
Diez años después de los atentados cometidos por Al Qaeda en Estados Unidos, además del recuerdo para con las víctimas de tan execrables actos, cabe hacer algunas reflexiones sobre las repercusiones de dichos actos terroristas para todo el mundo. Veamos algunos campos en que impactaron los atentados.
LOS HALCONES BELICOS Y EL PRESTIGIO NORTEAMERICANO: El gobierno de George W. Bush le infringió un grave costo a su país por las desacertadas decisiones bélicas que tuvo en el terreno bélico, gracias a sus asesores más duros y, probablemente, a otro tipo de intereses. El País resume lo ocurrido:
Invadió Afganistán, en un acto efusivo de cólera y venganza, sin método ni estrategia. Ciertamente, en Afganistán estaban los autores intelectuales de la agresión sufrida, que encontraron allí cobijo y sustento. Pero estos pudieron huir antes de caer en manos de los soldados invasores y lo que quedó detrás fue una guerra sin sentido ni fin que aún se sigue librando hoy y cuyos costes políticos y económicos se siguen pagando todavía.
Aquello parecía, sin embargo, insuficiente para compensar la afrenta recibida, y el Gobierno encontró en el cajón un proyecto previamente diseñado para invadir Irak y derrocar a Sadam Husein con la excusa de que, en aquellas circunstancias tan adversas, EE UU no podía convivir con el riesgo de un régimen de esa naturaleza al que acusaba de tener armas de destrucción masiva. Pese a demostrarse la falsedad de ese dato, tanto Bush como su vicepresidente, Dick Cheney, han seguido, en recientes biografías, reivindicando la necesidad de esa guerra, con el argumento de que el mundo sería mucho más inseguro si Sadam Husein hubiera seguido en el poder.
Quién sabe cuál hubiera sido la suerte del dictador iraquí si EE UU no hubiera intervenido. Quizá habría sido destituido por sus propios compatriotas, como Hosni Mubarak o Muamar el Gadafi, o quizá sería un aliado norteamericano contra Irán, como fue en algún momento de la historia. Lo cierto es que hace tiempo que los norteamericanos dejaron patente su oposición a ambas guerras -mucho antes y mucho más claramente a la de Irak-, en las que llevan perdidos a más de 6.000 soldados, el doble de los muertos del 11-S.
En esas guerras, particularmente en la de Irak, EE UU enterró más que hombres y mujeres: enterró también su prestigio como nación. Cuando Obama asumió la presidencia, la mayor parte de los europeos consideraba a EE UU una mayor amenaza para la paz mundial que cualquier régimen árabe. En países esenciales para la estrategia norteamericana, como Turquía, la popularidad de EE UU bajó del 20%. En el conjunto del mundo musulmán, la guerra de Irak y la reacción norteamericana al 11-S generó un movimiento de simpatía hacia las ideas de Al Qaeda que solo pudo ser contenido, años después, cuando se produjo un relevo en la presidencia en Washington y quedó claro que la mayoría de las víctimas de Al Qaeda eran musulmanas y que la opresión de los árabes no venía del otro lado del Atlántico sino desde las capitales de sus propios países.
LA ECONOMIA: Arista poco explorada para muchos, pero que ayer, el editor de Economía de El Comercio, Augusto Townsend, puso en perspectiva:
Luego de 10 años, se sabe que la invasión de Iraq no tuvo sustento alguno y que la invasión de Afganistán dio pie al conflicto armado más largo en el cual ha participado EE.UU. El costo de ambas guerras está entre los US$3 billones y los US$5 billones, según cálculos del Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Linda Bilmes.
Incluso si uno diera crédito a las teorías conspirativas que señalan que el objetivo velado en Iraq era el control de sus recursos petroleros, las intervenciones militares de EE.UU. en el Medio Oriente, siendo aquel el principal importador de crudo, le han sido más perjudiciales que beneficiosas, a juzgar por cómo se ha comportado el mercado petrolero global (el barril pasó de US$24 a inicios del 2000 a un máximo de US$147 en el 2008 y hoy bordea los US$90).
Hoy EE.UU. está endeudado casi por el equivalente a su PBI no solo por el enorme gasto que le han significado estas guerras, sino por sus errores de política interna. En su afán de devolverle la confianza al país tras los atentados, no solo se redujeron drásticamente las tasas impositivas, sino que se implementó una política monetaria expansiva acompañada por un proceso de desregulación financiera, cuyo objetivo era acercar a la clase media al sueño de la casa propia. El resultado, no obstante, fue la incubación de una inmensa burbuja inmobiliaria, que explotó en el 2008 y puso en vilo no solo a la economía estadounidense, sino al sistema financiero global.
Y hoy estamos a punto de entrar a una nueva fase de la crisis. Ojo con lo que menciona Oscar Ugarteche en una entrevista publicada ayer en La República.
EL TEA PARTY: El Partido Repúblicano, que ya tenía las antipatías de varios por ser bastante conservador y las simpatías de otros por su preferencia por la real politik, está en la peor de sus crisis, a pesar que tiene serias opciones de quitarle la presidencia a Obama. Moises Naim, que no se encuentra precisamente a la izquierda del espectro, indica el por qué:
Hoy, diez años después, hay otra pregunta igualmente válida: ¿Dónde están los líderes moderados del Partido Republicano estadounidense? Este partido también ha sido capturado por una minoría extremista que, según las encuestas, no representa los ideales, objetivos y métodos que históricamente han definido la causa republicana. Es obvio que los extremistas del Tea Party no son asesinos y su influencia se debe a los apoyos que han logrado dentro del sistema democrático estadounidense. Pero la realidad es que este grupo de radicales con poder es -por razones y con métodos muy distintos a los de Al Qaeda- una fuente de inestabilidad internacional. Hace poco, los líderes del Tea Party estuvieron a punto de producir una catástrofe en la economía mundial y, de poder hacerlo, acabarían con cualquier iniciativa dirigida a atenuar el calentamiento global. Y estos son solo dos ejemplos, pero hay muchos más.
(…)
Rick Perry, por ejemplo, es el gobernador de Texas y puntea en las encuestas para ser el candidato presidencial del Partido Republicano. Perry opina que el sistema de seguridad social de Estados Unidos es anticonstitucional y debería ser abolido. También ha dicho que no tiene dudas de que las 234 personas condenadas a muerte en Texas durante su mandato son culpables y que ningún inocente pudo haber sido culpado -y ejecutado- por error. Las estadísticas, sin embargo, no justifican tanta seguridad. Perry, en cambio, sí duda de las conclusiones de la abrumadora mayoría de los científicos que opina que el planeta se está calentado. Y no es solo Rick Perry. Para llegar hoy a tener influencia en el partido Republicano es necesario cuestionar a Darwin, insultar a Keynes, repudiar cualquier intento de hacer más difícil comprar una ametralladora y defender la abstinencia como única practica aceptable para evitar el embarazo de las adolescentes. En economía, relaciones internacionales, protección social o seguridad nacional las posiciones que deben adoptarse para ser aceptable para el Tea Party también son extremas y con frecuencia están reñidas con los datos disponibles.
EL TERRORISMO INTERNACIONAL: Sólo después de un trabajo de inteligencia, Osama Bin Laden pudo ser ubicado y muerto. ¿Y que queda de Al Qaeda? Farid Kahhat señala:
No es probable que Al Qaeda conmemore la ocasión como desearía. Para empezar, habría que recordar que esa organización jamás dejó de proferir amenazas contra Estados Unidos y sus aliados desde su creación: si no ha cumplido con ellas no es por que haya hecho un ejercicio de autocontención. Prueba de ello son los numerosos intentos develados por los servicios de inteligencia de países miembros de la OTAN. El último atentado de gran magnitud contra objetivos civiles perpetrado por Al Qaeda en uno de esos países data del 2005 (contra el sistema de transporte público en Londres). Si no ha reeditado una acción de ese tipo no es porque no haya querido, sino porque no ha podido. Y si llegara a tener de nuevo la capacidad para hacerlo, probablemente la aprovecharía de inmediato, antes que esperar una fecha simbólica corriendo el riesgo de ser descubiertos.




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