Archivo de la Categoría “cambio responsable”


“Cuando se descubre eso, (hay que) aplicar la fórmula de la patada bien puesta y echar a todos estos, porque uno se rompe el lomo trabajando en el friaje, se rompe el lomo distribuyendo computadoras a 4,500 metros de altura, para que unos imbéciles vengan a aprovecharse de esto. Yo no lo voy a permitir, y mi instrucción es que saquen a las patadas a todos estos, y si son apristas, dos patadas”
(Alan García Pérez, 17 de abril de 2008)

Una primera lectura de las declaraciones coprolálicas del Presidente de la República nos hace ver la inconsecuencia entre sus declaraciones y sus actos. Tanto Augusto Alvarez Rodrich como Carlos Basombrío han insistido en esta idea que, ayer mismo, García puso en práctica: mientras mandaba patear a los funcionarios del Banco de Materiales, daba una absolución casi papal a Alex Kouri luego de que el Congreso lo acusara por 9 delitos vinculados a ese monumento a la estafa llamada Vía Expresa del Callao. Eso para ya no hablar del mil veces perdonado Luis Alva Castro.

Pero detenernos en una lectura como esta nos hace quedar en lo inmediato y no apreciar algunas continuidades en el discurso presidencial.

Si algo quedó grabado en la memoria de los peruanos durante el primer gobierno de Alan fue eso que llamamos coloquialmente floro. García es un excelente orador - aunque tiene una pelea constante con la palabra escrita -, pero sus capacidades oratorias para convencer a la gente parecen haber quedado de lado frente a un nuevo estilo de decir las cosas: la altisonancia verbal.

Cuando el ahora Presidente regresó del país, recitaba a Calderón de la Barca, hablaba de concertación y de errores de juventud cometidos. El García de hoy es un personaje convertido en una caricatura de si mismo: ha terminado haciendo de la intolerancia su principal capital político y por ello no duda en fustigar a todo aquel que se encuentre en contra de él.

Algo de lógica política se encuentra atrás. Como conversaba con una persona la semana pasada, el Presidente tiene la intención de asumir el costo por su intransigencia verbal porque espera tener ventajas. Sus excesos verbales están vinculados a determinados sectores frente a los cuales espera tener réditos políticos con la población a mediano plazo.

El problema con una lógica como esta es que termina alejando a la población y sus demandas. Es nítido que en el interior del país existe una insatisfacción frente a la marcha cotidiana de las cosas y ante una carencia de rumbo que viene siendo cada vez más evidente. Y frente a ello, los excesos verbales del Presidente de la República terminan siendo únicamente el mecanismo de defensa frente a algo evidente: la carencia de ideas o la inconsistencia de las mismas.

Y pensar que aún faltan 3 años…

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Esta semana se han cumplido 18 meses desde que Alan García Pérez asumiera el gobierno del país por segunda vez. Su triunfo se debió a dos factores fundamentales: la presencia de un candidato antisistema cuyas propuestas generaron miedo y preocupación en la población y la promesa de cambios sociales, económicos y ajustes institucionales que permitieran que los beneficios del crecimiento económico del quinquenio 2001 – 2006 llegaran a todos.

¿Cómo llega García a este año y medio de mandato?

Pues lo hace con algunos logros que exhibir. Sin duda, el hecho de que respete, en términos generales, el estado de Derecho y los derechos fundamentales, la estabilidad macroeconómica – a pesar de cierta preocupante subida inflacionaria – y la suscripción de acuerdos comerciales importantes, así como algunas medidas puntuales en el campo educativo, son algunos de los méritos que pueden anotarse a la gestión del actual Presidente.

Sin embargo, el gobierno no ha tenido los resultados esperados, por dos factores que anoto a continuación.

El primero de ellos tiene que ver con la coalición política que rodea al gobierno, la cual el sociólogo Martín Tanaka ha calificado como coalición conservadora. Ello ha traído como consecuencia que mantiene un modelo económico basado en la mera exportación de materias primas, dejando de lado la ejecución de reformas institucionales y sociales importantes y, además, propiciando iniciativas efectistas que han minado la credibilidad del gobierno en temas de respeto de los derechos fundamentales o de la propia institucionalidad democrática. El llamado “cambio responsable” ha devenido en ninguna voluntad de cambio.

Un segundo factor se relaciona con los defectos de gestión pública que han acompañado a la actual administración. Compras aparentemente sencillas como las de patrulleros y ambulancias no solo fueron minadas por un tema de corrupción, sino también porque el aparato estatal no está preparado para funcionar adecuadamente. Lo mismo se ha visto en casos como los de la reconstrucción de las localidades afectadas por el terremoto de agosto pasado o los programas sociales. Ello hace que la población no sienta que el Estado esté funcionando.

Si a esto se suma el descontento larvado durante años en el interior del país, pues tenemos como resultado una baja aprobación en las encuestas y la posibilidad de que otro outsider aparezca en el escenario del 2011 como posibilidad real de victoria. Y, además, la posibilidad de perder un ciclo de crecimiento importante en detrimento de las oportunidades de todos los peruanos.

Sin duda, el gobierno está aun a tiempo de rectificar cambios. Pero debe hacerlo pronto, pues la impaciencia no se calma, la posibilidad de acuerdos políticos nuevos se cierra y, con el transcurrir de los meses, el régimen se desgasta.

¿Podrá realizar este reto Alan García?

(Artículo publicado originalmente en PrensaPeruana.com)

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Para estas alturas de la mañana, ya todos deben saber que Jorge del Castillo puso su cargo a disposición en una entrevista en RPP. ¿El motivo? El comentado en el post anterior: sus infortunadas declaraciones sobre la prioridad de los programas sociales del Estado.

Sin embargo, hay algunas cosas que me quedan poco claras de esta suerte de “paso al costado”.

Como lo comentaba Enrique Castillo en CPN hace unas horas, hay dos hechos que nos indican que, si bien el lapsus brutus del Premier fue auténtico (y, por ello, recontra penoso, en la acepción pura y dura de este término), desde Palacio de Gobierno ya se pretendía forzar la renuncia de todos los ministros para emprender los tan anunciados - tantas veces que ya no provocan expectativa - cambios ministeriales.

¿Cuáles eran estos signos? El primero fue la bravata presidencial de la semana pasada: o me aprueban las facultades para la implementación del TLC o el gabinete se va. Al final, la amenaza fue morigerada, las facultades fueron aprobadas sin dificultad y el cambio ministerial nuevamente demorado.

El segundo, que parece más sintomático de la movida, es el hecho de que Del Castillo haya dejado pasar todo un día para pedir disculpas por su desborde linguístico. Tuvo que ser Alan García quien hiciera anoche dos aclaraciones: la política del gobierno era de apertura hacia todos (aunque claro, no faltaron las puyas poco navideñas a la oposición) y los cambios ministeriales se discutirían en las próximas 48 horas. LQQD: antes de fin de año había ceremonia en el Salón Dorado de Palacio.

Si a eso le sumamos el hecho de que Del Castillo no avisara a sus compañeros ministros de su salida, pues no me queda otra cosa más que concluir que el plan que se venía gestando hace semanas se ha cumplido: los cambios serán cosméticos y tratarán de salvar el mayor número de cabezas posibles.

Seguramente en los próximos días veremos un carnaval de nombres y especulaciones y, sin duda, todos comentaremos si es que las elecciones fueron correctas o no.

Sin embargo, lo que me queda claro es que el autor del exabrupto y de la despedida de algunos de sus colegas se va a quedar. Y si Del Castillo se queda, la orientación general del gobierno - sí, la misma que hemos criticado desde hace año y medio - se va a mantener.

Creo que nuevamente el gobierno ha entendido que los cambios ministeriales son una maniobra y no la oportunidad de ajustar cosas que están mal. El estilo del inmovilismo y, ahora, de una posible sectarización partidaria, se va a seguir imponiendo, mientras el famoso cambio responsable se diluye en el baúl de los recuerdos.

Asi que preparen la canchita: el espectáculo por Navidad y Año Nuevo acaba de dar su partida.

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Todas las personas muchas veces sentimos miedo y nos paralizamos frente a una situación. La mayor parte de las veces, ello ocurre porque tenemos a lo desconocido o hemos tenido una mala experiencia que hace que, frente a un posible cambio, nos sintamos más cómodos con lo que tenemos ahora y no decidamos arriesgarnos. Es como el par de amigos que se dan cuenta que hay un feeling especial entre ellos que va más allá de lo meramente amical, pero se niegan a admitirlo en público o dar el paso siguiente, pues piensan que la relación bastante buena que tienen en ese momento puede arruinarse por una posible ruptura.

Lo mismo ocurre con los países, con los pueblos y con los gobernantes. Muchas veces, se aceptan arbitrariedades en nombre de ese miedo. Fue, sin duda, lo que le pasó a mi país en los años noventa: se aceptó a un dictador en nombre de una pacificación que no tuvo nada que ver con su persona y de unas reformas económicas liberales que no podían ser plenas e inclusivas si es que no había democracia. El día que la gente dijo El miedo se acabó, comenzó el final de una de las épocas más oprobiosas de la historia peruana. Y, andando el tiempo, con todos los bemoles que podamos tener, en muchos aspectos estamos mejor que hace siete años.

Lamentablemente, el miedo se vuelve paralizante en muchos aspectos y para muchas personas. Creo que es lo que le pasa a nuestro Presidente de la República. Su pésima primera gestión, acusada con razón de desastre económico, y, paradójicamente a la vez, de lenidad frente a la subversión y de violador de derechos humanos, han hecho que, como reacción, en lugar de tener un primer mandatario reformista, tengamos a un hombre que vive de la parálisis y del piloto automático.

A diferencia de la precariedad partidaria de Alejandro Toledo, García tiene un grupo más compacto y no cuenta con una oposición realmente fuerte en los partidos. Sin embargo, en lugar de optar por las reformas que puedan consolidar nuestro crecimiento económico, lograr que sus beneficios lleguen a todos los ciudadanos y hacer que nuestro Estado sea más inclusivo y esté al servicio de las personas, lo que hemos terminado teniendo es un gobierno que no hace nada.

Creo que nadie sería tan loco de proponer cambios radicales en lo macroeconómico. Hoy es patrimonio de izquierdas y derechas que, para poder redistribuir, es indispensable contar con un equilibrio fiscal, inflación baja y los factores de riesgo controlados. Pero sí una política económica que pueda ayudar a que se generen cadenas productivas en el interior del país que puedan comenzar a ser soportes de un crecimiento más sostenido, sobre todo en los lugares donde las oportunidades no sobran.

Creo que, salvo los autoritarios de siempre, propongamos adoptar el modelo de Cuba, Venezuela o retornar a los años noventa. Pero sí es necesario reformar las instituciones que tenemos para que funcionen mejor. García no propuso eso en campaña, pero era la agenda que le dictaba el país no incluido (y también el incluido) luego de lo que fue la aparición de Ollanta Humala en el escenario político. Esa agenda, simplemente, para el gobierno, no existe. Allí el miedo se ha convertido en cobardía.

Y, lo mismo, finalmente, parece haber llegado al plano de lo simbólico. El hecho de que Canal 7 y El Peruano informen tan poco del proceso a Alberto Fujimori, considerando la importancia que tiene para el país, nos habla a las claras de un gobierno en que se confunde la saludable prudencia para no politizar el caso con la pusilanimidad en no informar, a través de los medios que llegan a los lugares más alejados del país, sobre un caso que define nuestro rumbo como país civilizado y puede ayudar a redefinir lo que fue la historia de los años del conflicto. Y si a eso le sumamos esa larga espera por los cambios ministeriales, podemos concluir que la palabra cambio está fuera del diccionario de Alan García.

Una cuestión que define el éxito personal o profesional de una persona es su grado de audacia y de saber manejar los temores que tenemos. Si el gobierno puede lograr vencer los miedos que lo paralizan, quizás tengamos un futuro mejor en el 2011. De no hacerlo, habrá optado por lo más cómodo y, al final, los peruanos podremos quedarnos sin disfrutar de lo que puede ser un país mejor. Que los fantasmas del pasado no nos paralicen

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Chantaje. Esa es la palabra que ha utilizado Jorge del Castillo ante el intento del fujimorismo de plantear su censura ante el Pleno del Congreso, luego de las explicaciones sobre los últimos hechos de violencia ocurridos en la zona del VRAE y que ya todos conocemos.

Pero a la estrategia del chantaje - que otro blog ha comentado mejor que yo - yo añadiría la del miedo. Tanto los parlamentarios fujimoristas como sus medios adictos han insistido en que es Sendero Luminoso, tal como lo conocimos en los ochenta y noventa, quien está detrás de los ataques.

No es de extrañar. Durante todo su gobierno, Fujimori utilizó ambas herramientas, el chantaje y el miedo, como bases de su poder. Sobre el chantaje, la mejor muestra es la videoteca de Vladimiro Montesinos, cuyo uso no era la exhibición pública que tuvo a la caída del régimen, sino su utilización para que quienes estuvieran allí se mantuvieran alineados o callados. Y, sobre el miedo, basta ver la televisión de la segunda mitad de los años noventa, para darnos cuenta de todas las campañas de manipulación que se hacían para darnos la impresión de que sin el Chino, volvería el terrorismo. En suma, ambos elementos utilizados para la perpetuación en el poder.

Si ya conocemos de memoria los métodos fujimoristas, pues sorpresas no hay muchas. Pero, como dice Rubén Blades, la vida te da sorpresas y el gobierno quiere seguirnos sorprendiendo con medidas o declaraciones a favor de Fujimori y de sus seguidores en prisión, o que tienen todo un tufillo a década de los noventa - solo hace falta el fondo musical de Nirvana y que me vuelva a poner mis camisas de franela - que realmente escandaliza y atemoriza.

¿Por qué el gobierno toma cada vez más un intenso tono naranja? Pues hay un cúmulo de explicaciones que podrían ser un intento de respuesta.

Una primera tiene que ver con la Coalición Conservadora que sostiene al gobierno y, sobre la cual, a estas alturas podríamos preguntarnos que tanto margen le viene dando. Pues si bien le ha aportado la casi ausencia opositora, le ha reducido al extremo el margen de maniobra a Alan, de manera tal que el Plan de Gobierno de Unidad Nacional se encuentra a la izquierda de las medidas que este gobierno ha tomado en casi año y medio de gestión.

Una segunda tiene que ver con la vocación por el autoritarismo que un sector de la población tiene en nuestro país y a ello no escapa ningún sector social. Como cuestión cultural, enfatizada en un país en el que el desarrollo de la ciudadanía sigue siendo insuficiente y en el que nos han gobernado más dictadores que demócratas, seguimos pensando que la autoridad es sinónimo de atropello y de “mano dura”. Claro, cuando nos atropella, ahi nos quejamos, pero seguimos pensando como nación que el presidente, cuando más efectista en su sentido de la autoridad, mejor.

Pero quizás una tercera explicación la constituya los parecidos que Alan y Fujimori tienen desde 1990. Carlos Reyna, en su libro La Anunciación de Fujimori, señala algunas de ellas que comparto con los lectores: la figura del asesor influyente que va más allá de los Ministros - y que muchos sospechan que, en este gobierno, ese rol lo cumple Aldo Mariátegui -, la reducción del papel de los Ministros a meros secretarios - basta ver que los trata peor de lo que lo hacía Ferrando con su elenco -, gobernar por encima de sus agrupaciones políticas, un presidencialismo exacerbado, poca vocación descentralista (basta ver la eliminación del CND), su poca vocación por el respeto de los derechos humanos y la “lealtad” de los empresarios. Por cierto, la gran ruptura entre ambos sigue siendo el 5 de abril de 1992.

Y justamente ese es el espejo en que García debe mirarse, sobre todo, por lo que puede ocurrir el día de hoy. Se tiene programada la lectura de sentencia a los Ministros que avalaron el golpe dado por Fujimori contra los otros poderes del Estado. El fallo puede ser histórico, para bien o para mal, ya que podría ser una resolución que condene abiertamente, por primera vez en la historia del Perú, la interrupción del orden democrático, o podría convalidar lo que fue el inicio de una historia de atropellos, crímen y desmoralización del país.

Los coqueteos y tiras y aflojas con el fujimorismo no le hacen ningún bien al país. No puede considerarse como democrático a un grupo que, hasta el día de hoy, sigue defendiendo al 5 de abril como un día que cambió la historia del país para bien. Pero, lejos de respetar los principios democráticos que dice enarbolar, el partido de gobierno y su Presidente, que también lo es de todos los peruanos, prefiere ser un pobre aprendiz de Fujimori antes que un estadista. La Historia lo juzgará, los peruanos ya lo estamos haciendo.

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La famosa patadita de Alan. Pocos en Alfonso Ugarte lo recuerdan ahora, pero fue dada en medio de un Paro Nacional coorganizado con la CGTP, en 2004. Ya que era época de la Copa América, me acuerdo de los carteles de la estrella reggeatonera del APRA pateando una pelota bajo el mensaje Métele un gol al mal gobierno.

Tres años después, ya con Alan en Palacio, este es el discurso:

Ahora bien, se anuncia para el día 8 una movilización o una paralización por sectores extremistas, por sectores comunistas y por la CGTP, la entidad de algunos sindicatos.

Yo pienso que el Perú no quiere paralizaciones ni violencia, yo pienso que el Perú quiere orden y trabajo; y estoy convencido que la mayoría de la población sabe que, a pesar de los problemas que son de larguísimo tiempo, el Perú va por buen camino, se le respeta y se le reconoce internacionalmente.

¿Porqué empujar una huelga, por orden internacional, por orden política, por consigna política?

Yo estoy seguro que son las dirigencias solamente, ¿porqué?, por consigna política, por pertenecer a grupos extremistas, porque no se resignan a que el pueblo no les de la razón en las últimas elecciones y entonces pretenden mediante paralizaciones, bloqueo de pistas, violencia, hacer que les den aquello que el pueblo no quiere darles.

(Extractos de la Declaración al País del señor Presidente de la República, 5 de noviembre de 2007)

El Presidente hace alusión a la Segunda Jornada Nacional de Lucha convocada por la CGTP para el día de mañana, y que ha desatado las iras santas del gobierno, que a través de sus voceros ha manifestado, palabras más, palabras menos, lo que Alan señaló el lunes en la noche. Incluso se ha hablado de respuestas políticas y marchas alentadas por la central sindical afin al APRA, la CTP.

Aquí el gobierno comete dos errores serios. El primero es volver a satanizar las protestas. Si la gente está descontenta - y vaya que en el país hay motivos para estarlo - tiene el legítimo derecho de manifestarse en contra de aquello que le parece inadecuado o erróneo en la política general del gobierno. Claro, las protestas deben guardar el respeto a los derechos fundamentales y a la propiedad privada y, en ello, en honor a la verdad, las últimas movilizaciones de la CGTP han sido bastante respetuosas de ambos aspectos.

El segundo es darle mayor peso político a una movilización que, en verdad, no tiene tanto impacto político como el gobierno y los organizadores de la protesta pretenden darle. Las convocatorias a estas Jornadas Nacionales de Lucha, con reivindicaciones maximalistas en el terreno económico, hace varios años que vienen siendo rutinarias, antes que verdaderos golpes de timón en la variable política. Y, de otro lado, el poco aggiornamiento de las centrales sindicales convocantes le restan peso a estas movilizaciones, con las cuales pocos terminan sintiéndose identificados, más que por las cuestiones laborales, por quienes encabezan la primera línea de las marchas.

Así, el gobierno termina creándose un enemigo ficticio y sobredimensionado, el cual, a su vez, se ve sobrerepresentado por este tipo de actitudes. Y ello no ayuda nada a los cambios que unos y otros - tanto para gobernar como para mejorar sus modos y plataformas laborales - deben emprender.

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Cuando Alan Garcia asumió el poder, las expectativas frente al rol que cumpliría el Partido Aprista Peruano eran dos: una reivindicación responsable frente al copamiento que supuso el periodo 1985 - 1990 y al fracaso de dicho gobierno y, por otro lado, la disposición del partido para mantener un trabajo constante entre sus bases y militantes y, luego del 2011, dejar de depender del actual Presidente de la República.

Lo cierto es que ninguna de las dos cuestiones parece haberse cumplido en este primer año de gobierno.

Por el lado gubernamental, si bien no se ha repetido la ola de nombramientos públicos que caracterizaron los últimos años del primer quinquenio aprista, sí han habido personajes cuestionados en varios aspectos. De quienes quedan en el Gabinete, el ministro más cuestionado es aprista: Hernán Garrido Lecca. Compañeros como Carlos Arana le trajeron más de un problema y tuvo que salir dos veces del aparato estatal. La deslucida elecciòn del Tribunal Constitucional tuvo en la cabeza los nombres de dos apristas: Aurelio Pastor y Mercedes Cabanillas. Y eso que no mencionamos las hechas por el Presidente del partido (y de la República).

Claro, este comentario cabe matizarlo, en el sentido de que también personajes independientes como Pilar Mazzetti y Carlos Vallejos cometieron serios errores que a una le costaron el puesto y al otro le tienen la mira puesta hace rato.

Y a pesar de que no ha existido copamiento, el primer año de gobierno ha dado la sensación de un gobierno bastante solitario, a excepción de lo que llamamos Coalición Conservadora y que ha terminado aislando a un gobierno ocupado en intolerancias, medidas controvertidas como la pena de muerte o en insultar al adversario, sea de izquierda o de derecha, olvidándose que García fue elegido para ser Presidente de todos los peruanos.

Peor aún ha sido el comportamiento político del partido durante este año. Si bien, con prudencia, Mauricio Mulder no ordenó sacar a los militantes para enfrentar la ola de protestas sociales, ciertamente los reportajes que he podido ver sobre protestas en el interior del país dan cuenta de la orfandad ideológica y logística que tiene el partido en provincias. Ahora uno se explica porque perdieron tan clamorosamente en Trujillo el año pasado.

Y es que el APRA no ha tenido un esfuerzo de reconversión organizacional que le permita dejar de depender de su figura electoral: Alan García. AGP ha sido muy hábil en dar la sensación de que gobierna con el partido, pero, en realidad, las bases están muy poco tolerantes con lo que pasa en las altas esferas y de ello están pescando justamente los sectores más cuestionados y cuestionables de Alfonso Ugarte.

Los apristas tendrán que ser conscientes de que, a pesar que la política peruana es sumamente impredescible, Alan García no volvería al poder en el 2016. Y tendrán que prepararse para el momento en que ya no esté presente como líder del APRA. Cuando Haya de la Torre falleció, el partido casi se parte, y fue producto de una crisis interna que Alan García llegó hace 25 años a ser el lider del partido.

¿Estarán esperando que ello ocurra?

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La última encuesta de CPI a nivel nacional urbano confirma lo que otras empresas de este ramo - como Apoyo y Datum - han venido señalando: la popularidad presidencial ha descendido y los índices de desaprobación están bastante cercanos a superar - si es que ya no lo han hecho ya - a la aprobación.

Lo cierto es que a estas alturas, la relación entre Alan y la población parece estarse enfocando a una nueva etapa, donde los reclamos sociales, las demandas por más transparencia en la gestión pública y, sobre todo, la exigencia por resultados concretos van a ser mayores.

¿Cómo va a responder el gobierno a esto?

Es una interrogante abierta y no por ello menos preocupante, dado que, en el gobierno anterior del APRA, una vez que la aprobación comenzó a caer, comenzaron las trastadas económicas.

La hipótesis menos probable, pero que debería ser la adoptada por el Gobierno, es iniciar una reforma del Estado que pueda ayudar a que los beneficios del crecimiento lleguen a la población, programas sociales que cumplan con su función, un Estado transparente y que represente a las personas, mejoras en salud y educación y reformas institucionales que . Pero creo que por allí no irán los tiros del gobierno. Más fácil - y con “respeto por la investidura presidencial” - es que la dieta palaciega conste a base de consomé de pollo. o que haga caso a los consejos para reducir la papada.

Otra posibilidad es que acentúe su alianza con los sectores con los que ha estado aliado hasta el momento - la Coalición Conservadora, como la denominó Martín Tanaka - la cual le está impulsando ahora a gastar más. Vean sino los últimos editoriales de Aldo Maríategui, la pérdida de independencia de los organismos reguladores o el abortado proyecto para darle parte del canon minero a las Fuerzas Armadas, por no mencionar otras perlas. La pregunta es si todo eso le dará resultado al Gobierno, no sólo para subir en las encuestas, sino para dejar al país mejor de lo que lo encontró.

La otra opción: ¡Compañeros a mí! Es decir, la tesis Mantilla. Y ya sabemos que resultados nos trajo al final de su quinquenio. Por lo pronto la tesis del Congreso Nacional del APRA sigue flotando allí, Mulder de cuando en cuando reclama para más puestos para los compañeros y el ahora revalorado Alva Castro ya viene pensando en mudarse de Corpac (Interior) a Miraflores (PCM). Así que muchos en Alfonso Ugarte estarán dispuestos a vender la tesis del carnet como arma para evitar un descalabro de encuestas.

Lo cierto es que las encuestas son un termómetro de impresiones populares. El tema es cuando un gobierno las convierte en su obsesión cotidiana. En el caso de Alan García, esa obsesión es latente y por eso me he tenido que mandar con todo este rollo de fin de semana. Al márgen de las cifras, el Gobierno deberá comenzar a pensar en como pasará a la historia.

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El Gobierno no sabe manejar los conflictos sociales

Penosa realidad la que le toca comprobar al gobierno de Alan García, supuestamente más “ducho” que el de su antecesor para manejar las protestas sociales.

Lejos de comprender los motivos que motivan la protesta social, la satanizan, a través de sus voceros oficiales y mediáticos, convirtiéndola en un “complot” donde estarían coludidos perro, pericote y gato: humalistas, terroristas, “caviares”, acciopopulistas, cocaleros, comunistas y onegeístas. Solo faltaban la KGB, Al Qaeda y el SENHAMI para conformar el escuadrón “antiinversión”.

El gobierno no termina de entender - como tampoco lo hace el empresariado, que habla de “ruido político” - que las protestas sociales son un ejercicio normal de la democracia y que en un país como el Perú, con reformas sociales y políticas pendientes por hacer, es parte del paisaje común el descontento que, lamentablemente, no se ve canalizado por los partidos políticos o actores sociales más sólidos.

Claro, a favor de la satanización abonan en mucho los discursos radicales - más tribuneros que otra cosa - de los dirigentes de estas protestas, como los bloqueos de carretera y perturbaciones al orden público que caracterizan a muchas de estas manifestaciones. Quizás los azuzadores del fuego debieran pensar un poco como esta “radicalización” abona más a deslegitimar su presencia y las demandas que pueden ser legítimas antes que en hacerles caso.

No tenemos canales institucionales de diálogo. Con todo el esfuerzo que hace Jorge del Castillo y su equipo de la PCM, no contamos con un equipo de previsión de conflictos sociales - tarea en la que el Ministro del Interior tendría algo que decir - que pueda anticipar posibles focos de protesta. Los datos que la Defensoría del Pueblo regularmente publica en su portal electrónico sobre conflictos sociales tampoco son tomados en cuenta.

Pero también le cabe una responsabilidad a los gobiernos regionales. Más allá de la demora en las transferencias de competencias y recursos prometidos por el Gobierno Central, es necesario que los Presidentes Regionales se conviertan en agentes políticos que canalicen la protesta o que puedan servir, dada su cercanía a los problemas de sus pobladores, en facilitadores del diálogo y, a medida que tengan las competencias y recursos, en quienes finalmente resuelvan los problemas y demandas de los reclamantes.

Lo importante es que los reclamos sean canalizados por vía pacífica y no sean satanizados. Años de conflicto armado interno debieron hacernos entender esto, pero con un gobierno convertido en la oficina de relaciones públicas de la CONFIEP, parece que tardará tiempo en lograrse un cambio de actitud.

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Ni errores ni patinaditas. Un estilo de gobierno en marcha.

Nueve meses y medio le han servido a Alan García para consolidar un estilo de gobierno bastante peligroso para la democracia.

Y no es que me crea las bravatas de Mauricio Mulder sobre el cierre del Congreso, sino porque Alan utiliza los reflejos autoritarios presentes en un sector de la población, de la prensa y la política peruana. Y los utiliza haciéndolos aparecer como sinónimo de autoridad y de “mano dura”, cuando en realidad lo que hace es pura bombarda artificial para soliviantar a la población.

Repasemos los temas: ley contra las ONG’s, defensa pagada del Estado a violadores de derechos humanos, insistir con la pena de muerte (con portátil incluida), reprimir la marcha contra la pena de muerte, tener al premier de la dictadura junto a medio gabinete, tener a Giampietri como Vicepresidente, avalar la compra de contenidos en medios de comunicación por parte del Ministro de Vivienda. Y se suma ahora a la lista el ataque a periodistas independientes que denuncian o se oponen a estas medidas, desde diarios cuya circulación y credibilidad es tan diminuta como los enanos de Blanca Nieves.

Peor aún, el estilo presidencial voluntarista lo ha llevado a errores en cuestiones tan elementales en el gasto público como la compra de autos - como fue el caso de los patrulleros y las ambulancias - irregularidades en licitaciones en el sector Educación (un crímen en un país que tiene la peor educación de América Latina), así como en nombramientos de funcionarios a los que ha tenido que retirar por tener procesos judiciales pendientes, poca ética personal y profesional o estar inhabilitados para ejercer un cargo público. Eso, en cualquier parte del mundo, se llamaría corrupción e inoperancia. Pero el Presidente sólo lo llama error.

Lejos de resolver los temas de fondo o hacer reformas que le corresponden, el Presidente opta por la gira constante dentro del país, lo que no estaría mal si es que no fuese más que una suerte de ofrecimientos o presentación de pliegos de reclamos. El gobierno ha tenido dos bombas sociales en Ancash - entre un presidente regional irresponsable y un alcalde corrupto peléandose por un importante proyecto de irrigación - y en el Alto Huallaga, sin que haya podido resolverlos o impedir que se produjeran la pérdida de vidas humanas ocurridas. A ello se suma su plan de seguridad ciudadana que ha terminado afectando la operatividad de la Policía Nacional, como se ha visto en el reciente asesinato de un empresario avícola por error de la propia PNP. Mientras tanto, Alan sólo piensa en bombardear pozas de maceración para la tribuna, mientras que el narcotráfico actúa como Pedro en su casa.

El gobierno ha perdido nueve meses. Se ha quedado sólo en el gesto para la tribuna y no ha emprendido cambios de fondo. Los pocos aciertos que ha tenido se deben, en parte, a los beneficios económicos legados por el gobierno anterior, en otra parte, a que ha tenido buenos ministros, pero no llegan a articular una política de gobierno integral, con ideas y marcando matices claros en una gestión social, democrática y descentralizada.

Sumido en su mediocridad y medianía de ideas, el gobierno sólo aspira a que le vaya bien en las encuestas. Olvida García que durante sus dos primeros años de su primer gobierno tuvo altos niveles de popularidad, pero que luego vino la desbarrancada. Gobernar para la encuesta del mes supone no tener talla de estadista. Y a pesar que las tallas de los trajes presidenciales han aumentado con el pasar de los años, no lo ha hecho al mismo ritmo su nivel de estadista.

Las bonanzas económicas no duran para siempre. Tampoco los altos niveles en las encuestas. Y las maniobras tienen un límite de credibilidad.

¿Se podrá pensar en ello Alan García? ¿Enmendará rumbos en los 4 años que le quedan?

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