Archivo de la Categoría “escritos personales”


Cuando un niño cumple 3 años - y lo se, porque he visto a mi hermano menor crecer - ya cuenta con ciertas herramientas para comenzar a valerse por si solo en algunas cosas: cierta altura que le permite alcanzar ciertos objetos, puede caminar por si solo sin que nadie le sostenga, emite algunas palabras y, claro, si es superdotado o tiene papás o abuelos que lo han estimulado tempranamente, hasta puede leer algunas palabras o frases. Y claro, todos los que lo quieren y aprecian están orgullosos de esos logros, que, aunque pequeños en comparación a lo que le toca vivir, son grandes pasos en aquel momento.

Algo parecida es la sensación que tengo frente a esta pequeña página web, que hoy, por obra y gracia del Espíritu Santo y mi terquedad en seguir escribiendo, llega a los tres años de existencia y al post número 917.

Decía hace algunos días que no es tarea fácil escribir sobre política y actualidad. Implica, en mi caso, levantarme temprano y, mientras hago ejercicios, ver a Raúl Vargas con los comentarios que todo el país escucha a la hora nona. De allí, entre el desayuno, la ducha y el acicalamiento de todos los dias, alternar entre RPP, CPN y San Borja, para luego pasar a la lectura de 8 diarios. Ojo, no solo por cuestiones de blog, sino también de chamba, que me obliga a estar enterado de todo lo que pasa. Así, en ese órden, pasan por mis manos La Razon, Expreso, Correo, La Primera, La República, Perú.21, El Comercio y, por deformación jurídica, las Normas Legales de El Peruano. Súmenle a eso ver las noticias del día por Internet - sí, también por eso me pagan -, chequear los programas de las 11 de la noche y bueno, ahora entienden porque no es tarea fácil escribir, enlazar y ser breve.

(Y para los amigos que se creen el añejo chiste de Basta Cebolla, yes, i have a life, sino no podría escribir).

Y aunque redactar los comentarios, mini-investigaciones, rayes personales y demás cosas que pongo en este espacio es entera responsabilidad mía, creo que quedaría mal si es que no agradezco, en este momento, a varias personas.

A mis viejos, por aguantar que pase varias horas frente a la computadora y por respetar lo que pienso. La mejor lección que me dieron es la de ser tolerante con los pensamientos ajenos y eso procuro hacer, sin que ello me impida dejar en claro mis convicciones y creencias.

A mis compañeros de trabajo, no solo por darme ideas de enfoques para el blog, sino también por sus comentarios que siempre enriquecen lo que hago, tanto en lo profesional como en este espacio. Y claro, gracias por leer, a pesar de lo extenso.

A todos quienes se han dado una vuelta por aquí. A los conocidos como Rosa María Palacios, César Hildebrandt, Augusto Alvarez Rodrich, Juan Carlos Tafur, Martín Tanaka, Eduardo Villanueva o Pedro Salinas. A los que no conozco y podría conocer más y a quienes todos los días no dejan de leer este blog, pobre pero honrado.

Por supuesto, a quienes dejan comentarios - sean caseritos o no -, estén de acuerdo o no con lo que he puesto en pantalla, por propiciar debates y, en la mayoría de las veces, dejar argumentos para pensar o simplemente para discrepar. Como siempre, son todos bienvenidos. Y a los medios que han tenido a bien rebotar este blog cuando lo han considerado necesario.

Dejo un espacio especial para los amigos bloggeros. Este año que ha transcurrido, no solo he podido conocer a muchas personas que hacen blogs, sino que con varias de ellas el vínculo ha ido más allá y se han formado verdaderas amistades, espero que duraderas. Al iniciador de todo, por mostrarme el mundo de los blogs. A todos los blogs que me enlazan y que ya no puedo contar, por pensar que este espacio tiene algo de valor. Para los amigos de Perúblogs, gracias por el apoyo y la compañía en las reus bloggers que han organizado. Para Hans y Christian, por hacerme reir todos los días. A Paco, por sus menciones desde Iquitos y porque su libro está paja. A Alberto, por ser compañero de blogs, de universidad y un amigo de verdad. A Heidi, por los jalones de orejas y por las palabras adecuadas en el momento adecuado. Al exiliado Reaño, por los consejos y por entretenerme con la música más rara del mundo. A Morena, por devolverme a tierra cada vez que puede. A la recientemente egresada Catalina, por el apoyo de estos días y por ser la buena amiga que es. A Marco y a Roberto, mis cómplices en varias de estas aventuras bloggeras, por la ironía y por recordarme todos los días mi pasión por escribir tan largo. Y a Laura, por demostrarme todos los días que escribir sobre política de manera tan fresca es tan posible como hacer, de la nada, una muy buena amistad que espero que perdure.

¿Y que viene para este año? Pues algunos experimentos en el lenguaje de este blog que espero sepan comprender y que aun estoy viendo como ensayar. Pero, sobre todo, seguir persistiendo en la terca tarea de escribir todos los dias sobre lo que nos ocurre, lo que vivimos, pensamos o sentimos cuando vemos alguna noticia en el periódico, en la tarea de investigar y dar más contenido a lo que puedes leer en los noticieros o en otro blog. Y, por supuesto, en seguir creyendo que este, mi querido país, puede ser distinto y mejor a lo que hoy tenemos.

A todos, gracias totales. Y ahora volvemos a nuestra programación habitual.

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Te despiertas. Es el día de Navidad. La cena estuvo muy bien y el compartir con la familia se prolongó hasta las cuatro de la mañana, porque la conversación estuvo bien entretenida y todos estaban felices por el hecho de estar allí reunidos, alrededor de la mesa.

Antes de levantarte de la cama, vienen varios pensamientos a tu cabeza, sobre quienes pasan Navidad de manera distinta.

Desde que tienes uso de razón, sabes que la tierra donde nació aquel a quien llamas Salvador es una de las zonas más convulsionadas del planeta. Y te preguntas porque ninguno de los esfuerzos para procurar alcanzar la paz ha tenido éxito duradero, porque entre primos - porque palestinos e israelíes lo son - se disparan todos los días y porque no pueden compartir una misma tierra. Recuerdas la Biblia y ves que la historia es cíclica en cierto sentido.

Cerca de allí, en Iraq, tampoco la están pasando bien. Ya van a ser cinco años de invasión y las cosas, lejos de componerse, siguen siendo violentas. Andar por una calle en Bagdad o Basora sigue siendo un riesgo. ¿Podrá ser posible jugar en medio de minas antipersona o de ataques de Dios sabe que grupo? ¿Será posible ser feliz en medio de las bombas y la hambruna en Darfur?

Y volviendo a la realidad más cercana, te preguntas por el dolor de las familias de los dos policías asesinados ayer en una nueva emboscada. ¿Por qué nos seguimos matando entre peruanos? ¿Por qué seguimos lamentando estas muertes y el gobierno sigue inoperante o recurriendo a supuestas medidas de “mano dura” que no dan resultados certeros?

¿Cómo habrá sido la Navidad en Pisco entre demoliciones y remociones? ¿Como vivirán los niños la esperanza en medio de promesas incumplidas de reconstrucción y del esfuerzo de sus padres para que todo vuelva a la normalidad, a pesar de que FORSUR parece ser cada vez más uno de los peores cuentos de ficción que el país ha vivido en los últimos años?

Y sin embargo, cada una de estas personas sigue despertando todos los días, con la terca esperanza de que su situación mejore y haciendo todo lo posible para que cambie. Y te aferras a esa esperanza para que las lágrimas que han caido no salgan más. Porque el dolor tiene que dar paso a la acción. Y porque de alguien aprendiste que, a pesar que haya mucho dolor acumulado, el camino a la felicidad se hace todos los días.

Mientras el sol alumbra el tercer piso, la mañana de Navidad.

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Diciembre llega. Epoca de revisar lo que hicimos en el año. Epoca de ver quienes se quedarán en la agenda del próximo año y quienes se han ido, por ahora o permanentemente. Y de compartir con aquellas personas que no vemos mucho y con las que hablamos todos los días.

Son 31 días en los que piensas que no pasará nada y que los tendrás relajados, pero vienen con su carga de exámenes finales, celebraciones y, por cierto, material de sobra para el blog. Nuestros políticos no descansan nunca en producir “genialidades”, por lo que supongo que algo sucederá para que esta noche tenga algo de material que me obligue a tomar harto vino para pasar el mal sabor. Espero tomar vino por motivos mejores, como los que se celebran hoy.

Para todos, Navidad es una época especial. Días de darnos como personas los unos a los otros. Para mí, es la fase del año en que tengo mayor conciencia de que los seres humanos no somos solo trabajadores, estudiantes, bloggeros o la ocupación que elegimos o que la vida nos deparó, sino que somos personas con defectos y virtudes y con sensibilidad, en algunos más oculta que en otros.

Y, finalmente, para alguien que tiene fe, como yo intento tenerla todos los días, este día termina siendo la esperanza encarnada en un ser superior que vino a este mundo para darnos un mensaje. Que este mundo puede ser otro, más inclusivo, más fraterno, menos hipócrita, más solidario. Y aunque a veces mi iglesia no sea lo suficientemente capaz de traducir ese mensaje en hechos concretos, sigo en la brega para que podamos ser más consecuentes con lo que decimos predicar.

Seguir viviendo intensamente es la tarea que me queda.

Feliz Navidad.

MAS SALUDOS NAVIDEÑOS:
Laura sin canas le da regalos a nuestros políticos
Morena escribe sobre la navidad de Inventarte (Y el C también)
El Morsa politiquea hasta en Navidad y luego nos habla de la historia de esta festividad.
ocraM, con estrellita aprista en el Utero, nos pone “villancico” de Bing Crosby y David Bowie
Tanaka y una iniciativa solidaria
Gonzalo Gamio y el significado de la Navidad
Historiadores nos regalan a Mr. Bean navideño
Spencer prepara con su abuela un postre navideño
Los deseos navideños de Eduardo Villanueva
De la selva, su Navidad en el otro Belén
Tabo y sus peculiares Aires de Navidad
Regala libros: las listas de Iván Thays y Augusto Alvarez Rodrich
Alberto y lo que puede ser un milagro navideño: el ministerio de Medio Ambiente
Javier Prado y una caricatura navideña
Fantomas nos regala el pare del calentamiento global
El verdadero “amo y señor de la cholósfera” nos dedica una de Lavoe en Navidad
Cisneros solo en su casa esta Navidad

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Para Beatriz Boza, Javier Ciurlizza, Eduardo Dargent, Javier Neves y Elizabeth Salmón. Se ganaron el justo derecho de llamarlos maestros

Toda historia tiene su inicio y su final. La mía en la PUCP tendrá su conclusión este viernes. Pero comienza otra, en la que el Derecho, de alguna u otra manera, estará presente. Y es por ello que me tomo la libertad de dejar a un lado la reflexión coyuntural para, en voz alta, dar algunas pequeñas ideas respecto a la vocación que escogí y a lo que he podido aprender en estos años. Más que un compilado contaminado de juridicidad, es un testimonio personal.

Ciertamente, los abogados nos hemos ganado una mala fama. Se nos acusa de enredados, corruptos, poco consecuentes con la justicia, manipuladores del lenguaje y capaces de defender hasta al mismísimo Satanás. No en vano nos hemos ganado dicha impresión. Muchos colegas han hecho de la profesión ciertamente algo reñido con la competencia profesional, la ética y la defensa de los valores democráticos. Mencionar ejemplos sería ocioso, pues todos nos hemos topado con un letrado que tenga alguna de estas características. Y claro, cuando hago con sarcasmo la pregunta: ¿qué sería del mundo sin los abogados?, 9 de cada 10 personas me responden: un lugar mejor.

Cuando escogí la carrera de Derecho – luego de dilucidar entre Historia y Periodismo como otras opciones – lo hice consciente de esa mala imagen de la profesión. Y también lo hice en un momento particular de nuestra historia: cuando la ley era manipulada por una dictadura de manera tal que podía permitir arbitrariedades mayores y las instituciones eran absolutamente maltratadas. Ese fue un primer impulso para plantearme el camino jurídico: evitar que el colapso institucional sea mayor.

A pesar que la caída del régimen autoritario se produjo antes que entrara propiamente a la Facultad, creo que ese reto sigue presente. Aunque en menor medida, los recursos legales son utilizados como armas para la arbitrariedad y el gobierno que tenemos ahora no es precisamente fanático de la consolidación institucional, más allá de medidas aisladas. Ser abogado en el Perú implica lidiar con esta precariedad, pero también nos impone un reto: hacer que la institucionalidad se pueda consolidar. Buena parte de esa inquietud ha sido plasmada en la mayor parte de los cerca de 900 posts que tiene este blog en casi tres años.

En el camino recorrido he ido aprendiendo varias lecciones profesionales y personales. Quizás la primera de ellas es que, ante todo, somos seres humanos, que debemos preguntarnos quienes somos y que queremos. La respuesta a estas inquietudes no será la misma conforme andamos en el tiempo, pero si persiste una esencia personal en cada afirmación que damos a dichas interrogantes. Como alguien me dijo: La cantidad y calidad de tus dudas deben alegrarte más que preocuparte, pues son una señal de que estás “vivito y coleando”.

La segunda, es que no se puede ser un buen abogado – mejor dicho, un buen profesional – si es que no se adquieren destrezas, competencias y conocimientos. ¿Qué implica ello? Para quienes optamos por esta locura llamada Derecho, pues nos lleva a leer harto, hacernos varias preguntas, intentar mejorar cada día nuestra redacción y nuestra expresión oral. Si no contamos con las herramientas necesarias para pensar jurídicamente – ojo, hablo de pensar y no de paporretear códigos, pues las leyes siempre pueden cambiar -, pues ofreceremos un mal servicio a la persona que nos contrata y seguiremos contribuyendo a la mala imagen que tenemos ante buena parte de la sociedad.

Una tercera, que me toca de manera cercana, es tener en claro que nos proyectamos a la comunidad en la que vivimos. En apariencia, alguien que se dedica a ver los impuestos de una empresa no tiene la misma proyección social que dar que alguien que tiene como tema central la protección de los derechos humanos. Sin embargo, el mismo hecho de ser honesto con el trabajo que se hace, tener en cuenta las consecuencias de los actos que se van a avalar ya implica tener en cuenta a quienes te rodean y constituye un gran paso para sacudirnos del prurito de defensores de lo indefendible.

Como pretendo ser algo breve, dentro del desborde verbal que caracteriza a este espacio, me permito cerrar con una comprobación. Los abogados no tenemos la última palabra sobre todo. Aun en sociedades como la nuestra, se sigue pensando que los hombres de leyes manejan todos los temas y tienen respuestas para todo. Con el pasar de los años, me doy cuenta que necesitamos de nuestros amigos antropólogos, comunicadores, sociólogos, economistas, lingüistas, filósofos y un largo etcétera para poder comprender – o intentar comprender – la compleja realidad del mundo de hoy. La palabra multidisciplinariedad es síntoma de estos tiempos.

Una mención final para quienes puse al inicio de este post. Quienes veo como maestros y amigos – y no solo como meros docentes – me enseñaron a ver muchas de estas cosas que les he comentado, a través de distintas áreas tan disímiles como el conocimiento de la responsabilidad profesional y con nosotros mismos, la defensa de la dignidad del ser humano, la reflexión teórica pura y aplicada y las herramientas para pensar jurídicamente desde lo laboral y lo internacional. Y por supuesto, tener en cuenta que hay un mundo más allá de lo jurídico que es interesante vivir y sentir.

Decía al inicio que todo tiene un inicio y un final. Ciertamente este post también lo tiene. Pero no quiero cerrar esta reflexión meramente personal sin preguntarme si, luego de 50 años de egresado, tendré la misma intensidad con la carrera que escogí que la que tengo ahora. Quizás la mejor respuesta esté en una frase que le robo a Frank Lloyd Wright: La juventud es un estado de ánimo. La juventud implica ideas frescas, audacia e ir siempre detrás de la verdad. El tiempo me dirá si es que ese ánimo que quiero conservar hasta que la vida me indique la puerta de salida se habrá mantenido. El intento de hacerlo comienza hoy.

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¿Y los inocentes? Los vi el otro día en el terraplén de Castro Castro pulcramente alineados, como se dice, blancos y tiesos como una fila de espárragos, y esta mirada reflejaba no el sol de la libertad sino la sombra de la angustia, frente a un mundo que, en su ausencia, había galopado. Tenían en la mano la resolución que permitía su salida, pero ya intuían que este diploma de graduación de la universidad de los condenados no significaba gran cosa. Cuando uno ha sido sentenciado una vez, lo es de por vida
(Hubert Lanssiers)

Cuando uno está por terminar la carrera de Derecho, puede percatarse hábilmente de dos cosas. La primera es que la justicia y la Ley no equivalen a lo mismo. Una norma, por más que cumpla con los estándares formales para su expedición, puede ser profundamente injusta o, peor aún, padecer de esa enfermedad jurídica que los abogados llamamos inconstitucionalidad y que debe ser curada por 7 médicos reunidos en la Casa de Pilatos. La segunda es que uno de los documentos que mayor dolor puede causar en la vida se llama sentencia condenatoria, cuando a quien se envía a San Jorge, Castro Castro o Santa Mónica tiene la misma inocencia que un niño de 5 años.

En el Perú, en los años en que nos matamos entre compatriotas en nombre de una interpretación ideológica fanática y tanática o de la defensa del Estado, confluyeron ambos fenómenos en un grupo de personas, a las que, literalmente, se les cortó la vida por varios años.

Aun hay en mi país quienes señalan que las normas dictadas por un dictador fueron la única respuesta válida para acabar con los ríos de sangre. Olvidan que ese mismo autócrata, luego de una presión fuerte de la opinión pública, tuvo que crear una comisión especial para poder liberar, mediante el indulto, a un importante número de personas: 1,372 seres humanos, de acuerdo a los datos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Dionisio Huancas Masaje es un campesino piurano de 70 años. Fue obligado a salir de su casa por terroristas encapuchados y armados. Junto a otros pobladores tuvo que presencia uno de los llamados “Juicios Populares” que culminó con la muerte de una persona. Se ha comprobado que el anciano fue obligado a presenciar el suceso, que se encontraba desarmado y con el rostro descubierto y que incluso ayudó a enterrar a la víctima. Pero se la acusó por terrorismo y está encarcelado esperando se resuelva su proceso.
(Eduardo Dargent, Hijos de un Dios Menor: Cifras, súbditos e inocentes)

Cuando estás en la adolescencia, vives en la clase media limeña y estudias en un “buen colegio” no hay muchas cosas que te preocupen, salvo las notas en el colegio. El resto del tiempo lo dedicas a ver tele, jugar con el video juego de moda, salir con tus amigos y preguntarte sobre si la mirada de aquella chica que cuando sonríe se le forman hoyitos es más que la de una amiga.

Pero también esa edad, en dicho espacio y en algunos colegios, puede ser la oportunidad para saber que el país no comienza en la Javier Prado. Aunque yo ya sabía que mi ciudad era mucho más grande que los confines del Zanjón y La Molina, dado que el primer Tercer Piso estuvo en el Centro de la ciudad, el colegio me brindó la oportunidad de conocer ese otro país, el afectado por la violencia.

Con su afectación de erres propia de quienes nacieron en Bélgica, la imagen que imponía respeto y su peculiar sentido del humor, hubo alguien que, sin que muchos lo conocieran, iba todos los días a las cárceles, no a hacer misa como muchos suponen es la principal función de un sacerdote, sino a reconfortar – sea en silencio o con alguna palabra -, a ver los trabajos artísticos que se hacían en los talleres y a comenzar a bregar a sacar a aquellos invisibilizados por el sistema de justicia y por el país que habían sido llevados a una condena de 20 años de prisión en uno de esos procesos tan veloces que empalidecerían el reciente record de Asafa Powell en los 100 metros planos.

Por esas casualidades de la vida, ese mismo hombre que no tenía cuello de televisor y que solo usaba sotana para hacer misa, vivía y enseñaba Filosofía en el mismo colegio donde este blogger hizo la primaria y la secundaria. Y claro, Hubert hacía locuras como la de tener una tienda en el colegio – que aún permanece hasta hoy – donde se venden los trabajos de las personas que moran en una celda de 4 x 2 o de hacernos rezar a todos los alumnos una semana en familia, en el año que me iba del colegio, por una persona inocente que aun no había sido liberada o que recientemente había recuperado la libertad.

Y por ello fue que muchos pudimos conocer, en nuestro mundo de privilegiados, que los inocentes en prisión eran más que las cifras que Jorge Santistevan decía en el programa de Hildebrandt, que habian muchas historias detrás de los abrazos a la salida de las cárceles. Y veíamos a Hubert al lado de ellos, sonriendo luego que aquellos que pertenecían a los mismos grupos que la CVR nos diría fueron aquellos desde donde provenieron las cifras de muertos y desaparecidos.

Y yo me pregunto: si Lanssiers estuviera aquí con nosotros, ¿que diría al ver el periódico de ayer?

Y allí me sentencian unos jueces sin rostro. Inclusive no me dejaron entrar a los abogados, a ninguno de los abogados. Yo reclamé mi abogado. Yo reclamé mi abogado y me contestaron: no, no te preocupes, nosotros somos tus abogados.
(Informe Final CVR. Testimonio de Eleuterio Zárate Lujan)

Pero la realidad de los inocentes en prisión no estaba tan lejana como podía pensar.

1997. Programa de Confirmación. Por las cuestiones medio locas de mi colegio y la responsabilidad absoluta de mi profesor de religión, la confirma la hago en el Colegio Héctor de Cárdenas. Una de esas experiencias que marcó mi vida por las experiencias que tuve y las personas que conocí. A algunas de ellas las veo hasta el día de hoy.

Entre los chicos y chicas que estabamos allí, en un programa de confirma que nos hacía vivir la fe con los pies bien puestos en el país - recuerden, en dictadura, con el TC defenestrado y con el tema de Frecuencia Latina en efervescencia -, destacaba un chico con aptitudes de líder. Se llamaba - se llama - Yail y luego supe que su papá estaba en la cárcel, condenado injustamente por terrorismo.

El papá de Yail hoy es Presidente Regional de Lambayeque.

Yehude, al que pude conocer en el 2005, por motivo de un Foro en el que pude hacerle algunas preguntas sobre la competitividad en el Perú, ha reflexionado mucho sobre lo que fue su experiencia en la cárcel y su activismo radical de los años ochenta. Activismo que nunca lo llevó a militar en el MRTA, como el gobierno de Fujimori hizo creer. Pero lo mantuvieron 8 años en prisión porque querían un trofeo que exhibir, como lo hicieron con cientos de peruanos anónimos. Y por ello tiene hoy la autoridad moral suficiente para criticar la nueva estigmatización a la que a muchos peruanos como él quieren someter.

A los años de cárcel, Alan Garcia quiere sumarles el señalamiento del vecino.

“El criminal que participó en el atentado de El Polo es un terrorista que fue indultado”, vocifera un ex policía. Sucede que el aludido nunca había pisado una prisión en su vida. Un periódico publicó la lista de indultados que recuperaron su libertad durante el gobierno de transición y el actual con la venenosa advertencia: “ ¡Ojo con estos nombres!” y sigue el alegre festival de los cazadores de brujas. Un venerable diario, pasando por encima de fiscales y jueces, en un articulo mal escrito y rebozando de estupideces acusa a un achica de terrorista, ni siquiera “presunta terrorista”; la joven, si esto puede concitar el interés de alguien, acaba de recuperar su completa libertad sin mérito a juicio oral, claro que el necio periodista le malogró la existencia pero supongo que es un detalle.
(Hubert Lanssiers, testimonio ante la CVR)

Si, Hubert, la estigmatización y la estupidez vuelven de cuando en cuando al país, sobre todo, cuando el terror, sea la denominación que tuviere, vuelva a dar zarpazos. Porque seguimos sin aprender nada, porque seguimos sin entender que las soluciones de mano dura son contraproducentes por poco éticas y poco prácticas. Porque seguimos pensando en estadísticas y no en seres humanos.

Lo peor, es que quien lo hace, dijo que fue perseguido y estigmatizado por 9 años. ¿No se acuerda de eso, señor Presidente?

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Esta historia no la he contado antes, pero creo que es pertinente ponerla en la memoria de todos los que pasan por este espacio. Trata de como me vi involucrado de manera indirecta y casual en una de las mayores mentiras de la historia peruana. Pero, sobre todo, demuestra que la elección del año 2000 fue un auténtico fraude.

10 de abril de 2000. Era lunes, al día siguiente de uno de los días más largos de mi historia personal y de la historia del país. Luego que estuviera con mi polo de Transparencia verificando cuantas infracciones a la Ley Electoral se cometían el día anterior y de indignarme con el cambiazo de las cifras de la tarde - noche anterior, me disponía a iniciar una mañana en la PUCP, con mi Liberación bajo el brazo. En clase de Filosofía Antigua, ningún comentario sobre lo de ayer, pero claro, el clima hervía y la convocatoria a la marcha para hacer presión y evitar que el Chino se proclamara vencedor en primera vuelta - contra la voluntad popular - no se hizo esperar.

Fui a casa a almorzar y de allí salir para el Centro. Cuando llegué, veo a mi abuela viendo Canal N y en la pantalla, un lugar que me parecía bastante familiar.

La noticia, que semanas más tarde contó Caretas, decía más o menos así:

Jorge Enrique Mejía (el sujeto que ven en la foto) fue encontrado el 10 de abril, manipulando actas electorales en una cabina pública de Internet en el exclusivo distrito limeño de La Molina.

Sorprendido por periodistas de Canal N, Mejía aseguró trabajar para la organización política oficialista Perú 2000. Explicó además que se encontraba ingresando resultados de mesas de votación del distrito de San Borja, a una página web del mencionado grupo político.

A pedido de la Asociación Civil Transparencia, la página web fue cancelada, ante la posibilidad de que sea una puerta falsa de acceso a los sistemas informáticos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, ONPE.

Ahora les cuento la historia detrás de esa noticia.

Por esa época, como toda familia de clase media, había que ver de donde obtener más recursos para continuar para adelante. Mi mamá se asoció con tres personas con las que trabajaba y puso unas cabinas de Internet en el Centro Comercial La Fontana, que ustedes ubican en la cuadra 52 de Javier Prado Este, por el Colegio Recoleta.

Pues bien, ese día, mientras solo estaban los chicos que atendían, llegó esta persona, Jorge Enrique Mejía a las cabinas. Pidió tiempo libre. En sus manos tenía varias actas de sufragio. La dirección que apretó remitía a un servidor en Nueva Zelanda que lo conducía a una página en la que ingresó una serie de resultados electorales, similar a la que tenía la ONPE para registrar sus resultados.

Mejía sabía que había poca gente a esa hora. De hecho, un muchacho que fue el primero que contrataron para que atendiera, se fue a las pocas semanas a trabajar a la ONPE, que en ese momento sabemos que estaba controlada por el gobierno. No era difícil deducir quien le había dado el dato de un lugar discreto donde poder hacer lo que todos sabemos que hizo.

Afortunadamente, un cliente vio la página, las actas y salió a llamar por teléfono público. A los pocos minutos, llegaron las cámaras de Canal N y lo pescaron al tipo con las manos en el mouse. Mejía salió raudamente y tomó un taxi. Los reporteros de N lo persiguieron por Javier Prado, el auto se dirigió a un local en la cuadra 10 de la avenida Rosa Toro, donde funcionaba un local de Perú 2000. Allí le tomaron la foto que fue portada de Caretas durante una semana. La revista descubrió que Mejía pertenecía a una mafia de hackers que habían saboteado el sistema de la UPC para alterar sus calificaciones y aparecer como canceladas sus boletas de pago.

Desde ese día, tengo el pleno convencimiento que esa página no solo había sido operada desde la cabina con la que tenía vinculación - y que hace varios años que no existe - sino desde otros puntos de Lima y del país. Y me confirmó que dicha elección no solo era inconstitucional, sino que se había hecho trampa.

Desconozco si Mejía fue procesado por este caso. Lo único cierto es que, con o sin sentencia, esta historia nos demuestra lo que fue una década de oprobio.

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A ver, comienzo por la tradición de los 5 recomendados, rompiéndola porque termino recomendando más de 5 blogs:

Casi un blog: Si, ya se, no es precisamente un blog en sentido estricto, pero Eduardo Villanueva plantea una serie de comentarios que tranquilamente se pueden considerar dentro de este formato. Y parece que piensa dar el salto a blog en estos días.

Virtú e Fortuna: Maquiavélico título - porque viene de Nicolás Maquiavelo - del blog de Martín Tanaka, reconocido casi por unanimidad como “la reserva moral de la blogósfera peruana”. Debe ser uno de los pocos intelectuales peruanos que ha entendido el real sentido de los blogs - información y discusión - y alimenta ambos con frecuencia. Un libro recomendado por él ha sido sumado a la bibliografía de la tesis de este humilde servidor. El otro intelectual de peso es Portocarrero, pero ya Ocram lo recomendó.

Busco Novia: De los blogs del Mercioco, es el único que leo con detenimiento e interés. ¿Motivos? Renato Cisneros escribe bien y cierta identificación biográfica con el tema de la mayor parte de sus posts.

Chowfanblog: Junto con Cinencuentro y el de Ricardo Bedoya, es el otro blog de cine que leo con atención, sobre todo desde hace algunos meses, cuando alguien muy cercano me hizo redescubrir el cine asiático.

Políticos Bloggers: Puede uno o no coincidir con ellos, pero es meritorio que Juan Sheput y Susana Villarán hayan abierto sus propias bitácoras. Si algo se les reclama a los políticos es que den su opinión de manera más frecuente y abierta. Estos dos espacios lo permiten.

¿Hacia donde van los blogs? Algo esbocé en el reportaje que, junto a otros bloggers, me hicieron en La República hace un par de semanas, pero amplío un par de ideas.

La primera es que creo que aún no se puede determinar a ciencia cierta hacia donde va a ir todo esto de los blogs, sobre todo en el caso de los que colindan con el periodismo: ¿Medios que compitan con los diarios? ¿Cambios en el periodismo? Hasta ahora, simplemente ciudadanos que escribimos sobre los temas que deseamos. Y claro, en un país como el Perú, un grupo de privilegiados que tiene acceso a una computadora y puede mandarse a hacer un esfuerzo como este.

(Asi que aún está lejano el día que Google compre un Utero (de Marita) por un millón de dólares. Sorry Sifuentes).

La segunda es que todos nosotros tenemos vida más allá de los blogs. Leemos - si, vemos más allá del google -, chambeamos, estudiamos, vemos tele, lloramos, reimos, nos juergueamos, en fin, como cualquier otra persona en el mundo. No nos absorbe esto de los blogs - aunque viendo al primer lugar en el ranking de PeruBlogs, las sospechas pueden ser fundadas - ni nos convierte en geeks (por lo menos, no a todos). Y sí, esto responde un poco al “get a life” que, con buena onda, me dedicó La Cebolla y que muchos deben estar pensando about me. Nada, soy tan normal o anormal como cualquiera de ustedes.

Y los dejo con el tema oficial del Blogday, cortesia del Morsa

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Vuelve El Perú Ja, Ja

El viernes, que no pensaba salir, recibí una llamada de mis primos: vente al Peruano Japonés, hay preestreno de El Perú Ja,Ja, la cosa es gratis pero vente al toque. Y bueno, debo haber hecho el record de velocidad en auto de San Borja a Jesús María (ejem, el taxista, pues yo no manejo ni triciclo).

Claro, tuvimos que esperar una hora adentro hasta que pudieramos pasar al teatro. ¿Razones? Desconozco mayormente, pero Rocío Tovar, la directora del espectáculo, tuvo a bien disculparse con todos nosotros. Y debo decir que la espera bien valió la pena.

La premisa del show - que ha sido puesto en escena en dos ocasiones - es bastante simple: dos peruanos losers promedios (Pablo Saldarriaga y Christian Ysla) quieren suicidarse porque están hartos del pais, llega un ángel guardían (Carlos Carlín) para convencerlos de no quitarse la vida y les va mostrando la historia del Perú a fin de persuadirlos que no tomen la decisión fatal.

Y de allí en adelante, viene una sucesión de canciones - acompañadas por la banda La Roja y por la simpática actriz Gisella Ponce de León - y de escenas en la que hacen chacota absoluta de nuestra historia: Manco Cápac y Mama Ocllo como una pareja de casados con problemas de cualquier pareja, un Huiracocha de “altas aspiraciones”, Atahualpa cantando Cholo Soy mientras le aplican la pena del garrote, una Micaela Villegas bastante parecida a la Cuculiza, una Santa Rosa que parecía chica pituca, San Martín fumando opio para alucinarse la bandera del Perú, la historia del único país que vivió de la caca, la caballerosidad de Grau, Alan bailando el teteo, fueron algunos de los momentos más memorables del espectáculo de ayer.

Si me piden que destaque a alguien, sin duda, es a Carlos Carlin. Puede ser que a muchos no les caiga su estilo de humor, pero la verdad es que hay que reconocer que es el sostén de la obra, no sólo por su calidad como actor, sino también por su capacidad de improvisación, incluso en los momentos en los que se notaban algunos errores. Uno entiende porque Pataclaun funcionó con él y sus otros compañeros de elenco - a los que he visto en otras obras de teatro - luego de ver esta muestra de humor.

Si les atrae la obra, vayan a Teleticket a ver cuanto están las entradas. Se agotan rápido. La van a pasar bien, sobre todo porque es bueno reirnos de nosotros mismos y olvidarnos, aunque sea por 2 horas, que hay un mundo duro fuera de la sala de teatro. Ya se, a puristas como Alonso Alegrìa la obra les va a disgustar la obra, pero bueno, cuestión generacional de por medio, ayer quería pasarla bien. Y el objetivo se cumplió.

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Recorriendo la ciudad entre 8:00 p.m. y 1:00 a.m. de un sábado en la noche

Sabado, minutos antes de las 7 p.m. Mando un mensaje a un amigo con el que nos ibamos a reunir a tomar unas chelas el sábado. La respuesta a mi mensaje, “ya fue“. Entro a un compromiso que tenía en La Molina. Termina. Salgo de allí y me dirijo a Barranco, donde aún había quedado con otro pata para el mismo plan chelero.

7:25 p.m. aprox. Altura de la Vía Expresa, llama mi otro pata para cancelar. Ya estaba montado en el taxi y no iba a hacer perder al hombre que se gana la vida en el volante la carrera, asi que decidí ir a Barranco, a ver que se me ocurría hacer.

7:45 p.m. Luego de dar una vuelta por el Puente de los Suspiros y por el Parque Municipal, decido enrumbar a Miraflores. A pesar que tenía dinero suficiente como para pasar una buena noche, decidí caminar. La ruta: Av. Grau hacia Larco Mar.

8:05 p.m. Veo por primera vez abierto el Metro de Barranco. Ha sido edificado en el antiguo mercado municipal y conserva la fachada histórica. Claro, me acuerdo en ese momento que Barranco es “zona monumental”. Durante el camino he ido viendo varias casas antiguas, algunas bien conservadas, otras no tanto. Me pregunto, ¿cuándo será el día en que revaloricemos todo el legado histórico de nuestra ciudad?

8:15 p.m. Hago mi primera parada en una cabina de Internet. Veo si hay novedades en el correo para algún plan. Cero Balas. Reviso los diarios. Salvo una noticia del inicio del Plan de Reparaciones, nada importante. Mando un par de correos a gente de la oficina, para que el lunes estemos atentos sobre el tema.

8:25 p.m. Al frente del Estadio Galvez Chipoco, se suscitan dos sucesos contrastantes. Al frente de la puerta, como ya es costumbre, varios hombres festejan el final del partido - y la clasificación de Perú a la segunda ronda del sudamericano sub 17 - consumiendo cantidades industriales de Pilsen, Cusqueña, Cristal y Brahma. Música de fondo: salsa. A 150 metros, en la cuadra siguiente, un velorio en una casa, veo las coronas de flores y me persigno. La celebración de la vida y la resignación ante la partida, a pocos pasos, en el mismo escenario.

8:40 p.m. Paso por la Iglesia de Fátima. Como es costumbre en ese día y a esa hora: Matrimonio. Mientras los contrayentes están atentos a las palabras del sacerdote y los asistentes espectan emocionados el acontecimiento, el chofer del Mercedes Benz contratado para la ocasión duerme a pierna suelta en el auto.

8:43 p.m. Llegada a Larco Mar. El ambiente, como de costumbre: harta gente comiendo, viendo el mar, paseando por las tiendas. No hacía mucho viento. Fui a ver un rato el mar y contemplar el horizonte de una Costa Verde que debería ser como Copacabana pero a la que le hemos dado la espalda. Extraño las luces de la cruz de Chorrillos que ya no se contempla, pero diviso el malecón de Barranco con sus nuevos edificios y los autos pasando por la autopista. Una banda de payasos se da la vuelta por el Centro Comercial, tocando sus instrumentos, mientras que un grupo de seminaristas conversa con un sacerdote en uno de los cafés al pie del mar.

8:50 p.m. Larco ya no es la avenida agitada que dio origen a la célebre canción de Frágil, hace casi 26 años atrás. Sin embargo, sigue siendo concurrida, al igual que sus cafés y tiendas. Publico de la hora: señores de más de 50 años transitando, jóvenes que comenzarán la juerga en algunos minutos, familias enteras paseando.

9:05 p.m. Diagonal es una de las avenidas que suscita mis primeros recuerdos de niñez. Mi primer intento de aprender a nadar lo hice en la piscina del Champagnat, a los 3 años. Mi abuela me llevaba por esa calle hasta llegar a San Ramón, la célebre calle de las pizzas, donde estaba la entrada a la piscina. Hoy el Champagnat ya no está ahí, aunque queda el local, pero permanecen otras cosas: la calle de las Pizzas, el Haiti abarrotado de gente, la gente haciendo cola para ir a El Pacífico y claro, símbolo de los tiempos, Mc Donald’s repleto.

9:10 p.m. Entre la disyuntiva de chapar combi (para los no peruanos: esto significa abordar un vehìculo de transporte público) hacia Surco, para seguir por allí con la caminata y buscar algo de comer, el hambre y la curiosidad me motivan a ir por Pardo hacia Comandante Espinar.

9:30 p.m. Segunda parada: Pasquale Hermanos, la sanguchería del célebre Gastón Acurio, que pisaba por primera vez. Hice mi colita de 5 minutos para pedir un sanguche de chicharrón, que hace tiempo no probaba. No estuvo mal, pero tampoco fue extraordinario. Las yuquitas fritas si están espectaculares. Mensaje para Gastón: El local está bien, pero el segundo piso es algo chico. Va buena cantidad de gente, más aún a la hora en que yo llegaba.

10:00 p.m. Vuelta por Crisol, a ver que novedades en discos y libros hay. Comienzo por ver las curiosidades musicales: me detengo a ver novedades en MPB (Musica Popular Brasileña), Rock Clásico y World Music. Luego paso a ver lo último que ha llegado en libros sobre Perú Actual. Mientras reviso un libro sobre la evolución de la visión sobre la mujer en el Perú, a mi costado, el congresista aprista César Zumaeta revisa las últimas publicaciones del Instituto de Estudios Peruanos. Luego, paso al recomendado del día: Carlincaturas. Realmente delicioso. Mientras me dirijo a la sección de libros de historia y sociología, veo una cara conocida. Luego de revisar libros por 10 minutos, volteo la mirada y me quedo con la duda sobre si la persona que había visto era o no Rosa María Palacios.

10:40 p.m. Salgo de Crisol y a la salida, en Urban Café, veo a Cattone cenando con su asistente personal. Informal, pero siempre se viste bien el conocido director de teatro. Continuo camino por Conquistadores.

11:05 p.m. Voy por Juan de Arona. Como no quiero ir hoy a casa de mis primos, a los que veré durante esta semana, cambio de rumbo y me dirijo hacia la avenida Aramburu. El ritmo de vida y la cantidad de personas es mucho más sosegado que por las calles que he recorrido durante más de tres horas. Paso el puente de Aramburú con la Vía Expresa mientras 3 chiquillos que venden caramelos cantan en la esquina. Sorprendentemente, no se detienen a venderme nada.

11:10 p.m. Aramburú tiene locales de comida de diverso tipo. Al frente del local de la Comunidad Andina, se instala una pick up en cuya tolva se halla una parrilla sanguchera, y un cartel con el nombre de “Sanguches Aramburú”. Público objetivo: taxistas. Una cuadra más adelante, un chifa más bien familiar. Tres cuadras más allà, local de caldo de gallina y chifa más amoblado. Publico objetivo: noctámbulos, solitarios, parejas y efectivos policiales de la DINANDRO, que se encuentra a pocos metros.

11:35 p.m. Pasando Aramburú y República de Panamá, encuentro, en un lugar bastante escondido, un Starbucks. La verdad, el último lugar donde lo hubiera imaginado. A 50 metros, comienza una constante en lo que queda de periplo, carros con música a todo volumen y gente tomando en la calle. Al costado, en una licorería más o menos grande, los amigos del dueño de la misma, entre 25 y 30 años, se matan de risa con los últimos minutos de El Especial del Humor.

11:50 p.m. Transito entre San Isidro y San Borja. La zona de Corpac, donde me encuentro con mayor frecuencia el mismo panorama antes descrito. A ello, añádanle dos o tres hostales con por lo menos 10 a 12 vehículos estacionados en sus afueras. Si a ello se suma la venta de alcohol en los grifos, a horas en que ambos distritos lo prohiben, digamos que estamos en lo que un pata denominaría Tijuana, donde todo puede pasar.

12:05 a.m. Primavera Park & Plaza. Hago una parada técnica aquí. Ya no hay los locales de hace unos dos o tres años, donde alguna vez acudí a tonear. Solo están abiertos los locales de comida, incluyendo el Pardo’s Chicken.

12:20 a.m. A 20 metros de la esquina de Angamos con Caminos del Inca están estacionados un vehículo de serenazgo y una combi de la Policía Municipal de Surco. ¿Motivo? Estar atentos a lo que ocurría en el mini boulevard que se ha formado allí, con por lo menos 6 locales de expendio de bebidas alcohólicas, poblado de chicos entre 18 y 21 años, en su mayoría. Aunque estaba con sed, decido no tomar asiento en alguno de los locales - ni siquiera en el que había más gente por arriba de los 21 años - y me dirijo al grifo a comprar una gaseosa. Allí, en sus inmediaciones, habían dos grupos de chiquillos que ya estaban hechos con el alcohol. No se porque, pero la tonadita de una canción de Bacilos (”será que me estoy poniendo viejo”) comenzó a sonar en mi cabeza.

12:55 a.m. Llego al Tercer Piso. Cansado pero satisfecho por la caminata larga. Me permitió ver una Lima que generalmente no veo. Curiosamente, no había ningún suceso policial de por medio, lo cual me hace ver que esta ciudad, a la que a veces detestamos con ganas, también tiene su lado positivo. A pesar de los problemas, la gente se divierte y, bueno, es una manera de sobrellevar la carga de la semana.

Veremos que nos depara nuestra siguiente aventura urbana.

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No recuerdo muy bien los detalles de mi primer día de clases. Recuerdo nítidamente la fecha, 15 de marzo de 1988, en tiempos en que la mayoría de colegios empezaban sus clases en esas fechas o el 1º de abril. En ese tiempo el Tercer Piso quedaba en el Centro de Lima y tenía que atravesar media ciudad en movilidad escolar para llegar a las puertas de La Molina (que en ese tiempo me parecía lo más lejano del mundo). Solo recuerdo dos detalles: 1) que, a diferencia de otros niños, no lloré y 2) que a eso de las 10 de la mañana mi mamá fue a recogerme y era ella la que tenía las lágrimas en la cosa. Creo que ella estaba más emocionada que yo.

Vienen a mi mente sólo chispazos de aquel primer año. Los amigos que venían del nido fueron los primeros a los que me acercaba en los recreos, aunque de cuando en cuando recuerdo a aquella niña de ojos verdes con la que jugaba en el nido, a la que años después encontraría de la manera más inesperada. Mi rápida adaptación al método del colegio y claro, comprobar que necesitaba lentes a gritos, cuestión que solo me percaté luego de 30 días seguidos de ir a la pizarra a copiar, cuando me cambiaron de sitio a las filas de atrás. Recuerdo también un problema que tuve con un compañero, que me ocasionó la primera (y una de las pocas) peleas que tuve en el colegio. Hasta ahora no me queda claro si lloré ese día por la sanción que me pusieron, o por haber hecho llorar a un niño por primera y única vez en mi vida.

Mi profesora de aquel año estaba embarazada. Y tuvo complicaciones, por lo que nos dejó un reemplazo, una profesora que perfectamente podía tener la edad de mi abuela. Lo curioso fue que nos encariñamos más con ella que con la anterior.

Los siguientes años de la primaria fueron algo menos complicados en lo que se refiere a estudios. En realidad, comencé a encajar en la categoría “chancón - estudioso - tranquilo - respetuoso de las normas”, es decir, un nerd con roche. Súmenle a eso mi poca habilidad para los deportes (siempre pasaba Educación Fisica por empeño, asistencia y conducta) y el hecho que era una gloria meter un gol en las pichangas heroicas donde todo el grado se enfrentaba, digamos que me encasilló en el estereotipo. A ello, añádanle que para mi fortuna (buena o mala??) los profesores me tomaban como niño ejemplo, bueno, la vida con mis compañeros, salvo excepciones, no era precisamente idílica.

Aunque claro, tampoco es que me llevara mal con ellos y un hecho casual, si a una hepatitis que me tumbó a la cama un mes se le puede llamar así, me lo demostró. Ni un día dejó de sonar el telefono, siempre de distintos compañeros. Eso me hizo sobrellevar bien la enfermedad, claro y mis libros, y la tele y los cuentos de la abuela cada mañana.

Los recuerdos más cercanos comienzan en el 93. Ese año el colegio cumplía 100 años, hubieron muchas actividades, entre ellas la grabación de un video en el que se reunió a todo el colegio en la cancha baja (que ya no existe). Lo curioso es que ese día no me sentía muy bien: había tenido un problema con una amiga y digamos que esa mañana no quería saber nada con cámaras, sólo quería arreglar el problema. Pero claro, a los 12 años la obstinación de los aún niños es mayor y ese día no se pudo. Fue también el año de las primeras fiestas. Y el año que dejé el primer Tercer Piso, el de Lima. Ahí no dejé raíces, pues no jugaba con los otros niños que había por allí y claro, el ambiente tampoco era de los mejores para que un niño esté por la calle. El segundo Tercer Piso me esperaba en Pueblo Libre.

Secundaria arrancó como un nuevo mundo. No fue tanto un choque en lo académico, pero sí en lo que respecta al trato con los profesores, que eran bastante variopintos en Primero de Media. Desde una profesora que nos hacía rezar la mitad de la clase de Ciencias Naturales, hasta un loco que nos enseñaba religión conectándolo con temas adolescentes, de una manera más o menos fresca. Claro, pasando por mi profesor de aula, blanco de nuestras burlas por una incipiente protuberancia en su espalda, que parecía una mochila. Cosas del anacronismo que en algunas mentes del colegio prevalecía, el curso de Educación para el Trabajo hacía que los salones se dividieran en dos: las mujeres hacían costura y los hombres hacíamos mecánica. Y al profesor de mecánica, digamos, le teníamos tanto respeto como los choferes de combi a las reglas de tránsito.

En segundo de media, me entró la rebeldía, si es que se le puede denominar así al hecho de que ya no quería estar entre los primeros de la clase, ser una persona “normal”, preocuparme más por otras cosas, parar con otra gente, ser un total despreocupado. Claro, las notas se resintieron, mis viejos se preocuparon y se armó el despelote. Las cosas fueron mejorando con el transcurrir de los meses y aquella insatisfacción pasó a segundo plano.

Como olvidar tercero. Fue un año de varios cambios para bien. Hallé a muchos de los amigos y amigas que hasta ahora están allí, la complicidad se hizo mayor con muchas personas, encontré el equilibrio entre mis aficiones musicales y literarias y los estudios. Bailé a rabiar en los quinceañeros a los que me invitaron. Y, luego de varios años, saqué el segundo puesto en mi salón. Además, fue el año donde la política, aquella intrusa, comenzó a colarse. Y comencé a tomar conciencia plena que algo andaba mal, que algo oscuro estaba en el ambiente.

Aquellas preguntas que uno se hace a cierta edad surgieron en cuarto. ¿Quién soy yo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Por qué no me siento cómodo con la gente de mi edad? Por alguna razón que no llego a entender, buena parte de los amigos y amigas que hice en tercero se apartaron, me sentía solo y encontré refugio en los profesores, con quienes hablaba de mis dudas y preocupaciones. Claro, al toque mis compañeros, implacables, al toque, chapa de sobón o portapliegos. Eso me retrajo más. Pero, transcurridos las hojas del calendario de aquel año, mis amigos, que también andaban haciéndose algunas de las mismas preguntas que yo, fueron volviendo.

Fue el año en que también me confirmé, una experiencia algo distinta porque la hicimos con gente de otros colegios. A mi, por obra y gracia de mi profesor de religión, me mandaron al Hector de Cárdenas, un pequeño colegio en Jesús María, cuyo chiflado director (en buena onda) - hermano de Alberto Borea - nos dejó huella de una manera distinta, humana, cuestionadora de lo que eramos. Y nos hizo dos retiros bastante sui generis: uno en la playa y otro en Santa Eulalia.

Quinto fue el año de las emociones encontradas. Feliz y a la vez triste por irme. Enamorado de verdad por primera vez, de mi mejor amiga, quien nunca me daría bola porque tenía enamorado (y estaba en el Santa María, además). Con muchas ganas de decir lo que sentía sobre el país y la total complicidad de los profesores para hacerlo (incluso en los exámenes de historia) y claro, ser una voz incómoda para buena parte de mis amigos (mi mejor amiga incluida) que estaban con el Chino.

Fue el año en que salí por primera vez al extranjero, en que me pegue mi primera borrachera (en el viaje de promoción), en que mis amigos venian en mancha a estudiar al nuevo Tercer Piso - en el que estoy ahora - y terminabamos hablando de cualquier otra cosa, en que mis mejores amigas fueron mujeres, en que la pandilla feliz - no pregunten porque el nombre - se consolidó como grupo, en que Lanssiers me enseñó sobre filosofía y la vida, en que marché varias veces como integrante de la escolta y en que, al final del camino, puedo decir que todo salió bien. Y claro, terminé el colegio con mi fama de Wikipedia bien ganada (gracias Morsa por revelar la chapa a toda la chologlosfera).

¿Por qué escribí todo esto, con aire a una temporada de Los Años Maravillosos? Bueno, quizás porque mi estado de ánimo de estos días ha estado más sensible de lo normal, porque escribí este texto escuchando Bread y Mar de Copas, porque me dio cierta nostalgia ver el uniforme escolar guardado en mi closet y, también, porque vi a mi hermano preparando sus cosas para iniciar sus clases mañana. Como se que de cuando en cuando se da una vuelta por aquí, le dejo algunas cosas que no pude decirle antes que me dijera “buenas noches“: disfruta de tus años de colegio, no creas que por estudiar mucho (como hasta ahora) tus amigos se van a ir, aprovecha el don deportivo que yo no pude disfrutar por motivos obvios y, cuando tengas mi edad, recuerda tus años por nuestra segunda casa con los sentimientos con los que los hago. Tal vez no te acordarás, como yo, de las clases, sino de los pequeños detalles que he comentado. Atesóralos. Y si te lo permite la vida, sigue reuniéndote con tus patas del cole. Son los amigos de toda la vida. Consérvalos.

(Y si ellos están leyendo esto, gracias por todo).

“Crecer sucede en un latido. Un día estás en pañales, al siguiente ya no estás aquí. Pero los recuerdos de la ninez permanecen contigo todo el camino. Recuerdo un lugar, un pueblo, una casa como muchas casas, un patio como muchos patios, una calle como muchas otras calles. Y la cosa es, luego de todos estos años, sigo mirando hacia atrás, maravillado”
(Frase final de Los Años Maravillosos)

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