

Cuando los dictadores caen en desgracia (o en agonía)
“Creo que todos buscamos lo mismo
no sabemos muy bien que es ni donde esta
oímos hablar de la hermana mas hermosa
que se busca y no se puede encontrar
La conocen los que la perdieron
los que la vieron de cerca, irse muy lejos
y los que la volvieron a encontrar
la conocen los presos.
La libertad”.
(La Libertad, Andrés Calamaro)
Tengo una alergia a las dictaduras. No soporto a ningún autócrata que se proclame como el dueño de su país y de sus habitantes bajo el malsano pretexto de que “están haciendo lo mejor para su país”.
Razones de principio me animan a combatir desde mi pequeño puesto a los autócratas. Creo en la libertad como uno de los valores fundamentales de la persona, creo que el respeto a los derechos humanos se da en paquete y no sólo privilegiando el aspecto económico. En términos prácticos, las dictaduras ahondan más las diferencias entre los diversos sectores de la sociedad - ya que privilegian a unos sobre otros - vulneran los derechos de las personas, convierten a los ciudadanos en una suerte de minusválidos que canjean comida por libertad (y, aún más, los hacen creer que cubrir las necesidades básicas es lo que único que debe hacer el Estado) y, por lo general, estos gobiernos acaban en medio de la corrupción generalizada, o con sus principales líderes con jugosas cuentas bancarias.
Desde hace meses, Fidel Castro procura ocultar lo que es un hecho evidente: su permanencia en el poder y en este mundo tiene las horas contadas. Castro es, digámoslo claro, un dictador y como tal me merece el mayor de los repudios.
Es un hombre que ha sojuzgado a su país en nombre de un supuesto ideal mejor, alguien que ha hecho del igualitarismo hacia abajo su bandera, alguien que ha dividido a Cuba en dos países: los que viven en la isla y los que moran en Miami. Castro ha mandado fusilar o encarcelar opositores, sólo permite un partido político y no hay prensa independiente que lo pueda criticar. Si bien los médicos cubanos son de los más capacitados de la región, son de los peores pagados y ese sistema de salud depende en mucho de las donaciones que turistas y gente que se va a curar allá tenga. Una educación - por más analfabetismo cero que tenga - nunca podrá ser eficiente si no ayuda a formar un pensamiento crítico, cosa que el dictador cubano y su supuesta revolución nunca han valorado.
Nunca he llegado a entender a quienes - por pose o por compromiso serio - se ponen politos del Ché, hablan de la revolución cubana como si fuera la panacea o siguen proclamando su solidaridad con Cuba. Nunca he acabado de entender como dos juglares que en sus canciones le cantan a la libertad - como Silvio y Pablo - devinieron en dos asalariados de alguien que le quita la libertad a su pueblo. Nunca terminaré de entender como una persona meridianamente sensata como Javier Diez Canseco nunca ha condenado a Cuba.
Desde ayer agoniza Augusto Pinochet Ugarte. No me dará pena alguna que se vaya de este mundo, por todo el daño que hizo a su país.
Pinochet fue uno de los dictadores de peor calaña de América Latina. Tuvo una política de estado de muertes, desapariciones y torturas. Las cifras oficiales hablan de 3,000 muertos y desaparecidos. Las no oficiales hablan de por lo menos 10,000. Más de 30,000 personas fueron torturadas. Como casi todas las víctimas, a diferencia del Peru, pertencen a la clase media, los planes de reparaciones y de memoria histórica han sido relativamente rápidos. Por estos hechos, Pinochet tiene más de 300 procesos judiciales y 14 desafueros.
Por si fuera poco, Pinochet y su familia tienen mucho que explicar en materia de corrupción, como las famosas cuentas en el Banco Riggs, o los negocios de la familia Pinochet en el terreno inmobiliario, o los pasaportes falsos que tenía la familia para operar sus cuentas en el extranjero. Estos hechos le valieron el desprestigio incluso entre sus otrora partidarios de la derecha.
Muchos dicen que Pinochet “arregló” Chile y que el despegue económico de esta nación se dio gracias a las políticas de los “Chicago Boys” chilenos. Pues bien, los cuadros presentados hace un tiempo por el economista y blogger Silvio Rendón (y que pueden ver en el enlace a su articulo “Triángulo equivocado”) demuestran que el PBI per cápita recién comenzó a elevarse sostenidamente a partir de 1990, es decir, cuando el país vuelve a la democracia. En otras palabras, el llamado “milagro económico” chileno no se produjo gracias a Pinochet, sino a las políticas de la Concertación que combinaron crecimiento económico sostenido y políticas sociales perdurables en el tiempo.
(Y para quien le quede alguna duda, revisen estas cifras del Banco Mundial, entidad a la que creo que nadie puede acusar de marxista).
Además, es a Pinochet a quien se debe una de las mayores desigualdades en América Latina. Su proyecto de municipalizar la educación (ojo, Alan) fue el que generó la desigualdad educativa en Chile y que este año desencadenó la famosa “revuelta de los pingüinos” (escolares chilenos).
¿Es un modelo a seguir este autócrata, asesino y ladrón? No, pero hay algunos, como el montesinista Uri Ben Schumel que le dedican un editorial apologético. O los seudo liberales que aplauden cada vez que el mercado se liberaliza, pero que callan cada vez que una democracia se canibaliza o se trae abajo (¿De Althaus o Mariátegui escuché por alli?). Los mismos que reclamaban un Pinochet en el Perú son aquellos que aplaudieron a Chinochet, quienes nunca le importaron muertos y desaparecidos, quienes decían que “la democracia se daría por añadidura” luego de los beneficios económicos.
Finalmente, ayer reeligieron a Hugo Chávez en Venezuela. Desconozco si la elección fue finalmente limpia, pero lo que es cierto es que, elecciones al margen, Chávez se comporta como el dueño de Venezuela, como el patrón de una gran propiedad petrolera que malgasta el dinero, hace populismo y, mientras le vende petróleo barato a Estados Unidos, califica a su presidente de “borracho” para abajo.
Chávez no brinda ningún modelo de desarrollo alternativo. Cosa que parecen no haber entendido críticos de la globalización o globalífóbicos como Ignacio Ramonet, Guillermo Giacosa o mucha de la gente del Foro Social Mundial. Chávez lo que hace es asistencialismo puro y duro, comprar la libertad de la gente a cambio de un plato de lentejas. Mientras Chávez hace lo mismo que Fujimori hizo en los noventa, algunos de los izquierdistas que marcharon contra el Chino se callan la boca frente a las tropelías chavistas o, peor aún, organizan verbenas o actividades para apoyar a la llamada “revolución bolivariana” (a la cual, habría que calificar más como “robolución”, no por expropiaciones, sino por la corrupción que ya empieza a asomar en la empresa petrolera estatal).
Finalmente, todas las dictaduras, como dice la canción de Lavoe, tienen su final. Así que en un futuro - esperemos que cercano - Venezuela se librará del sátrapa petrolero que hoy la gobierna. Lamentablemente, cuando lo haga, habrá dejado a su país más pobre de lo que lo encontró y más dividido de cuando se puso la banda presidencial.
Las dictaduras son un mal, sean de izquierda o de derecha. Y a ese mal se tiene que poner una gran vacuna: hacer que nuestras democracias realmente funcionen. Esa es la tarea de los latinoamericanos durante estos años.
MAS SOBRE EL TEMA:
Augusto Alvarez Rodrich: El Otoño de los Patriarcas.
Ramiro Escobar: Nunca necesitamos un Pinochet.
Nelson Manrique: El fantasma de Pinochet.
Gran Combo Club: Tríangulo Equivocado.
Utero de Marita: Dos buenos artículos sobre dos dictadores moribundos.
Blog de Martín Tanaka: Patricio Navia sobre Pinochet y Castro.
Archivo del Tercer Piso: Good Bye Castro, ¿Good bye revolución?