Archivo de 5 Setiembre 2011

El señor de la derecha en la foto se llama John Hamilton. Para quienes estaban en edad de pediatría en los 90s, fue embajador de los Estados Unidos en el Perú entre 1999 y 2002. Y es ahora el protagonista de uno de los últimos Wikileaks que ha salido sobre el Perú.

El cable, en realidad, es inocuo en términos reales. En el mismo, Hamilton da su apreciación personal sobre Alejandro Toledo, haciendo alusión a cuestiones vinculadas a su vida personal. Como mencionó Carlos Bruce, ex amigo de Toledo, en realidad el ex presidente no le debió dar tanta pelota a este tema. Pero Toledo, fiel a su estilo, ha respondido con todo en una entrevista a La República, en la que acusó a Hamilton de haber sido muy cercano al régimen de Fujimori y Montesinos, a quienes atribuye las versiones sobre su conducta personal.

Ciertas o no las cuestiones vinculadas a la vida personal de Toledo - que, al ya no ser funcionario público, no le deberían interesar a nadie -, Hamilton no era precisamente lejano al régimen fujimorista. Hoy Diario 16 ha rescatado una historia más que interesante:

A lo dicho por el líder de Perú Posible se suma lo indicado por la asesora principal de la Oficina en Washington para los Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés), Coletta Youngers, en su libro ‘Violencia política y sociedad civil en el Perú, historia de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos’ (CNDDHH)´, publicado en 2003.

Allí narra cómo es que Hamilton propuso a los representantes de esta entidad que sostuvieran una reunión con Montesinos para obtener “beneficios concretos” para inocentes procesados por terrorismo.

(…)

“Una vez de regreso a Lima, el embajador Hamilton nuevamente planteó el tema. Un emisario, Jorge Santisteban, fue a hablar en privado con Macher y le sugirió que se reuniera en privado con Montesinos. Macher respondió argumentando que ella haría eso únicamente a solicitud del Consejo Directivo de la Coordinadora, y siempre y cuando se tratara de una reunión pública”, se lee en el libro.

Asimismo, cuenta que en enero de 2000, tres representantes de la CNDDHH se reunieron con el mismo Hamilton para decirle personalmente lo inconveniente de una reunión de ese tipo, pues legitimaría la figura de Montesinos, quien por cierto ni siquiera era un funcionario público reconocido.

“Hamilton les dijo que ellos podrían conseguir resultados concretos de tal encuentro, específicamente, la liberación de algunos prisioneros a cambio de proporcionarle legitimidad a Montesinos o al régimen que él representaba”, se lee en la página 407.

En efecto, el libro menciona esa reunión y la negativa de los activistas de derechos humanos a semejante propuesta. Y aquí la pregunta sería: ¿por qué el embajador de los Estados Unidos de América proponía reuniones en la salita del SIN? Esta es una pregunta que Hamilton no ha aclarado.

Curiosamente, este cable fue difundido en la misma semana que Wikileaks ha afrontado su mayor crisis. Marco Sifuentes tiene la historia:

La organización enfrenta en estos días su mayor crisis de credibilidad. Durante meses estuvo publicando, poco a poco, en coordinación con decenas de medios alrededor del mundo, algunos de los más de 250 mil cables diplomáticos que tenía en su poder. Las publicaciones coordinadas con los diarios se cuidaban, más o menos, de proteger a los informantes de las embajadas.

El acuerdo entre Wikileaks y los medios consistía en remplazar el nombre de los informantes con doce equis (XXXXXXXXXXXX). Los diarios, además, estaban en libertad de recortar partes sensibles de los cables si así lo consideraban prudente. Esto no impedía que Wikileaks colgara en su web los cables completos, únicamente con los nombres remplazados por las X. De esta  manera, por ejemplo, en este mismo espacio fuimos capaces de deducir la identidad del informante que reveló los vínculos del Ejército con el narcotráfico.

Las precauciones de Wikileaks ya eran imperfectas pero lo que pasó esta semana se trajo abajo todo eso. Un periodista de The Guardian que había colaborado con ellos desde casos anteriores reveló la contraseña para desencriptar el famoso archivo “insurance.aes256″, más conocido como el “seguro de vida” de Julian Assange. Este archivo llevaba meses dendo vueltas por los torrentes y miles de personas lo habían descargado. Se suponía que si a Assange le pasaba “algo”, Wikileaks daría el password para que esos miles pudieran abrir la caja de Pandora.

El problema es que ese archivo contenía los 250 mil cables sin editar, el material crudo, con los nombres de todos los informantes de las embajadas norteamericanas alrededor del mundo.

Y de hecho, dado que ese password estaba flotando, Wikileaks decidió soltar la clave de marras, con la condena de los diarios que publicaron originalmente sus informaciones. Y ello le ha complicado la vida, aún más, a una organización que ha sido víctima de su propio éxito. El golpe de los cables le causó la fama mundial, pero ha terminado siendo su ruina.

Es cierto que los cables de Wikileaks tuvieron cierto impacto en la elección peruana - sobre todo, el vinculado a Fernando Rospigliosi - y que otros merecían una investigación mayor. Pero había que tomarlos como una fuente más entre varias, dado que muchos son versiones de parte y otros apreciaciones de funcionarios norteamericanos. El caso del cable de Toledo cae en este último caso. Pero aquí, más que el ex presidente, quien ha terminado más dañado es el diplomático norteamericano, sobre todo, por el contraste con otras fuentes, siempre necesario ante este tipo de material.

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