Archivo de la Categoría “cultura popular”


Varios hechos coincidentes han producido que se vuelva a reabrir el debate sobre la libertad de expresión.

Por un lado, las posiciones a favor y en contra del cierre de RCTV y el rol de los medios de comunicación, a los que los defensores de Chávez acusan de ser “vendidos al sistema”.

Por otro lado, la conferencia del periodista Manuel Jesús Orbegozo, titulada El Boom de los Blogs y el Libertinaje de Expresión, frase esta última que ha suscitado todo un debate en la blogósfera lorcha.

Finalmente, el polémico artículo de Mario Vargas Llosa que, a partir de la publicación de las fotos de Cecilia Bolocco, reflexiona sobre la banalización de la esfera pública y hasta que punto la libertad de expresión puede tener límites más allá de los que señalan los tratados internacionales de derechos humanos.

Como era de suponerse, no ha faltado quien ha tratado de sacar agua para su molino, señalando que el artículo de MVLL se refería a los llamados blogs basura - discusión que no pienso reabrir aquí. Lo único que puedo anotar es que Vargas Llosa no señala que debe censurarse el contenido de los medios, así que aquellos que con ínfulas censoras debieran leer más detenidamente el último párrafo del artículo del escritor.

Sin embargo, hay un debate mayor que sí se desprende del artículo del más célebre de nuestros escritores: ¿En qué consiste la “banalización de la esfera pública? ¿Son los medios los responsables de la creación de la “civilización del espectáculo”?

Hoy Santiago Pedraglio intenta hacer una respuesta a Vargas Llosa, desde su posición de izquierda. Para él, la llamada “civilización del espectáculo” es producto de los defectos de los dos valores que el escritor defiende: la libertad y el mercado. Quizás Pedraglio, quien es una de las personas más inteligentes de la orilla izquierda, podría hacerse estas dos preguntas. La primera: ¿es el mercado el culpable de una crisis de valores o de un decrecimiento en el nivel del debate público? La segunda: ¿quién debe regular y qué debe regular, de acuerdo a lo que señala en su comentario? Ninguna de las dos cosas queda meridianamente establecida en su texto.

Coincido en que el nivel del debate público en los medios de comunicación es bastante pobre. Pero creo que las causas no están en los medios de comunicación social o en el mercado.

Una de las cuestiones que frecuentemente se plantea un críticos de los medios como Fernando Vivas es ¿deben cumplir un rol de “educación”? No. Su objetivo no es la formación académica de las personas. Pero al ser los principales formadores de opinión pública de este tiempo, pueden mejorar su nivel, por lo que puede (y debe) reclamarse esa mejoría, pero no por ello tiene que venir alguien a imponernos que ver o que no ver (sino veamos el ejemplo de Chávez en Venezuela). Cabe recordar también que los medios terminan siendo - en parte - reflejo de la sociedad en la que se desarrollan.

Noto, además, dos obsesiones de quienes tratan este tema en las orillas opuestas: por un lado, el escándalo frente a la cultura popular, casi como una pose de “yo soy más culto que el otro”; del otro lado, una teoría de la conspiración sobre “lo que los medios se callan”.

Sobre lo primero, conversando con un amigo llegabamos a la conclusión de que en realidad la cultura popular puede tratarse con altura y nivel tanto en los medios como en el círculo académico. Menospreciarla al punto de señalar que no existe o tratarla como si fuese una “noticia pintoresca” es negarle su reconocimiento como parte de las manifestaciones de la gente. A mi me parece igual de culto un ensayo de Levinas, como un estudio antropológico sobre Trampolín a la Fama o un buen reportaje sobre los graffitis o la Muñequita Sally. Esa obsesión por lo “culturoso” ha creado una suerte de snobismo culposo.

Del otro lado, la existencia de medios como internet o los blogs hecha por tierra las cuestiones de la manipulación mediática. Existe en este momento tanta información como nunca hemos tenido. Y varios de los profetas de la postura del complot terminan siendo tan o más tendenciosos que los medios a los que critican. Quizás el caso más claro, por lo cercano a nosotros, es el de Guillermo Giacosa, una persona medianamente inteligente, pero que desde un tiempo a esta parte termina viendo que todo aquello que se oponga a Estados Unidos es per se bueno, Chávez incluido.

Termino. Creo yo que los términos del debate público pueden modificarse - y de hecho ya se están haciendo con los blogs - pero no creo que para ello deba existir un ánimo censor. Si se quiere que se traten temas de fondo en los medios, quizás haya que buscar fórmulas más imaginativas o creativas de hacerlo. Y claro, hacer un esfuerzo por tener una educación de mejor calidad, pues de lo contrario, seguirán siendo pocos los que intervengan en la esfera de la opinión pública o lo harán de manera desinformada. Un sistema educativo que ayude a discenir y ser críticos es quizás la mejor herramienta para tener una mejor ciudadanía.

MAS SOBRE EL TEMA:
Roberto Bustamante: Mario Vargas Llosa y la sociedad del espectáculo

Comments 5 Comentarios »

Augusto Ferrando es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más queridos y, a la vez, más polémicos que ha pisado un set de televisión en el Perú.

Sinónimo de cultura popular, con críticos feroces que aun lo fustigan y con un redescubrimiento de su figura por los más jóvenes en base a los últimos espacios que la televisión le ha dedicado, Ferrando sigue despertando las mismas pasiones que llevaron a varios a repletar su velorio - ocurrido exactamente hace 8 años - y a disfrutar esa suerte de “homenaje - emboscada” de la que fuera objeto

¿Por qué sentimientos tan encontrados? Mas allá de las explicaciones que valiosos libros como “Risa y Cultura en la Televisión Peruana” de Balo Sánchez León y Luis Peirano o “En Vivo y en Directo: una historia de la Televisión Peruana” de Fernando Vivas, intentaré dar la mía propia.

La televisión peruana que surgió a finales de los 50 estuvo dirigida al sector que podía comprar los aparatos que venían importados por Philips y RCA. Por eso que es nuestras primeras estrellas fueron Pablo de Madalengoitia, Kiko Ledgard o Regina Alcover. Si bien las “grandes mentes culturales” de la época le hacían ascos al aparato, lo cierto es que la población estaba centrada básicamente en el A/B.

Los primeros programas de Ferrando encajaron en esa línea. Los gastados vídeos de los sesenta lo muestran como un animador con terno, capaz de hacer reir a la gente con buenos chistes, bromas ligeras a los concursantes de turno. El Ferrando popular estaba reservado a la Peña, el espacio donde descubriría - ahí sí - a figuras de la canción como Cecilia Barraza o Lucha Reyes, o a cómicos como Melcochita o Miguel Barraza.

Pero Ferrando - no se si de manera intuitiva o deliberada - fue descubriendo que la televisión se fue masificando rápidamente y que la sociedad limeña (y peruana) era distinta. Sin leer las tesis de Anibal Quijano sobre el proceso de cholificación o de Matos Mar sobre el desborde popular, el público de Trampolín a la Fama fue pasando de los mesocráticos Pueblo Libre y Jesús María hacia los sectores más populares y los nuevos barríos - o entonces conos - que aparecían rápidamente por la ciudad.

Así, el concurso de talentos al que hacía alusión el nombre del programa era sólo un pretexto para los cada vez más largos monólogos y batideras donde el animador iba haciendo escarnio de su “plancha nacional”, una suerte de recopilación de estereotipos que, de manera casual o voluntaria, el “descubridor” iría poniendo en pantalla sábado a sábado: un cholo parlanchín (Leonidas Carvajal), una mesocrática solterona con pretensiones de ascenso (Violeta Ferreyros), el negro bruto pero noble(Felipe Pomiano “Tribilín”) y la gringa con castellano mascado y candor de niña (Gringa Inga).

Claro, como todo estereotipo, se acentuaba una caricatura, una forma deformada de la realidad y, en el caso de Ferrando, una soterrada discriminación racial. A ello se sumó su cada vez más grueso humor y la conversión de Trampolín a la Fama en una “corte de los milagros” donde el benefector patriarcal - a la usanza de nuestros dictadores más célebres - se convertía en el que solucionaba un problema con soles en el bolsillo, una cocina Surge, un juego de muebles América o cincuenta kilos de arroz. Trampolín fue convirtiéndose en un espacio donde Calcuta o Sudán eran puestas sobre la pantalla, con risas y bromas de por medio, con pedidos estrambóticos y un Cuco negociando latas de pinturas Rocky sobre la mesa.

La leyenda negra de Ferrando fue alentada por verdades que se contaban a media voz algunas de las cuales fueron puestas en pantalla. Dos bombardeos desde el medio en el que trabajó durante 30 años fueron bastante duros: el personaje de “Fernandez” en la miniserie que Michel Gómez hizo sobre Lucha Reyes - donde Ferrando era puesto como un explotador de su elenco - y el ya comentado “homenaje emboscada” en Fuego Cruzado, ambos a principios de los noventa.

A ello se sumó sus cambiantes amores políticos. Ferrando saludó a Belaúnde en sus dos gobiernos aunque éste no compareciera en su programa, gritó “Chino contigo hasta la muerte” para Velasco, dejó que Alan García entonara “El Plebeyo”, apoyó a Vargas Llosa hasta el extremo de irse a Miami dos semanas por su derrota - aunque según MVLL Ferrando quería una compensación por dicha salida, que el escrito no aceptó - y Fujimori bailó (es un decir) un vals criollo con la Gringa Inga. El más paternalista de nuestros animadores de televisión fue el interlocutor - y, en algunos casos, el reflejo - de los caudillos que se encaramaron en Palacio de Gobierno.

Años después de su retiro y cuando ya estaba en los últimos meses de su vida, se presentó un fenómeno paradójico. La aparición de Laura Bozzo - sobrina de Ferrando - y sus excesos (sumado a su rabioso fujimorismo) hizo que muchos de los otrora críticos de Trampolín añoraran el programa. Y Magaly Medina, una de sus más feroces detractoras, cometería excesos que harían ver a Ferrando la reencarnación de Bernard Pivot, el conductor del programa cultural Apostrophes, de la televisión francesa.

Excesivo en todo, en el cariño a sus hijos, en el amor por las dos mujeres de su vida - aunque francamente la miniserie hecha hace un tiempo pone esa historia peor que telenovela venezolana -, en sus odios, en su conducta televisiva. Ese fue Ferrando, la alegría de muchos en los sábados, cuando el cable no existía (o era un lujo) y cuando el país y la televisión que hoy conocemos, comenzaban a cambiar.

Comments 5 Comentarios »