Archivo de 7 Junio 2010

Ayer en el Twitter, debatía con varias personas sobre cuales eran los límites de una cobertura de un suceso policial, a raíz del asesinato de Stephany Flores, cuyos detalles a estas alturas ya deben conocer ampliamente.

Una primera pregunta es si esto es una cortina de humo para tapar otras cosas. Considero que no. La cortina de humo implicaría la existencia de un gran titiritero o de una gran conspiración. Fernando Vivas señala los límites de este pensamiento:

El pensamiento conspirativo, el que bautiza todas las cortinas, es un pensamiento acomplejado porque cuando somos presas de él los humanos asumimos que los demás sí tienen la capacidad de planificar, calcular y manipular, de la que nosotros —pobres mortales enyucados— carecemos. Y lo peor es que, aunque la lógica conspirativa surge de la duda y la desconfianza (buenos métodos de tanteo e investigación), esta se trastoca bruscamente en fe ciega en la existencia del complot. Y tal convicción puede contagiarse a otros hasta que se arma una verdadera conjura de necios tratando de desbaratar la presunta conjura de los malvados.

Creo yo que el caso en cuestión sí debía ser tratado, dadas las circunstancias del caso - el perpetrador del crimen había cometido el mismo hecho en otro país, en la misma fecha, el año pasado -, pero lo que si cabría criticar es la carencia de otros enfoques para tratar la noticia. Salvo excepciones como las de El Comercio - en donde ví algo más de análisis sobre el contexto juvenil que había como telón de fondo en este caso - los demás medios se han limitado a repetir los mismos datos proporcionados por la Policía o por el cable, sin un análisis más a profundidad.

Otro aspecto que puede ser criticable es dejar de lado otras noticias de relevancia por solo cubrir este caso. Ayer en todos los programas dominicales faltó una reflexión más profunda sobre el tema Bagua. Si bien los programas políticos de la semana - sobre todo La Hora N y Prensa Libre - ya habían cubierto el evento, dado el aniversario del mismo, sí merecía una cobertura especial. Pero aquí, nuevamente, antes culpar a una supuesta llamada de Alan diciendo “no me saquen esta vaina”, cabría el jalón de orejas a productores y directores de estos espacios por no tener este tema en su pauta.

Donde sí le cabe una responsabilidad al Estado es en el pésimo manejo que tiene la Policía Nacional de este tipo de coberturas. En su columna de hoy, Vivas anota:

La percepción de un país cuyas autoridades políticas y policiales aprovechan cualquier noticia de impacto para lanzarse de animadores de circo y distraer de sus problemas locales ha llegado clarísima a las redacciones de los medios que nos visitan. Tal vez ellos no lo critiquen, sino que lo agradezcan porque se les facilita el trabajo, pero sus audiencias van a toparse con un país jocoserio, cuya policía pasea al sospechoso por carretera, permite que la gente le dé mochilazos y lo hace desfilar más de una vez ante la prensa, como si la presa y sus captores fueran comediantes que merecen más de una tanda de aplausos.

Ojo que esto no esto no ocurrió solo en este caso, sino que también se ha presentado cada vez que tenemos un caso policial de impacto entre manos. De hecho, el anterior jefe de la DINICRI fue criticado por privilegiar la dosificación de pistas en este tipo de hechos. La situación se complica al ser la fuente policial la privilegiada, tanto por acceso a información sobre el caso, como por su veracidad (o verosimilitud) en este tipo de sucesos.

Por tanto, más que en Palacio, busquemos en Corpac a uno de los responsables de como se maneja la cobertura de sucesos policiales, que busca ahora pasar piola con el casote de los portatropas. Pero también le cabe a la prensa una reflexión sobre el manejo de sus fuentes y presentación de la información cuando se hace crónica roja.

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