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La Sede es el pub open-mind – ojo, no “de ambiente” – más in de Lima, al que acude varia gente de la farándula limeña y varios personajes de la inteligenzia (y la blogósfera) lorcha también. No he pisado el lugar aún, pero me cuentan que es bastante interesante y divertido.

Marco Avilés es periodista. Actualmente es editor adjunto de Etiqueta Negra, ha escrito en Letras Libres – la mejor revista del mundo hispano, junto con Gatopardo – y acaba de sacar Dia de Visita, un libro imprescindible para entender la realidad de las cárceles en el Perú.

Como cualquier mortal en 28 de julio, Marco quería pasarla bien. Y ligarse a alguien. Su compañía de turno lo invitó a La Sede y, en la entrada, pasó lo siguiente, según nos cuenta en su crónica para Perú.21:

“y, entonces, al tocar con mis manos la puerta tras de la cual fluía la música linda, el lindo bodoque que custodiaba el digno local me soltó el mismo cuento del cual, como periodista hogareño que soy, he tenido noticias lejanas y del que me he enterado a través de los diarios y a veces por los testimonios de feos amigos noctámbulos que osan frecuentar los lindos locales de moda:

Perdón, la fiesta es privada.

Debo repetir que iba solo, pues ya algunos de mis lindos amigos escritores y editores habían entrado al lugar apenas unos minutos antes, lo cual, evidentemente, me convertía en ese mismo instante, por lógica empresarial, en un simple y anónimo indeseable, modestamente vestido de seda, sin fama y sin credenciales que dieran cuenta de mi lindura interior: cholo frente al mundo.

– Pero mis amigos acaban de entrar balbuceé, confundido.
– ¿De verdad? Esta es una reunión privada.
– Le digo que mis amigos acaban de entrar.
– ¿Sí? Entonces llámalos por celular y que salgan”.

Y para que veamos lo que ocurre en algunos lugares de Lima, veamos la salida a la que Avilés llegó:

“y, entonces, desesperado por la visión de que mi final feliz con aquella chica linda se esfumaba, desesperado por ese fatal destino, repito, se me ocurrió la denigrante idea de mencionar el famoso nombre de uno de mis lindos amigos que ya habían ingresado allí; por supuesto, él sí sin tener que batallar con ese lindo monigote amaestrado. Y, claro, cuando dije el bendito nombre (moralmente de rodillas), la puerta de la santa Sede se abrió, y allí, claro está, no había ninguna reunión privada (esto es obvio, ¿no?), sino el lindo paisaje de una afiebrada discotequita con ínfulas de pub, que de manera discreta se reserva el derecho de admisión, con sus lucecitas ad hoc y sus sillones muy lounge rebasados por la masa de gente nice que, supongo, estaba allí luego de haber pasado por el fino cernidor sin las molestias que yo sí tuve que enfrentar. ¿La chica de mis pensamientos bien valía la humillación? Los hombres a veces pensamos con las pelotas. Mea culpa. No debí entrar a ese antro de mierda”.

Seria denuncia que la gente de La Sede deberá responder, por respeto al público y a las normas contra la discriminación. Ojo que ya Indecopi ha multado a varios locales por incurrir en este tipo de prácticas.

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