Archivo de la Categoría “Grandes (S)obras”


Ya me imagino la cara de varios de mis amigos y su impresión (¡Oe, ponte a leer otra cosa!) con el título de este post, pero valgan verdades, Grandes (S)obras, el nuevo libro de Beto Ortiz bien vale la pena ser comentado y, sobre todo, leído.

Llegue al libro sin muchas expectativas (es más, con una amiga, prejuiciosamente, lo habíamos puesto dentro de la categoría “libros para leer en el baño“) y la verdad es que no lo pude soltar. ¿Razones? A continuación.

Aunque siempre me habían gustado las crónicas de Beto en Perú.21 - algunas más que otras - no creía aún que era hora de un antología. Ignorancia mía, porque, por razones cronológicas, no habia podido leer lo que había escrito en Caretas, Expreso (cuando aún era un diario leible), El Mundo o Vea (la célebre revista de la histórica foto de Susan León). Y en verdad, el material puesto es variado en temas, pero parejo en una buena calidad.

El estilo de Ortiz es relativamente conocido. Coloquial como él solo, una mezcla de lo que un sociólogo apodaría como “cultura combi” con un vasto background literario y, sobre todo, llega a cumplir con lo que una buena crónica debe hacer: suscitar sensaciones en el lector: rabia, ternura, compasión, sonrisa, indignación, ironía.

Algunos párrafos de muestra:

Fumar con el codito apoyado en la mano es gay. Entrar a un bar y pedir cualquier trago con sombrillita es gay, pero más gay es pedir un martini de manzana y mucho más gay aún si, encima, lo llamas appletini. Haber usado alguna vez cartuchera es gay, especialmente si era una de esas con puertita magnética y contenía borradores de aromas frutales. Subrayar con rojo es gay. Haber jugado con muñequitos musculosos y articulados es gay y gaysísimo si estos tenían la ropita intercambiable. Decir gaysísimo es gay y decir ropita, también. (Los hombres no hablan -perdón: no hablamos- en diminutivos y sus -nuestros- aumentativos terminan en ‘ón’ o en ‘azo’, jamás en ‘ísimo’). Es gay saberse la letra de la canción tema de Los ricos también lloran (”No te quiero mentir/no esperaba tu amor/porque tú no sabías amar/aprendí a llorar/aprendí a llorar/pero no aprendí a olvidarte”), pero más gay es saberse cualquier estrofa de cualquier canción de Rafaella Carrá (desde Pedropedropedropedropé hasta Explotexplotamexpló, no hay una que se salve.) Haber ido alguna vez al Bar La Sede es gay. Hablar en abreviaturas, apócopes o palabras al revés (o sea, invertidas) es gay: mi abue, tu celu, el ñoba, mi lompa, la pela, el bille, seño, veci, porfa o -¡qué disfuerzo!- porfis. Quitar las últimas sílabas a los nombres -Férnan, Javi, Fede, Gonza- es gay“.
(Todo es Gay, 28 de mayo de 2006)

“¿Por qué no lo hice, Mamarita? ¿En qué momento la cagué toda? Claro que no tiene caso que me haga reproches a estas alturas, pero tú me has pedido que te cuente cómo me sentí y así me sentí. Así me siento. Cuando estuve por fin frente a mi viejita -que es un momento que, sin exagerar, había visto en sueños tantas veces en estos años de ausencia- me detuve delante de ella con mis flores en la mano y dejé que pasaran largos segundos mirándola a los ojos con la leve esperanza de que no fuera a ocurrir lo que yo tanto había temido. Pero, por supuesto, ocurrió. No me reconoció, para qué te voy a mentir, no hizo el menor gesto de saber quién era yo, así que me limité a abrazarla largo rato. La aeromoza que empujaba la silla de ruedas se puso a llorar como una zonza.”
(Carta a Mamarita, 14 de mayo de 2006)

“Acabo de cumplir 38 años y no estoy dispuesto a tolerarlo más. Me veo en la obligación de preguntárselo al mundo de una vez por todas: ¿Hasta cuándo churchill me van a seguir cantando el pelotudo happy birthday? ¿Ah?, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo tendré que soportar ese sistemático, macabro, sadomasoquista ritual de humillación extrema? ¿No les parece mortificación suficiente el ir llenándose inexorablemente de pecas y de canas hasta en los lugares más inhóspitos y agrestes? Por lo que Dios más quiera, tengan un poco de consideración con este inminente anciano. ¿Acaso no se han dado cuenta de lo absolutamente babosos que nos vemos todos -sin excepción- cuando lo cantamos? Si me dieran la alternativa, escogería un callejón oscuro, un cargamontón, un apanado de cumpleaños pero happy birthday… nooo, motherfuckers, nooo. ¿Hace falta que lo explique?, ¿a quién se le ocurre una celebración que consiste en avergonzar delante de todos al presunto agasajado? Nunca sé qué cara poner cada vez que la entusiasta de turno me vuelve a acorralar con la condenada tortita en ristre, mientras el fuego tembleque de las velas ilumina siniestramente las miradas ebrias, las risas torvas y las caras mofletudas. Mientras los miro, mientras los oigo cantar -y, por regla general, desafinan horrible porque parecería que, en el fondo, esa es la idea- mientras los miro -decía- paralizado de pavor, me pregunto en silencio, sin dejar ni un solo instante de rezar a mi ángel de la guarda: ¿Qué indecible mal habré causado en esta vida y en las anteriores para ser ahora merecedor de este suplicio miserable? Pero sobre todo, mientras los oigo repetir hasta la náusea, happy birthday, happy birthday, me pregunto: ¿por qué cuernos me están cantando en inglés si aquí, en el Cerro San Cosme, lo que se habla es castellano?”
(Esa estúpida canción, 5 de marzo de 2006)

Recomiendo además que vean, especialmente, la crónica que Beto hace de su amigo Bruno de Olazabal, los reportajes que hace sobre los fletes del Parque Kennedy y el “Miss Universo Gay” de principios de los noventa, su preparación para ser voluntario en Mozambique y, por cierto, la desopilante pero certera crítica a la cofradía literaria local en “Clásicos de la Provincia”.

No le digan mafia, tampoco secta. Suena horrible. Es apenas un alegre círculo de regios criollitos fotogénicos y dicharacheros al que, malhaya nuestra suerte, no pertenecemos. No seamos, pues, tan igualados. Ubiquémonos. Nosotros no somos como los Orozco. Yo los conozco, son ocho los monos: Nano, Toño, Alonso, Alfredo, Willy, Pita, Balo, Iwasaki. Nosotros no somos como los Orozco. Yo los conozco. (bis).”

Grandes (S)obras no es un libro únicamente para el baño, es para leerlo en cualquier lugar de tu jato. Y eso ya es bastante en estos tiempos.

P.D.: La yapa, una venganza navideña de Beto, ya que estamos en la época:

Los mejores pediatras están de acuerdo. A un recién nacido nunca se le debe dar sopa. Partamos de allí. Estaba más que cantado que el niño no se la iba a querer comer. Y, para remate, le faltaba sal. Porque eso dice la letra: Y como estaba tan dulce, se la tomó San José.

¿A ver, organicémonos: qué es lo que estaba tan dulce? ¿El niño, la sopa o San José? Para unos papás primerizos y chochos, todos los neonatos son dulces, hasta los más repelentes renacuajos. Y digamos que esa expresión de arrobamiento del progenitor podría también ser confundida fácilmente con dulzura. ¿Pero dulce, la sopa?. ¿cómo dulce? ¿Confundieron el sillao con la esencia de vainilla? ¿Cómo dulce? ¿No sería champús, quáker con manzana, arroz zambito, leche de monjas, mazamorra de maizena? ¿Qué sopa era esa? Muy sencillo: era anush abur, tradicional sopa dulce que, desde entonces, se prepara a base de calabazas para celebrar las navidades en Armenia. Tanto tiempo cantando sin saber ni qué cantamos. Hemos vivido en la ignorancia más supina. Pero, al final, la verdad siempre se abre paso. Otro éxito del periodismo de investigación“.
(¿Quién necesita toribianitos?, 25 de diciembre de 2005).

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