Archivo de 2 Abril 2011

Este domingo 10, nos jugamos más que el modelo económico.

Sí, yo que muchos de los lectores de este post andan asustados con las medidas que Ollanta Humala puede tomar en el aspecto económico y que algunos de ellos incluso preferirían votar por Keiko Fujimori en pos de preservar los buenos números macroeconómicos.

A todos ellos les diria que, votar por el fujimorismo “para preservar el modelo”- en primera o en segunda vuelta - sería un grave error.

Todos sabemos, quienes votan o quienes rechazamos a la señora Fujimori, que, en el fondo, el voto a su favor es un voto por su padre. Sea por agradecimiento ante obras, ante una presunta salvación que en realidad nunca fue tal - ver argumentos aquí - o sea porque realmente piensan que “robar y matar no es malo o es un costo a pagar, en tanto y en cuanto nos deje hacer plata o haga obra”. Y sabemos también que con Keiko en Palacio, tendremos a Alberto en el poder.

Para quienes no les convencen los argumentos humanitarios - la defensa de los derechos humanos - o jurídicos - como las sentencias contra Fujimori, en las que incluso, en algunos procesos, se terminó declarando culpable -, vayamos a las cifras a las que sí les hacen caso. Vía Roberto Bustamante, un cuadro que resume lo que nos costó la corrupción fujimorista a los peruanos:

(Fuente: Quiroz, Alfonso. “Los costos históricos de la corrupción en el Perú Republicano” en El Pacto Infame, Estudios sobre la corrupción en el Perú, Felipe Portocarrero, editor. 2005. Red para el desarrollo de las ciencias sociales en el Perú)

La corrupción del gobierno fujimorista tuvo parte de su inicio, y, a la vez, su consecuencia, en el autoritarismo del régimen. Las denuncias por robo de ropa donada hechas por Susana Higuchi fueron el detonante final del golpe del 5 de abril de 1992 (con otros factores a analizar). Y la permanencia en el poder (las reelecciones consecutivas) tenía como motivo central la impunidad, tanto en robos al Estado como sobre violaciones a los derechos humanos.

A los que se vanaglorian de las cifras fujimoristas les preguntaria: ¿cuántas de las obras que le atribuyen se podrían haber hecho con lo que Fujimori y sus compinches depredaron al Estado peruano?

Y es que a la larga, la corrupción no solo termina afectando la moral, las leyes o la dignidad nacional. También repercute en el bolsillo. Y cuando no existen controles institucionales, esto se produce en las escalas que ya le conocemos al fujimorismo.

Y mientras le seguimos tirando piedras a Humala por lo económico, no nos fijamos en la tremenda viga que tiene en los aspectos democráticos. Dos botones a la vista. De un lado: Renato Cisneros comenta el capítulo más controvertido del plan de Humala: lo que haría con los medios de comunicación:

Los párrafos dedicados al tratamiento que un eventual gobierno suyo tendría respecto de los medios de comunicación son para asustarse. Cita el modelo argentino como si se tratase de una referencia atendible y responsable, cuando es el modelo que más criticas recibe por parte de la Sociedad Interamericana de Prensa. Después de la experiencia castrante del fujimorismo –y ante la imperiosa necesidad de un gobierno que nos garantice libre opinión– este asunto es especialmente sensible. A qué se refiere exactamente Humala cuando al final del capítulo 2 de su plan nos advierte que: “Se asegurará que los medios estén al servicio de la democracia”. ¿Quién se asegurará? ¿De qué manera? ¿Podría definirnos antes qué entiende por ‘democracia’?

Y, en una columna en la que también le manda sus grandotas al fujimorismo, Carlos Meléndez señala:

Segundo, Ollanta Humala se esfuerza por mostrarse como un guardián de la democracia, cuando su pasado militar lo asocia con actos de sublevación y violencia (Locumba, Andahuaylas). Pero lo que preocupa seriamente es la concepción de la democracia que comparten tanto él como sus asesores intelectuales. Para ellos, la democracia es sobre todo “social”, y no se entiende sin la “lucha contra la pobreza” (tarea que no es inherente a un régimen político sino a la gestión estatal). Si la democracia se juzga por resultados sociales, las reglas de juego pueden subordinarse a la sonrisa feliz de los que reciben dinero en efectivo o una canasta de comida. La institucionalidad no importa si se cautiva al electorado con clientelismo. En este punto el fujimorismo y el humalismo se interceptan: la política como resultado.

Seamos claros, tanto Fujimori como Humala son capaces no solo de mandar al diablo los avances económicos, sino también la democracia.  Y son ambas cosas las que nos jugamos en esta elección.  No nos olvidemos, finalmente, que para que el crecimiento siga y pueda llegar a más peruanos realmente, requiere de instituciones. No volvamos a patear el tablero en aras de la revindicación de un delincuente sentenciado o de un cambio económico que no tiene sostenibilidad real en el tiempo.

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