Archivo de 14 Julio 2011

En medio de la fiebre futbolística generada por la relativamente buena participación de la selección peruana en la Copa América, el Presidente de la República “inaugurará” las obras de remodelación del Estadio Nacional.

Y pongo las comillas porque esta ceremonia se realizará a su estilo. Es decir, con la obra a medio terminar, sin entradas a la venta – bajo el pretexto de la “invitación a sectores populares” – para evitar pifias y en una fecha en que, además de competir con la final de la Copa América, no se pudo tener a dos equipos de peso internacional.

Esta extraña ceremonia ha tenido la aquiescencia del Instituto Peruano del Deporte y de su jefe, el señor Arturo Woodman. No es la primera vez que desde esta dependencia estatal se complacen los caprichos presidenciales.

De hecho, en el año 2008, el Presidente de la República hizo un doble papelón, al anunciar presentar sucesivamente la candidatura del Perú para la organización de los Juegos Olímpicos 2016 y 2020. Alan olvidó que las sedes se conceden a ciudades y que los plazos para la presentación de postulaciones jugaban en su contra (2016, ya cerrado, 2020, se abrirá luego del cambio de mando). No tomó en cuenta tampoco que una futura sede olímpica tiene que haber organizado antes eventos similares de alcance regional, como los Juegos Panamericanos.

Y ese fue el siguiente paso de la dupla García – Woodman. Pero volvimos a fracasar estruendosamente, perdiendo ante Toronto. Y creo que las razones son bastante claras.

En primer lugar, el país no tiene un plan serio de proyectos de mejora o construcción de infraestructura deportiva. Sin ir muy lejos, para el Bicentenario de la independencia de Chile, el gobierno construyó nuevos estadios y centros de alto rendimiento para muchas disciplinas deportivas. Aquí ni siquiera se pudo conseguir el apoyo de la empresa privada para ello.

Y en segundo lugar, carecemos de una política deportiva que merezca ese nombre. ¿Qué tenemos? Recortes de presupuesto, dirigentes deportivos cuyo poder se basa en el mecenazgo y caciques al mando de deportes populares, deudas tributarias, carencia de metas medibles en ciclos olímpicos y la Educación Física no obligatoria en los colegios del Estado.

Nada de ello cambió, a pesar de lo prometido en el plan de gobierno del APRA. Pero para el Presidente, la vida es un carnaval. Esta inauguración también lo es.

(Columna publicada en Diario 16 el 14.07.2011)

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