Archivo de 26 Julio 2011

Que el Presidente de la República termine rogando para que no lo pifeen en el Congreso, como condición para asistir a la ceremonia de transmisión de mando, aparte de ser una majadería, revela, en forma inconsciente, los temores de un mandatario que sabe que su tarea no ha sido cumplida. Al menos, no como muchos peruanos esperaban.

Alan García llegó al gobierno por segunda vez luego de pedir perdón al país por sus desastres económicos y prometiendo no volverlos a cometer. En términos generales, esa tarea ha sido cumplida. No sin algunos sobresaltos, el país pudo capear lo mejor que pudo la crisis internacional y durante este quinquenio, las cifras macroeconómicas, en su mayoría, han sido positivas. Sobre todo las del crecimiento del PBI. A ello sumemos la apertura comercial con la firma de varios tratados de libre comercio.

Nota aprobatoria también obtiene en política exterior. El trabajo realizado por José Antonio García Belaúnde durante un quinquenio, en términos generales, ha sido estupendo. El trabajo hecho en relación con los vecinos y, sobre todo, en la presentación y réplica de la demanda por límites marítimos con Chile ante la Corte Internacional de Justicia. Los gazapos en estos temas se debieron, antes que a Torre Tagle, al Presidente de la República.

Entonces, ¿por qué García termina con una desaprobación mayor a su aprobación y rogando para que no lo humillen? René Gastelumendi da parte de la explicación:

Ya sea respondiendo alguno de los innumerables cuestionamientos que protagonizó la caterva de apristas que, bajo su gestión, plagó de ineficiencia el sector público, o incluso al dar una simple opinión sobre cualquier tema como jefe de Estado, su mirada fue la misma. Nunca la saludable autocrítica, siempre el autobombo y la descalificación de sus opositores, siempre tratando a sus compatriotas con los modales de un reyezuelo borbónico con pinta de pachá.

En efecto, un estilo soberbio, en el que la obra pública que el Presidente inauguraba (muchas veces incompleta) era la que valía, distante del ciudadano, con poca vocación de servicio auténtico, generó para AGP el mismo efecto que la frivolidad causó en Alejandro Toledo durante buena parte de su gestión.

Pero la cosa no quedó solo en cuestiones de forma. De hecho, esta forma de entender la política se complementó con un pensamiento conservador y reduccionista, bien descrito hace algunas semanas por Roberto Bustamante:

Es un embate ideológico donde resuena con fuerza la idea del emprendedor y no del ciudadano. No se trata de una sociedad de personas con deberes y derechos, sino más bien donde el éxito (y la movilidad social) es individual. Parte de ese discurso apareció en ciertos sectores en la segunda vuelta cuando se trató (inútilmente) de discutir la necesidad de derechos universales. ¿Por qué debo yo costear la educación del que no tiene?, decían algunos y algunas. Como si el otro se mereciera su pobreza.

(…)

Es claro también que esa división tiene una huella colonial muy fuerte. Se expresa también en las actitudes abiertamente racistas contra aquellos que piensan distinto porque “viven en zonas donde no hay mucho oxígeno” (Kuczysnski dixit) y que eso explicaría su salvajismo y actitudes irracionales. Una costa moderna y católica y por el otro lado una sierra arcaica y profana.

Esa es la masacota liberal peruana: Liberalismo económico pero conservadurismo político, social y cultural. Masacota ideológica que se ubicó en las últimas elecciones alrededor de la candidata Fujimori.

Esa masacota ideológica es la responsable de varias de las peores decisiones de García. El manejo de los conflictos sociales, sobre todo en Bagua, tenía como centro esta visión del mundo en la que sólo su versión de la modernidad era la que tenía cabida. A los militares procesados por violaciones a los derechos humanos les daba el Decreto Legislativo 1097 (felizmente derogado), pero a los que cumplieron con su deber (en actividad o retiro) los tiene en ascuas con las indecisiones en la reforma pensionaria de las Fuerzas Armadas. Las políticas sobre derechos humanos no existieron y, cuando se crearon - como el Museo de la Memoria o el programa de reparaciones colectivas - se han hecho a trompicones y con poco contacto con los beneficiarios finales. Se crearon ministerios de Ambiente y Cultura, pero sin políticas claras para estos sectores.

Para coronar la faena, dos aspectos. El primero, la carencia de reformas, descrita bien por Augusto Álvarez Rodrich:

El problema del segundo gobierno de García es que su gran interés por la obra fue inversamente proporcional a su interés por el fortalecimiento institucional. (…) La inseguridad ciudadana aumentó. La educación y la salud públicas siguen siendo una estafa. No le interesó la cultura, pero hizo el Teatro Nacional. No hizo la reforma del Estado Nacional, así que solo reformó el Estadio Nacional.

La segunda es la corrupción. Al igual que en su primer periodo, García se va con sospechas respecto a la probidad de muchos de sus funcionarios o sobre los beneficios de varias licitaciones y adquisiciones. El punto máximo fue el caso Petroaudios-BTR, donde, por lo pronto, le cabe una grave responsabilidad política al Presidente de la República.

De un lado, por la permisividad que tuvo inicialmente con un sistema de inteligencia paralela conformado  por personas que habían trabajado antes en instituciones militares vinculadas a esta materia, tomando en cuenta los antecedentes de Montesinos. Del otro, por este afán de llevar al extremo la promoción de inversiones, pero ya en un plano en el que algunos ministros y funcionarios se convirtieron en gestores de intereses de empresas, los planos se confundían, las prácticas ya clásicas en el país se repetían y sofisticaban y los faenones se concretaban. De allí que no sorprenda que Jorge del Castillo vea como “normal” reunirse con periodistas o empresarios en hoteles de lujo.

Todo ello, sumado a la forma como destrozó su partido, explica la soledad política de García, sus temores y su necesidad de inauguraciones. Se pretende cubrir con cemento lo que no se hizo en 5 años. Y más allá de los aspectos positivos, el Presidente se va cuestionado, aunque cada vez más convencido de que sigue siendo el rey (del conservadurismo).

(Foto: Perú.21)

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