CONFLICTOS SOCIALES: NUEVAS REFLEXIONES
Escrito por: jgodoymejia en Alan García, SUTEP, ciencias sociales, conflictos sociales, lecturasLos conflictos sociales que han estallado en el país de manera simultánea, aunque no premeditada, han motivado una serie de explicaciones sobre lo que ocurre en este tipo de situaciones y sobre las formas en como puede afrontarse este problema.
En minoría están quienes piensan que la mano dura es la solución para estos problemas. Solo el cuestionado Aldo Mariátegui y el diario Expreso siguen defendiendo esta tesis que el gobierno compartía durante toda la semana pasada (”picones, comechados” y demás perlas).
Sin embargo, a pesar de no compartir este punto de vista, lo valioso de esta posición extrema es que permite visualizar una de las grandes disyuntivas irresueltas de la política peruana: ¿Qué hacer con los sectores más radicales: incorporarlos al sistema político (y de que manera) o seguir permitiendo que floten como agentes libres? Para los antes mencionados, la alternativa es meter bala, reprimirlos, no dejarles espacio en la prensa. Para otros, entre los que me encuentro, distinguir la paja del trigo y hacer todo el esfuerzo posible para incorporar a aquellos que claramente estén en contra de la violencia, sin importar la radicalidad de sus ideas.
Las posturas meramente represivas no permiten hacer la pregunta de fondo: ¿por qué se presentan estas protestas? Y aquí básicamente las respuestas, que agrupan ciertamente un cúmulo de factores, coinciden básicamente en lo siguiente:
1. Irritación, predisposición a la violencia y falta de conducción política: Son elementos que recoge Martín Tanaka para explicarnos que existen regiones en las que la radicalidad es uno de los lenguajes comunes en la forma de hacer política. Me pregunto yo: ¿no será esta una herencia de los años de violencia o de las causas del conflicto armado interno? Una lecturita sobre los factores que hicieron posible la violencia durante los años 80 y 90 no le vendría mal a Jorge del Castillo. Allí se da cuenta de como la falta de procesamiento de demandas por la vía pacífica y los procesos de modernización truncos han llenado de desesperación a miles de peruanos. Caldo de cultivo para la demencia senderista y, claro, para los que quieren ganar a rio revuelto con las protestas. Ahora bien, no puede achacarse todo a los radicales, pues muchos de estos movimientos no cuentan con un liderazgo claro.
2. Desconfianza en el gobierno: Rosa María Palacios ha introducido este elemento respecto de la huelga magisterial. Le llegaron cartas sobre el ingreso de cientos de maestros durante el primer quinquenio aprista y muchos docentes piensan que la dictadura del carnet se viene con todo. Si hace le sumamos, en el caso de las protestas regionales, promesas incumplidas (sea por falta de voluntad o porque simplemente no pueden hacerse, cosa que no se explica), tenemos un cuadro general de ateismo frente al gobierno, en un pais mayoritariamente creyente en algún ser superior.
3. El crecimiento económico, sin inclusión ni consolidación institucional: Para variar, el lúcido Julio Cotler es quien se decanta por este tema: si existe un crecimiento económico y este se machaca todos los días cual mantra, pues te van a reclamar redistribución. Y en un país donde la institucionalidad es poco menos que una broma, el reclamo se vuelve una suerte de tu-a-tu con la autoridad, que se vuelve más altisonante conforme el gobierno sigue exponiendo sus supuestos logros casi de manera grosera. Ello no implica que el gobierno no tenga una política de comunicaciones, sino que justamente debe saber como transmitir su mensaje.
4. El callejón sin salida que supone la alianza con los sectores más conservadores. Al margen si le llamemos alianza, coincidencias o aconchavamiento, lo cierto es que García optó durante este primer año por tener a su lado a los sectores menos concertantes de la sociedad: Fuerzas Armadas, empresarios poco modernos en sus concepciones e ideas, prensa como la mencionada al principio de este artículo. El resultado: el gobierno ha sido conducido a un estado tal de cosas que termina este primer año con una imagen de intolerancia ante los que no piensan como él, respaldando medidas controversiales y que no dan solución a los problemas de fondo, o reprimiendo la protesta social de la manera menos adecuada, sin explicar sus políticas. Y, peor aún, sin claridad en las políticas, como lo demuestra el poco comentado caso del Censo Nacional.
Cuadro complejo el que se le presenta al gobierno, que, en estos días en que la cosa comienza a apaciguarse un poco - esperemos -, deberá hacer no solo un esfuerzo de diálogo, sino de autocrítica y enmienda de rumbos que le permitan salir de esta encrucijada. De no entender plenamente el diagnóstico, ciertamente, seguirán de tumbo en tumbo respecto a la protesta social.





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