Archivo de 4 Mayo 2010

Se vienen cerrando los 25 años de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP), el gremio de los gremios empresariales. La institución ha tenido un balance de luces y sombras sobre el que es necesario reflexionar.

Sin duda, la CONFIEP ha sido un agente importante para la defensa de la propiedad, que es un derecho humano fundamental. El rol que tuvo en momentos críticos en esa materia, como fue la estatización de la banca que pretendió hacer Alan García en su primer gobierno, fue fundamental para parar lo que era una iniciativa peligrosa para el país, como se mostró en su momento.

También lo ha sido en la promoción de la inversión y de reformas de mercado que, en términos de crecimiento económico, han sido realmente importantes en los últimos 20 años. Y en los últimos años, la visión del gremio ha buscado acercarse a los mercados regionales y las cámaras de comercio de cada departamento, así como a propuestas en la búsqueda de una mejor competividad para el país.

Sin embargo, tengo una visión más critica de la actuación de la CONFIEP en tres temas.

El primero es la defensa de la democracia. Muchos de los presidentes de CONFIEP de los años noventa no dudaron en aplaudir a un autócrata que ofrecía inversión privada, sin importar el daño que le hizo a la institucionalidad un gobierno como el de Fujimori. Hasta el momento, no se hizo una autocrítica sobre este importante lastre. Y tampoco se ha reflexionado sobre el daño que, al apoyar a una autocracia, se le ha hecho a la imagen del libre mercado en el Perú, al asociarse reformas importantes para el país con el gobierno más corrupto de la historia republicana y encabezada por un condenado por asesinato.

El segundo es la defensa de los derechos humanos. Como lo registro el Informe de la CVR - que la CONFIEP rechazó sin haberlo leido en un comunicado digno de mejor causa -, la actuación de los gremios empresariales no fue precisamente la más feliz. Veamos dos conclusiones del capítulo sobre sindicatos y gremios de empresarios:

La visión que tuvo el empresario sobre la violencia política se circunscribió a la ausencia de una adecuada represión por parte del Estado y, en ningún momento, intentó enfocar el problema como una evidencia de problemas sociales y políticos. En el mejor de los casos, la presencia de elementos subversivos en los sindicatos fue visto como una cuestión que podía resolverse con mayores flexibilidades en el ámbito laboral y con la reglamentación del derecho a la huelga.

Tanto los sindicatos como los gremios empresariales fueron organizaciones que presentaron muchas debilidades, manifestadas en su representatividad y legitimidad. Fue evidente que entre ellos primaron prácticas antidemocráticas que, dado el caso, servían como justificación para desprestigiarse mutuamente.

Hasta hace unos años, se podía decir lo mismo en materia ambiental y, de hecho, varias empresas siguen siendo excesivamente torpes para tratar el tema o explicar las bondades de sus proyectos a las comunidades que se encuentran cerca de los mismos. Pero también han habido gestos a favor de este tema, como sacar a Doe Run de la Sociedad Nacional de Minería y Petróleo.

Finalmente, el último tema tiene que ver con corrupción. No faltará el radical que diga que todas las empresas privadas grandes son intrínsecamente corruptas, cuando no todas lo son. Pero creo que en el gremio de gremios, más allá de los buenos discursos de su presidente, Ricardo Briceño, y del establecimiento de códigos de ética en todos los gremios integrantes de CONFIEP - lo que es un gran paso -, debe tenerse una reflexión y acciones mayores a partir de un caso reciente.

Me refiero al caso Petroaudios. En el mismo hemos visto a espias dando charlas sobre seguridad nacional en la propia CONFIEP, con dos ex presidentes del gremio empresarial como padrinos; hemos visto espionaje industrial en medio de disputas en mercados reducidos; y a un ex presidente de CONFIEP chuponeado así como a varios abogados del estudio en el que es socio.

Estos son temas en los que CONFIEP, que en estos últimos años tiene un discurso más proactivo hacia un modelo de desarrollo que no tenga como único centro al crecimiento económico, deberá reflexionar. La falta de democracia, la violación de derechos humanos y la corrupción son temas que, a la larga, además de ser nocivos para el país en general, terminan siendo perjudiciales para la inversión privada. Y al final, terminan haciendo que el país crezca menos y, por supuesto, siga en el subdesarrollo.

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