Archivo de 6 Febrero 2017

(Con Lula, otro caído en desgracia. Foto: La República)

Si me preguntan en qué momento comenzó a fraguarse el final político - judicial de Alejandro Toledo, respondería con la siguiente premisa: el día que abrió a su corredor inmobiliario.

Como han contado Rosa María Palacios (en 2013) y Aldo Mariátegui (hoy), las versiones sobre la adquisición de una casa en Casuarinas por parte del expresidente vinieron con un dato adicional: Toledo había contactado al dueño original de la casa en la exclusiva urbanización de Surco y eludió el trato con el corredor al que había contratado para tal fin.  Y el corredor, como muchos sabemos, estuvo bastante dispuesto a hablar con la prensa sobre esta operación.

Paralelamente, periodistas como Óscar Libón iniciaron una investigación periodística que terminaría en los resultados hoy por todos conocidos.

Fue así que se conoció que, en realidad, toda la mascarada de “reparación producto del Holocausto” (nunca una coartada había sido tan baja) era un pretexto para encubrir que el real beneficiario de una vivienda y una oficina compradas a través de una off shore costarricense era el propio exmandatario. Y fue allí que Toledo pasó a la versión que hasta hoy esgrime: que la plata era de su amigo Joseph Maiman y que él solo fue un facilitador para que el empresario peruano - israelí comprara dichos inmuebles.

De hecho, cuando Toledo inventó tantas versiones para explicar una compra de inmuebles y el pago de la hipoteca de su casa de Camacho terminó de cerrar una carrera política que nació prometedora y que termina con varias sombras.

Hace 22 años, Toledo surgió a la vida política como candidato presidencial. Ya lo acompañaba la historia de economista exitoso con postgrado y estadía en Harvard, así como algunos tics de engolamiento de voz. Aquella campaña no le fue grata debido al paseo que le fue para Fujimori ganar en 1995, en medio de la guerra con Ecuador, así como por el recuerdo de ciertas asesorías a Carlos Manrique a inicios de los años 90.

Cinco años más tarde, volvió a tentar suerte. Con partido rebautizado, discurso enfocado en uno de los grandes fracasos del fujimorismo - la generación de empleo, más aún, en tiempos de recesión - y buscando a los decepcionados con el autócrata que no querían mandarse con un cambio radical, Toledo pasaba caleta en una contienda donde el aparato mafioso del expresidente se concentraba en dos piñatas: Alberto Andrade y Luis Castañeda Lossio. El candidato de Perú Posible pasaba fuera de su radar, hasta que en marzo comenzó a despuntar en las encuestas. Como diez años atrás, la gente se inventó un candidato y Toledo pasó de su tibieza inicial a ser el líder opositor a Fujimori.  Marchas y contramarchas hicieron que decidiera retirarse de la segunda vuelta electoral y, finalmente, lideró la más importante protesta contra el fujimorato. Esa aura hizo que algunos de los temas que ya merecían cuestionamiento como el no reconocimiento de una paternidad pasaran a segundo plano y que, a fin de cuentas, ganara la Presidencia de la República en 2001.

Hasta hace unos meses, cuando se hacían las sumas y las restas, el legado de Toledo podría ubicarse de la siguiente manera: respeto general a las libertades democráticas más allá de algunos episodios puntuales, compromiso con los derechos humanos hasta cierto punto (aceptó el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, pero se demoró harto en implementar sus recomendaciones), el inicio de los conflictos sociales por proyectos mineros, gran reactivación económica, obras de infraestructura y, hasta hace poco, casos menores de corrupción. Frente a lo que dejaron sus sucesores, la presidencia del líder de Perú Posible quedaba como signo de una transición inconclusa, pero también de un mayor estímulo reformista al emprendido por García y Humala.

De allí que buscara tentar suerte nuevamente en 2011 y 2016, en lo que serían dos rotundos fracasos. Entre su salida de la Presidencia de la República y su última aventura electoral, Toledo dilapidó partido (al que nunca institucionalizó y está a punto de perder su inscripción), bancada (hoy inexistente), cuadros (repartidos entre la izquierda y el actual oficialismo) y, sobre todo, prestigio.

Y es que, hasta allí, estábamos ante un político irresponsable y autodestructivo. Como escribía Eduardo Dargent en 2013, cuando el caso Ecoteva recién se iniciaba:

Su deber era tener una relación distinta con la población tras los escándalos de corrupción del fujimorismo. Demostrar que un presidente podía trabajar, ser eficiente, y además ser honesto. Por supuesto, la política es cosa difícil y no se la pusieron nada fácil. Lidió con una oposición feroz desde diversos frentes, especialmente los corruptos bajo investigación. Pero en esas condiciones, ¿no debía cuidarse el doble? ¿No tenía la obligación de ser tres veces más precavido?

No solo no lo hizo, sino que fue irresponsable. En pocas semanas se ganó la fama de ocioso, de no saber mantener a distancia a sus amigotes. Ya ni sé cuántas veces fue a Punta Sal, cuando el régimen estaba tambaleando y la sensación de banalidad se difundía entre la población más pobre. Un cobarde por la forma que enfrentó el tema de su hija Zaraí. Un gobierno con algunas virtudes, apoyado en un boom mineral en los últimos años, le ayudó a sortear estos problemas. Pero no es exagerado decir que uno de los principales problemas del gobierno de Toledo fue Toledo.

Pero todo ello - que revelaba a un presidente mediano con un comportamiento político mediocre - deberá ser revisado a la luz de lo conocido. Una de sus obras emblemáticas, la Carretera Interocéanica, terminó siendo su tumba. La evidencia abunda sobre la existencia de coimas de las empresas Odebrecht y Camargo Correa que llegaron a cuentas de Maiman. Y, en el caso de la primera, habrían llegado hasta el propio Toledo, de acuerdo con la versión de Jorge Barata, el hombre clave de la constructora en el Perú. A ello se suma la formación de empresas off shore en Panamá vía el famoso estudio Mossack Fonseca por parte de los allegados al expresidente.  Para decirlo en claro: quien dijo que lucharía contra la corrupcion de Fujimori probablemente termine siendo su vecino de celda en la DIROES.

Los voceros más vocingleros del fujimorismo han buscado que la debacle final de Toledo sea el hito final de la caída de quien “los persiguió”. Más allá de excesos en algunos casos puntuales, lo cierto es que la justicia hizo su trabajo con los responsables de robos en peso al erario nacional y violaciones a los derechos humanos cometidos durante los años 90. Esta suerte de competencia de “nosotros robamos menos” no solo es infame por lo que representa tanto para el fujimorismo como para los pocos voceros que le quedan a Perú Posible, sino también porque busca exonerar culpas. Alberto Fujimori es un delincuente. Que muy probablemente Alejandro Toledo también lo sea no lo salva del juicio judicial y de la historia. Y, de hecho, el antifujimorismo sigue vivo gracias a que Fuerza Popular no representa un cambio sustancial frente a los modos, forma y fondo de la última infame década del siglo XX.

Así llegamos a este momento: con Alejandro Toledo en París, negando la realidad. Con su esposa como única asesora política, lanzando supuestas amenazas veladas. Y con su credibilidad liquidada. Triste final para quien, para muchos, representó una esperanza.

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