Archivo de la Categoría “aniversario”


Nací en el Centro de Lima hace 26 años y algunos meses atrás. Para mayores señas, a la espalda de Palacio de Justicia, en una clínica de nombre francés. Mi infancia la pasé en medio de casonas coloniales, edificios que en ese entonces tenían 30 años y ya expresaban cierto deterioro y las migraciones que en ese tiempo aún eran abundantes. Luego de 11 años, Pueblo Libre me acogió entre museos, edificios y parques, hasta hace una década, cuando pasé a la zona este de la ciudad.

Hago este recuento biográfico porque he podido ver, durante todo mi recorrido vital, como ha ido evolucionando la ciudad en la que nací, crecí y en la que seguramente seguiré viviendo durante mucho tiempo. Durante estos días he estado en varias zonas de la capital y he sido testigo de esos cambios. Hoy, nuestra casa es mucho más grande y, en realidad, a estas alturas, podríamos hablar de varias Limas antes que una sola. Tenemos varios centros en lugar de uno, con dinámicas políticas y económicas diferenciadas, y hasta los climas cambian de un lado a otro de la ciudad.

Sin embargo, esta diversidad - que no es otra cosa que la expresión de lo que es el Perú - necesita una visión política para solucionar los problemas comunes de todos. Ello debería ser responsabilidad del alcalde metropolitano.

Sin embargo, Luis Castañeda Lossio no ha contado con esa visión sobre la ciudad que tanto se requiere. Más allá del cemento de necesarias obras de infraestructura vial, cualquier vecino puede preguntarse que es lo que ha hecho el alcalde para comenzar a solucionar los grandes problemas de la ciudad.

Un informe preparado para Perú.21 nos da muestras claras de como viene desempeñándose el actual burgomaestre. En lo que se refiere al transporte público, uno de los más caóticos de América Latina, se indica que:

Respecto al transporte público, la evaluación de Ciudad Nuestra califica de positiva la creación del Metropolitano. No obstante, se mencionan como temas pendientes la creación de una autoridad única de transporte metropolitano -dependiente del municipio- que ponga orden en Lima. La ausencia de este ente está causando conflictos de competencia, desorden y falta de autoridad en la definición y aplicación de políticas.

Asimismo, falta la preparación de programas piloto de rutas racionalizadas y de empresas reestructuradas con los programas de renovación y chatarreo de la flota de transporte público , así como la eliminación progresiva de combis y colectivos.

Similar panorama ocurre con la seguridad ciudadana, otro de los problemas mencionados como los más importantes por los limeños en las encuestas. Si bien el combate a la delincuencia tiene responsabilidad bastante grande de la Policía Nacional, los modelos de combate a este flagelo en el mundo vienen teniendo un rol cada vez más activo de los gobiernos locales, sobre todo, de los alcaldes metropolitanos. Castañeda, en esta materia, no ha querido asumir dicha responsabilidad, que sus antecesores si quisieron poner en práctica.

Pero, además de los dos problemas más álgidos de la ciudad, preocupa el estilo de un alcalde que no rinde cuenta a los regidores metropolitanos y menos aún a los vecinos. El mencionado informe menciona:

El punto más crítico abordado por el mencionado estudio es el del buen gobierno. El informe cuestiona la casi nula participación del burgomaestre Luis Castañeda Lossio en las sesiones del Concejo Metropolitano y la restricción que enfrentan los propios regidores para acceder a la información pública relevante.

Asimismo, la evaluación considera que de parte de la administración edil hay “poca transparencia y subestimación del interés ciudadano por la información completa y oportuna”, y que un tema tan importante como la discusión presupuestal en el Concejo Metropolitano “es limitada y se lleva a cabo sin la información necesaria”.

De hecho, hasta hace unos pocos meses, las sesiones del Consejo Metropolitano no eran públicas y la pagina web de la Municipalidad de Lima es un canto a la vacuidad. La misma que exhibe Castañeda cuando da una declaración sobre un punto controvertido de su gestión. Como bien ha anotado hoy Alvarez Rodrich, a Castañeda se le escucha más en “Los Chistosos”.

Pero la situación de nuestra ciudad no es de chiste. Aun quedan varios problemas por resolver y que no solo dependen de la ausencia de un alcalde al que hay que encontrar llamando a “Los Cazafantasmas”. También depende de lo que nosotros los vecinos hagamos por nuestra casa: manejar mejor, no ensuciarla, cuidar los parques que aun tenemos, no hacer construcciones fuera de las normas y, por supuesto, querer nuestra ciudad.

Mientras tanto, la ciudad variopinta, rara, bizarra, la horrible, la de la flor de la canela, provinciana, sigue esperando esa visión de futuro y que los limeños debemos dejar de tratar mal. Más que otro vals que le canté a lo que se fue, necesitamos vecinos dispuestos a jugarse por su ciudad.

MAS SOBRE EL TEMA:
Ciudad Nuestra: Evaluación de la gestión metropolitana de Lima durante 2007
Editorial de El Comercio: Lima de Aniversario
Augusto Alvarez Rodrich: La obra del mudo
Eduardo Villanueva: Lima: aniversario en manos de un incapaz
Roberto Bustamante: Lima, la horrible ciudad carretera
Encuesta del Instituto de Opinión Pública de la PUCP sobre Aniversario de Lima
César Hildebrandt: Castañeda apaga velitas
La República: Las tareas pendientes del alcalde de Lima
Carlos Basombrío: Lima ya no es tan horrible
Cinencuentro: ¡Buenos días, Lima!
Cucharas Bravas: Lima engorda
Blogiarquía: Comentarios a la Encuesta PUCP por el aniversario de Lima

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A siete años del vídeo Kouri - Montesinos

Hace siete años, las imágenes que hemos visto anteriormente, estremecieron al país y al mundo. Con ellas se develó la verdadera faz de un régimen que a muchos les hizo creer el cuento de la pacificación y la recuperación económica, a cambio de vender las conciencias de muchos, soportar la vulneración de derechos fundamentales y aguantar a un dictador en Palacio de Gobierno.

La corrupción en el Perú no comenzó con Fujimori y Montesinos. Sucesos como el escándalo de la deuda consolidada en tiempos de José Rufino Echenique, o las licitaciones otorgadas en el oncenio de Augusto B. Leguìa u otros casos más recientes nos hacen ver que el tema tiene larga data en el Perú.

Sin embargo, el gobierno de la década de los noventa implantó una forma sistémica de hacer corrupción y aprovechó todos los espacios a su disposición. Las compras de armamento con motivo del conflicto con el Ecuador, las privatizaciones, la negociación de la deuda externa, el proyecto de re-reelección y la preservación del poder onmímodo que querían tener por varios años. Políticos, militares, empresarios, dueños de medios de comunicación y hasta personajes de la farándula pasaron por una infame sala en que, para suerte de la justicia y de la memoria histórica, todo fue debidamente filmado.

¿Por qué fue posible esto? Porque buena parte de la sociedad decidió mandar al diablo a la democracia a cambio de una seguridad supuesta, el crecimiento económico - que visto a la luz de estos años fue mediocre - y un supuesto orden que era el de las bayonetas y el cállese la boca y no incomode. El resultado: la institucionalidad destruida, los mecanismos de control en manos de corruptos y casi toda la prensa - salvo un puñado de respetables hombres y mujeres - no fiscalizando al poder por simpatías verdaderas o por cerros de dólares en montañas.

No olvidemos que eso fue el Perú. Porque, a pesar de nuestros problemas, estamos mejor que hace 7 años, cuando una banda de delincuentes nos gobernaba. No olvidemos, no solo para sancionar a quienes hicieron del país una parodia de Los Soprano, sino también para consolidar instituciones que impidan que la corrupción que pueda existir ahora pueda extenderse.

No olvidemos.

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Hoy se celebra un aniversario más de la fundación de Acción Popular, uno de los partidos políticos más longevos de nuestro país. Fechas en las que, además, se recuerda la partida de dos de sus principales figuras: su fundador, Fernando Belaúnde Terry (dos veces Presidente de la República) y Violeta Correa Miller. Momento, además, que puede servir para la reflexión sobre el futuro de este partido, acéfalo desde la partida de Valentín Paniagua.

Acción Popular ha llegado en dos ocasiones al gobierno por la vía popular y uno de sus más dignos representantes encabezó la transición que nos permitió salir dignamente de la cloaca fujimorista. Sin embargo, desde hace muchos años, no cuenta con un respaldo electoral sólido, ni un programa más o menos claro (aunque la indefinición fuera característica de su líder máximo), ni con un líder que le permita tener una presencia mayor de la que tienen sus parlamentarios.

A mi modo de ver, eso pasa por algunas cuestiones que atraviesan a todos los partidos: falta de representatividad, lejanía de la población, mecanismos de democracia interna aún por perfeccionar, adaptación a los nuevos tiempos. Pero también tiene que ver con algunas cuestiones que AP tendría que repensar, luego de la desaparición de sus máximas figuras históricas.

La primera es una reflexión crítica sobre su legado. Sin duda, a Paniagua y a Belaúnde nadie les negará sus calidades democráticas, credenciales alcanzadas no solo por su desempeño en el gobierno, sino también en la lucha contra regímenes autoritarios. A Belaúnde tampoco podrán negarse los méritos de sus obras arquitectónicas durante sus dos gobiernos. Sin embargo, la falta de manejo en las crisis económicas, la permisividad frente a algunos actos de corrupción (hecho reconocido por los actuales dirigentes del partido) y la conducta del régimen durante los inicios del conflicto armado interno son parte de un pasivo que el partido deberá asumir como parte de su historia.

La segunda es un cambio de estructura partidaria. Quizás el hecho de que AP no tenga en este momento un caudillo carismático o una figura respetable de la envergadura de sus ex Presidentes pueda ser la oportunidad para que esta agrupación - una de las pocas con real presencia nacional - pueda adecuarse a los tiempos y dejar de lado su armazón en base a la figura del “partido de caudillo”, que fue lo que finalmente encarnó Belaúnde y, en cierta medida, Paniagua. De esos pedidos de aggiornamiento han sido partícipes figuras que trataron de darle cierta organicidad ideológica a AP, como Francisco Miró Quesada Rada, actual co - director de El Comercio.

La tercera es abrirse un espacio político. Hoy Acción Popular no sabe hacia donde va a definirse como partido: si postulará una figura más progresista como en sus inicios o como algunos parlamentarios actuales - como Yohny Lescano o Rosario Sasieta - pretenden iniciar, o si continuará siendo un partido más de centro, sin definiciones claras. Tampoco podría descartarse la fusión con grupos políticos más afines a la práxis de esta agrupación, como Perú Posible, Somos Perú y la Coordinadora Nacional de Independientes. Como diría Rubén Blades, es un momento plástico para esta agrupación.

De no hacer cambios, AP irá camino a la desaparición, camino, que, hasta el momento, parece ser el que va emprendiendo luego de la partida de Belaúnde y Paniagua. Mario Vargas Llosa lo señaló con claridad, justo cuando partía Belaúnde:

“¿Qué herencia política deja Fernando Belaunde Terry? Aunque hay entre sus seguidores personas valiosas, yo dudo que Acción Popular sobreviva, a menos que se renueve de raíz. Porque era un partido que reflejaba íntimamente la idiosincrasia y la persona de su fundador, una formación a la antigua usanza, nacida y estructurada en torno a una figura de gran seducción y carisma antes que a un programa o a una ideología, es decir una institución que va siendo ya muy anacrónica en nuestros días, en que la política es cada vez más una tarea de equipos y de cuadros y de técnicas y cada vez menos de líderes y caudillos (aun en la mejor acepción cívica de esta palabra)”

¿Superarán ese reto y seguirán diciendo “Adelante”?

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“Lima está de fiesta, la canción Criolla se viste de gala,
las guapas limeñaslucen su belleza y gracia sin par.
Las cuerdas de las guitarras trinan,los criollos corazones vibran
a los alegres sones de la canción popular”
(Manuel Raygada, Acuarela Criolla)

“Puentecito dormido entre murmullos, en la querencia
Abrazado a recuerdos, barrancos y escalinatas
Puente de los suspiros, quiero que guardes
en tu grato silencio, mi confidencia”
(Chabuca Granda, Puente de los Suspiros)

“Nostalgia provinciana en busca de oportunidad
Ahora ha pasado el tiempo, ahora somos mucho mas
La dura vida urbana y eso de ser marginal
hizo de nuestra raza acero de superacion”
(Los Mojarras, Nostalgia Provinciana)

“Soy un muchacho provinciano, me levanto bien temprano;
para ir con mis hermanos, ayayay, a trabajar.
No tengo padre ni madre, ni perro que a mi me ladre;
sólo tengo la esperanza, ayayay, de progresar”.
(Chacalón y la Nueva Crema, Muchacho Provinciano)

“Denme una algarrobina de esas que saben pero a bien limeñas
Y traiganme un anticucho, que me lo sirva una linda limeña
Que huela a Perú y por supuesto que me sepa a Perú
Que huela a Perú y por supuesto que me sepa a Perú”
(Grupo Niche, Me sabe a Perú)

No voy a escribir un apologético o una oda a la ciudad. Chabuca Granda sabía hacerlas aun cuando lo que describía había desaparecido o quizás nunca existió.

Tampoco me voy a mandar con un rollo a lo Salazar Bondy sobre “la horrible”. Para eso mejor léanse la columna de César Hildebrandt de hoy.

Hoy se supone que es un día de fiesta y, sin embargo, casi ni lo festejamos, a pesar de la fama de jaraneros que la canción criolla nos ha hechos. Nos acordamos de la ciudad sólo cuando es 18 de enero o cuando se vienen las elecciones municipales.

Seguimos hablando de un centro histórico que debemos preservar. Pero, ¿no convendría hablar que somos una ciudad con muchos centros? Sino, que son Miraflores, San Isidro, Los Olivos, San Miguel, San Borja, Villa El Salvador o Asia. Son centros. Los conos pasaron a la historia y hoy se habla de Lima Norte, Lima Sur, Lima Este y Lima Centro.

Pertenezco a esa rara especie en extinción de limeños que tienen más de tres generaciones de ascendientes viviendo en la ciudad. La migración y la globalización han cambiado el rostro de la ciudad. Hoy ya no somos la Lima de la calesita y la saya y manto, tampoco la de los criollos jaranones en Barrios Altos al pie de un callejón de un solo caño. Seguimos siendo criollos de alguna manera, pero igual cabida tienen los huaynos con arpa de Dina Paucar, los subtes de Quilca, los miraflorinos que ahora escuchan “Cholo Soy” en versión electrónica, el reggeaton o la chicha con la que los choferes de combi nos machacan todos los días, o los salseros que escuchan Radio Mar todo el día.

Mezcla rara de monumentos y de arquitectura. Desde el monolito a Taulichusco hasta Francisco Pizarro arrinconado en el Parque de la Muralla. Desde la Plaza de la Democracia hecha por Toledo hasta la estatua de San Martín con un auquenido sobre la efigie de la Patria. Desde “El Ojo que Llora” hasta la plaza a María Elena Moyano. Cementerios bicentenarios con visitas nocturnas. Balcones coloniales al costado de edificios que no llegan a los 5 décadas y están abandonados. Boteros esculturalizados en el Parque del Amor y en Agua Dulce. Iglesias coloniales en el centro y casi casas grandes en la periferia. Nuestras playas ahora se delinean entre la casi anacrónica rusticidad de Punta Hermoza, los edificios del malecón de Barranco y las modernas casas de playa del kilómetro 80 para adelante.

Niños que ya no juegan al clásico U - Alianza, sino que por la muestra de la globalización disfrutan de un Chelsea - Arsenal o de un Real Madrid - Barcelona. Y si es en Playstation 3 o Game Cube mejor. Yo me quedé en el Supernintendo.

Alcaldes buenos y malos han transitado por el sillón de Nicolás de Ribera “El Viejo”. Desde Rufino Torrico que defendió lo que quedó de la ciudad de la invasión chilena, hasta Anita Fernandini que más se preocupaba por las “malas costumbres” de las muchachas limeñas. Desde Bedoya que nos dejó el primer Zanjón, hasta Andrade que recuperó el centro luego de años de abandono. Barrantes precursor de la planificación metropolitana y el trabajo en los otros centros y un Del Castillo que solo nos legó un tren fantasma. Trabajos buenos, pero que, al final, no lo entendieron lo central: que una ciudad había que administrarla como un todo, con los alcaldes distritales como colaboradores.

Lamentablemente, el actual alcalde adolece de esa visión integral de la ciudad. Su forma de manejar las cosas queda reflejada en la absurda decisión de no dejar a la prensa cubrir las sesiones de Consejo Metropolitano. Esa falta de transparencia, esa vocación por el cemento, esa falta de palabras. Si Lima, la urbe, pudiera hablar, me pediría que me preocupara más por ella y me preguntaría: ¿por qué me maneja gente tan limitada?

Mientras tanto, la ciudad variopinta, rara, bizarra, la horrible, la de la flor de la canela, provinciana, sigue esperando esa visión de futuro y que los limeños debemos dejar de tratarla mal.

Feliz aniversario, Lima.

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