
En estas semanas que estuve de vacaciones, se ha debatido mucho sobre la relación que la izquierda cercana al proyecto nacionalista y el Presidente de la República sostendrían en el futuro. Dicha discusión se agudizó cuando Rosa Mavila hizo un amague de salida, que fue respondido por Daniel Abugattás y que finalmente generó que Javier Diez Canseco, en entrevistas con Emilio Camacho y Rosa María Palacios, señalara que el sector de izquierda se quedaba en el gobierno como un bloque de “apoyo crítico”. Aquí algunas anotaciones mías acerca de esta relación:
1. Un debate solo por los puestos: Como señaló Augusto Álvarez Rodrich en su columna del domingo, mucha de esta discusión se ha centrado en el eje equivocado: cuántos izquierdistas hay o no en el gobierno. De allí que uno vea a Aldo Mariátegui o el editorial de El Comercio de hoy pugnando por “la gran depuración”, mientras que Sinesio López sigue sosteniendo aquello de “la captura de Humala en Cajamarca” luego de la salida de todo el grupo de Ciudadanos por el Cambio de las filas del Ejecutivo. Ninguno de ellos se concentra en lo fundamental: el rumbo del gobierno en políticas públicas. Todo se concentra en lo señalado hace algunas semanas por Fernando Tuesta: la destrucción de un bando por parte del otro.
2. La izquierda nunca fue parte del núcleo duro del nacionalismo: El núcleo duro del PNP siempre fue de dos personas: Ollanta Humala y Nadine Heredia. Y alrededor de ellos, personas que le fueron funcionales en algunos momentos (Carlos Tapia, Salomón Lerner Ghitis), que lo siguen siendo ahora (Daniel Abugattas) y los que le resultan siendo prácticos el día de hoy (Oscar Valdés y Luis Miguel Castilla).
¿Y la izquierda? Pues sí se hace un repaso de lo que ocurrió en los años previos a la campaña electoral, la imagen que queda es la de grupos menores con algunas figuras importantes que buscaban subir al coche nacionalista en mejores condiciones. Ese fue todo el debate interno. No se discutió que Ollanta Humala era el candidato y se asumía que el programa sería igual de radical que el 2006. De hecho, eso se deja ver en el documento de conformación de la alianza Gana Perú entre el PNP y los grupos de izquierda que no tenían inscripción formal en el JNE.
Pero no contaron con algo. Y es que, más que ellos, terminó pesando más la “gran transformación” que el equipo de estrategas brasileros hizo con Ollanta Humala. Y no era un mero giro táctico como ellos suponieron. De hecho, el plan de gobierno que Ciudadanos por el Cambio elaboró y que fue tan satanizado durante la campaña electoral terminó en la oficina del Jurado Nacional de Elecciones por una casualidad, como comenta Rosa María Palacios, una de las periodistas que más criticó el proyecto original:
El grupo de Plan de Gobierno, liderado por el economista Félix Jiménez, preparó un documento con otros intelectuales de izquierda que ni los Humala ni su más cercano entorno político leyó completo. Humala pidió que se presentara un documento breve para cumplir con el requisito formal. Con buena o mala fe, eso nunca se sabrá, “alguien” introdujo el proyecto del plan completito. ¿En la esperanza de amarrar al candidato a unas convicciones económicas que ya no tenía? ¿Asustados porque el candidato creía ya para ese entonces en la estabilidad de los contratos o en la inversión privada como motor de la economía?
3. Los errores en el gobierno: Más que temas duros de gestión, la izquierda “histórica” cercana a Humala cometió tres grandes errores durante su estadía en el gobierno. El primero, de percepción, ha sido señalado hoy por Juan Carlos Tafur:
En el caso concreto del gobierno actual no ha sido capaz de analizar con inteligencia frente a qué se enfrenta. Humala no representa ya La Gran Transformación. De eso no cabe la menor duda desde la segunda vuelta electoral. Pero no es un gobierno derechizado y entregado –como dicen- a los embrujos de la derecha empresarial y los poderes fácticos. Humala aplica La Gran Moderación. Y no ser capaces de entenderlo y asumir que ello no la coloca fuera (como lo hacen varios ministros de clara identidad izquierdista que lo asumen y se mantienen trabajando en el gobierno), revela una vez más una pulsión autodestructiva, guiada por fundamentalismos, y ajena al ejercicio democrático del poder, donde nadie consigue, pues, el 100% de lo que se propone (y menos cuando se ha sido un furgón electoral antes que la locomotora del triunfo).
Este último punto llevó a un segundo error: creer que todas las batallas a pelear eran la última. En esa línea, señaló hace algunos meses el historiador Antonio Zapata:
Por otro lado, los impacientes creen que todas las batallas son definitivas. Por ello, viven al borde del Rubicón, sin oír a la otra parte ni abrir puertas de negociación; van al combate sin segunda opción. No hay cultura del punto intermedio y se prefiere la disputa, como si fuera una actitud más franca y directa.
Y el tercer error fue sobrevalorar sus propias fuerzas, importancia y condiciones. En esa línea, apunta Javier Torres:
Está claro que la izquierda que se comprometió con “la gran transformación” primero, y con “la hoja de ruta” después, lo hizo con un excesivo voluntarismo y con muy poca articulación y coordinación entre quienes ocuparon puestos de gobierno de relevancia como ministerios y viceministerios. En buena medida, debido a ello, no pudieron enfrentar la embestida de otros actores al interior del gobierno, que no solo tenían poderosos aliados afuera, sino una mayor capacidad para la gestión pública.
Así como se critica a cierta derecha conservadora su menosprecio hacia los derechos humanos (olvidando que tienen raíces liberales), nuestra izquierda “histórica” olvida que el libre mercado es, en estos momentos, una condición para el desarrollo. Puede criticarse muchos aspectos de la forma cómo se aplica en nuestro país y allí es necesaria la existencia de una izquierda liberal que pueda apuntalar a un Estado fuerte en su rol regulatorio. Y nuestros zurdos tendrán que entender que no todos los del otro bando son fujimoristas, así como solicitan que dejen de satanizarlos desde la vereda de enfrente.
La lección para la izquierda está en la construcción de uno o dos proyectos propios que le permitan depender menos de caudillos. Pero ello implica trabajo de base en distintos sectores que, hasta el momento, no han dado. He allí, además de los problemas de percepción antes anotados, el principal problema de un sector que debe existir en el país, pero que debe comenzar a entenderlo mejor.




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