de Noviembre de 1982.

El 29 de Diciembre de 1982 marca un antes y un después en la historia del conflicto armado interno. Ese día, el gobierno de Fernando Belaúnde Terry ordena el control de las provincias ayacuchanas declaradas en estado de emergencia por parte de las Fuerzas Armadas. El Primer Jefe del “Comando Político – Militar de Ayacucho” sería el General EP Clemente Noel y Moral. La Infantería de Marina es destacada al resguardo de la zona de Huanta. En nuestra opinión, se cometió un doble error: en primer lugar, si bien la Policía comenzaba a ser rebasada en su tarea de controlar el orden interno y necesitaba de refuerzos, las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para afrontar un conflicto de esta naturaleza; en segundo lugar, la autoridad civil no ejerció ninguna labor de control sobre las acciones de los Comandos Políticos Militares, lo que constituyó una abdicación de autoridad democrática.

Al mismo tiempo, los comuneros de Uchuraccay, Huaychao, Macabamba y otras comunidades ubicadas en la provincia de Huanta comienzan a organizarse para combatir a SL. Así, en las primeras semanas de Enero de 1983, varias comunidades comienzan a capturar y/o asesinar miembros del PCP-SL. Un suceso que trasciende a la prensa es el asesinato, el 21 de Enero de 1983, por parte de los comuneros de Huaychao y Macabamba de 7 senderistas. El hecho es felicitado tanto por el General Noel como por el Presidente Belaúnde, dos días más tarde. Ese mismo día, el 23, llega una patrulla policial en helicóptero a Uchuraccay, donde incitan a los comuneros a seguir con la misma actitud: “nosotros (las fuerzas del orden) llegaremos en helicóptero, maten a toda persona que llegue a pie, es terrorista”.

La desconfianza hacia las versiones del General Noel motivaron que 8 periodistas se trasladaran a la zona para conocer “de primera mano” la verdad de lo acontecido en las comunidades de Huanta. Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán (de El Diario de Marka), Jorge Luis Mendívil, Willy Retto (de El Observador), Jorge Sedano (La República), Amador García (Oiga) y Octavio Infante (Diario Noticias, de Ayacucho) viajarían hacía Huaychao el 26 de enero de 1983. Sin novedad pasan las primeras horas, llegando al poblado de Chacbamba, donde Juan Argumedo, familiar de Octavio Infante, se ofrecería a ser guía de los periodistas. Al mismo tiempo, en Uchuraccay, la comunidad detienen a dos persona acusadas de pertenecer al PCP-SL. Finalmente, luego de un pago de licor, son dejados en libertad. Posteriormente, los comuneros se reúnen en la casa de Fortunato Gavilán, uno de los pobladores, para ver que acciones tomarían frente a las posibles represalias de SL.

Entre 3 y 4 de la tarde llegan, por tierra, los periodistas a las afueras de Uchuraccay. Alertados los comuneros, van al encuentro de los hombres de prensa armados con sus herramientas de trabajo. El diálogo entre ambas partes es difícil de sostener, debido a la desconfianza de los comuneros y no a las diferencias idiomáticas. Finalmente, los 8 periodistas son linchados por cerca de 40 pobladores.

A las pocas horas, el guía Juan Argumedo es detenido por los pobladores, al igual que el comunero Severino Huáscar Morales. Ambos personajes son interrogados sobre sus presuntas vinculaciones con SL; al caer en contradicciones, son asesinados por los comuneros. Al día siguiente, los familiares de Argumedo acuden a la comunidad para averiguar lo ocurrido, son detenidas, juzgadas y finalmente liberadas bajo amenaza de no contar a nadie lo ocurrido.

Recién el 29 de enero se conoce lo ocurrido en Uchuraccay. Al día siguiente llegan a Ayacucho varios periodistas para cubrir la noticia, así como los familiares de las víctimas y algunos parlamentarios, a la par que un juez toma el caso, sin estar en su jurisdicción y procede al levantamiento de los cadáveres, sin presencia de un Fiscal. El 2 de Febrero el Gobierno nombra una Comisión Investigadora, presidida por el escritor Mario Vargas Llosa. Ese mismo día se nombra como Juez al magistrado Juan Flores Rojas.

La Comisión Investigadora realizó, el 7 de Febrero de 1983 una audiencia pública con los comuneros de Uchuraccay. En ella, los comuneros reconocieron los asesinatos de los periodistas y señalaron que los sinchis (división de la Policía encargada de la lucha antiterrorista en la sierra) dieron su anuencia a dicha forma de actuación. Asimismo, exigieron garantías para sus vidas y manifestaron respaldar al Presidente Belaúnde. El reclamo por la seguridad sería insistente, ya que los comuneros se habían enterado que SL tomaría represalias en su contra.

La historia que sigue a continuación no pudo ser conocida por los medios de comunicación en la época que se desarrollaron los hechos, pues el Comando Político Militar de Ayacucho, ante los sucesos de Uchuraccay, decidió cerrar el acceso a la zona para los periodistas.

Sendero Luminoso cumplió su amenaza: durante todo el año atacó a la comunidad de Uchuraccay. En especial, los ataques desarrollados el 20 de Mayo, el 16 de Julio y el 24 de Diciembre se desarrollaron las incursiones más violentas. Coincidieron los ataques con las celebraciones de fiestas religiosas, donde la población, originalmente dispersa para un mejor manejo de su piso ecológico, se encontraba concentrada en la Plaza del pueblo. Tiros a la cabeza, ahorcamientos, apredreamientos fueron la constante en esas masacres colectivas. Algunos miembros de la Infantería de Marina, en incursiones realizadas después de los ataques senderistas, amenazaban a los pobladores, les confundían con terroristas y les quitaban sus cosas. Esta constante se repitió durante buena parte de 1984.

Se estima que 135 comuneros, en una población de 470 habitantes, murieron en estas masacres. Los sobrevivientes, por la violencia imperante, se vieron obligados a huir. El desarraigo llegó a tal extremo que los sobrevivientes tuvieron que negar a su población de origen para evitar represalias. Solo pudieron regresar el 10 de Octubre de 1993, fecha que se ha convertido en la más importante para los comuneros.

El Informe de la Comisión Investigadora – Comisión Vargas Llosa – fue entregado a inicios de Marzo de 1984. Si bien tuvo escasos testimonios – debido a las distancias idiomáticas entre los miembros de la Comisión y los comuneros – se pudo reconstruir fehacientemente el contexto de violencia en que se desarrollaron los hechos, así como las circunstancias que rodearon al asesinato de los 8 periodistas. Como los comuneros, en la audiencia pública con Vargas Llosa, no habían señalado nada sobre los asesinatos de Argumedo y Huáscar, se dejó abierta la opción sobre la existencia de un diálogo previo (y fallido) entre los comuneros y los periodistas. Este diálogo se confirmó cuando se encontraron las fotos tomadas por Willy Retto momentos antes del linchamiento. Se negó la intervención directa de fuerzas del orden (cuestión comprobada por la CVR) y se admitió que hubo anuencia por parte de los sinchis sobre el accionar de los comuneros, no enmarcándose dicho apoyo a una política previa tomada por el Comando Político Militar.

La CVR sí discrepa de los argumentos brindados por la Comisión Vargas Llosa para explicar el porqué de los sucesos. La Comisión Vargas Llosa sostiene que se produjo un malentendido cultural entre dos “Perú” distintos: un “Perú Oficial” y un “Perú Profundo”, ubicando dentro de este último grupo a los campesinos. Vargas Llosa sostuvo que los comuneros eran parte de una civilización atrasada y violenta. La investigación de la Comisión Vargas Llosa pretendió explicar en términos “mágico – andinos” (sobre la base de mitos e historias prehispánicas) el accionar de los comuneros. Se presentó a las comunidades como un grupo cerrado, poco permeable a los cambios y a la influencia de otras culturas, cuestión que era falsa. Asimismo, se intenta sostener la tesis de un pluralismo jurídico extremo (vale decir, dos sistemas legales paralelos – el oficial y el comunal – sin contacto entre ellos), cuestión que se contraría con la actitud de los habitantes de Uchuraccay en reconocer a la autoridad civil y militar; y, a la vez, paradójicamente, las manifestaciones del sistema jurídico comunal fueron interpretadas como “cuestiones de supervivencia”.

La CVR apoya las conclusiones de la Comisión Vargas Llosa sobre la autoría del crimen a manos de los comuneros y la responsabilidad que cabe a Sendero Luminoso y a las autoridades civiles y militares de la época en los sucesos antes comentados. Pero señala que la comunidad de Uchuraccay no se encontraba anclada en el pasado, ya que contaba con una pequeña escuela, centros de comercio y una cierta tradición migrante, aunque en condiciones de pobreza. Se rechaza, en suma la visión “indigenista” y paternalista que la Comisión Vargas Llosa quiso imprimir a la caracterización de la población de Uchuraccay.

Los medios de comunicación se dividieron en dos posiciones: una posición no creía en la versión oficial de los hechos y utilizó el hecho, desde una perspectiva de izquierda, para efectuar duras críticas al gobierno de Belaúnde. Esta misma postura postuló que, en realidad, eran miembros de las Fuerzas Armadas los verdaderos autores materiales del crimen de los 8 periodistas. Fueron partícipes de esta postura El Diario de Marka (vocero de la izquierda en los primeros años de la década de los 80), La República y El Observador. La segunda posición, esgrimida por El Comercio y Caretas, daba más crédito a las informaciones oficiales sobre el caso, aunque no dejaron de investigar el tema con rigor. Fue esta postura la que más cerca estuvo de la verdad de los hechos.

Finalmente, el proceso judicial duró 5 años, sentenciándose a tres de los comuneros, Aún el caso no se cierra, ya que aún se mantienen órdenes de captura a comuneros involucrados en el crimen, muchos de los cuales ya han muerto víctimas de SL. El proceso tuvo irregularidades, como las mencionadas sobre el juez que se autoproclamó competente para ver el caso. Se acusaron a 17 comuneros, de los cuales sólo se pudo detener a 3. El juicio oral se desarrollo con dificultades a causa del idioma, a pesar de que hubo traductores en esta parte del proceso. Los acusados se mostraron sumisos y subordinados a los jueces. El Comando Político Militar de Ayacucho no colaboró con la investigación. Luego que el Fiscal ayacuchano pidiera que el caso fuera mantenido en reserva hasta que se capturara a los 14 comuneros acusados no habidos y se liberara, por falta de pruebas, a los 3 detenidos, el proceso fue trasladado a Lima. No se hicieron diligencias especiales en la localidad, no comprobándose la migración masiva de los sobrevivientes, ni las masacres cometidas en contra de los comuneros.

Las penas estuvieron marcadas entre los 6 y 10 años, ya que se atenuó la responsabilidad al estar los comuneros en una situación de violencia bastante fuerte. Sin embargo, erró el Poder Judicial al señalar que hubo presencia de miembros de las Fuerzas Armadas en el momento del linchamiento de los periodistas. En la apelación se aumentaron las penas a 2 de los condenados, ya que el tercero había fallecido en el centro penitenciario donde purgaba prisión a causa de una enfermedad. La CVR estima que el Poder Judicial no comprobó fehacientemente la participación de los tres sentenciados en los sucesos de Uchuraccay.

Una de las tareas principales del Informe Final de la Comisión de la Verdad es que lo ocurrido en aquellos años de conflicto armado interno no se olvide. La historia de Uchuraccay es sintomática de lo que ocurrió en esos años: una agrupación político – terrorista sanguinaria azotando a la población, una política antisubversiva errática, abdicación de la autoridad civil, interpretaciones erróneas sobre la realidad del campo peruano, distancia y discriminación frente al sector más olvidado de nuestra sociedad, uso de los hechos de violencia con fines políticos, indiferencia frente al drama de las comunidades, violencia generalizada, periodistas que fueron víctimas en su búsqueda de la información y una comunidad afectada en sus modos de vida por una generación. El drama de Uchuraccay nos recuerda lo que fueron esos años y las tareas pendientes de la sociedad peruana por encontrarse a si misma.

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