Una cuestión que le debe quedar clara al humalismo es que ha llegado la hora de la negociación para poder llegar al poder. Ello implica concesiones, acuerdos y sobre todo, política y saber escuchar al otro.
Y así como hay algunos que se han puesto el kimono de inmediato e intentan convencerte de las bondades de su proyecto político, desde algunos sectores ya conversos o recientemente adherentes a la candidatura de Humala existe una hostilidad a quienes hacen legítimas preguntas sobre los planes de Gana Perú para gobernar el país.
Quizás el sector que más críticas y dudas tiene en este momento es una porción de la clase media (finalmente, el A, a pesar de que votará casi en mancha por Keiko, se terminará acomodando). Y digo una porción porque Roberto Bustamante ha hecho un interesante deslinde con la nueva clase media:
¿Y qué pasó? Que estos sectores de migrantes y sus hijos y nietos (hace unos años se les llamaba “nuevos limeños”, término algo despectivo), capitalizaron. Ahora se habla de una clase media en estas nuevas Limas (nuevamente, hago referencia a los estudios del Grupo Arellano). Una clase media que creció y tiene un nivel de consumo enorme. Arellano tiene razón cuando dice que esta clase media es muy distinta a cualquier otra y que la define su consumo, las cosas que compra mucho más que lo que produce. Es cierto, es más o menos el argumento de un Pierre Bourdieu en su libro La Distinción.
Ya, bueno, la historia. ¿Qué tenemos ahora? Una nueva clase media. Una nueva configuración de la ciudad. Si se han fijado todos bien, esta clase media ha ingresado fuertemente a los medios y estos la reflejan a través de tantas y tantas historias y miniseries de hombres y mujeres que emprendieron, que salieron y que ahora triunfan. Si es cierto o no, es otra discusión, pero es claro que estas sensibilidades algo reflejan.
Y esto también se ve en los cambios electorales. Los viejos partidos fueron porque se han ido distanciado más y más del lenguaje de esta capa media que ahora domina los medios, la calle y aspira a más. Y en ese escenario es que se ha montado la elección del 2011. Mucha de la pelea entre varios candidatos ha ido a este sector y el que la ganó (en la primera vuelta) fue OH. Les ofreció algo más. Mientras las viejas capas medias y altas (imagino que han visto qué partes de Lima han votado mayoritariamente por Pedro Pablo Kuczynski, ¿no?) tienen miedo, en estos sectores no hay tanto. Los más pobres votaron por Keiko Fujimori, sobre todo por el recuerdo de las relaciones clientelares en la época de su padre.
Entonces, ¿de que clases medias hablo? Pues de quienes votaron por PPK o por Alejandro Toledo en primera vuelta, que se encuentran en su mayoría en el centro de la ciudad y que tienen legítimas dudas sobre el rumbo del país con un gobierno de Humala. Y muchas dudas se encuentran basadas en el plan de gobierno de Gana Perú, así como en la agresividad de algunos humalistas que piensan que llegó la hora de “ajustar cuentas”.
Dichas dudas están centradas en el tema económico. Por ejemplo, si es necesario tener empresas públicas, en qué casos y para qué, sobre todo, considerando el fracaso de la experiencia de los años setenta y ochenta. O si las inversiones que hacen las AFPs para incrementar los fondos de pensiones se verán afectadas. O como quedarían cosas más domésticas como los créditos de consumo, el manejo de la moneda (osea, el precio del dolar) y de la inflación. Y qué aspectos puntuales de la Constitución plantearían reformar, dado que ahora el nuevo discurso humalista es que la idea de la Asamblea Constituyente se va al tacho de la basura.
Para que dicha derecha o centro liberal - mucha de la cual, además, valora temas como la consolidación de la democracia y los derechos humanos - pueda tender puentes con el humalismo, éste deberá ser claro en gestos, palabras y personas. Como bien señala Juan Carlos Tafur, esto no se resuelve firmando pactos. El papel aguanta todo y ha quedado casi tan desvalorado como la palabra en este país.
Se requiere, en otras palabras, de un discurso claro y creible. De lo contrario, gestos como los llamados preliminares a Luis Carranza para la parte económica quedarían como hechos aislados, inconexos y, peor, sin brindar la confianza a quienes no querían verse envueltos en un dilema hamletiano como el que tenemos entre manos.




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