
Como toda institución humana, la Iglesia Católica tiene muchos defectos, pero también varias virtudes. Como creyente, creo que me cabe recordar el rol fundamental que tuvieron sacerdotes y laicos comprometidos durante el conflicto armado interno, a través de una actividad pastoral que no se eximía del compromiso social ni del rechazo a toda forma de violencia.
Y como creyente también, creo que los católicos peruanos - sobre todo limeños - en cinco años, deberemos examinar el nefasto rol que ha cumplido Juan Luis Cipriani como Arzobispo de Lima y Cardenal. Digo cinco años, porque ese es el tiempo que falta para la jubilación de este personaje.
No voy a enumerar aquí todas las cosas que ha hecho Cipriani durante su arzobispado, pero si señalo las principales: el maltrato a congregaciones religiosas, el cierre de un colegio centenario en Lima, sus intentos por controlar la PUCP, la defensa del fujimorato en sus peores tiempos, su poca autocrítica ante sus dichos y acciones durante los tiempos del conflicto y sobre todo, la poca comprensión que ha tenido sobre la separación constitucional entre el Estado y las confesiones religiosas.
En este último tema, su último hito ha sido el pedido de renuncia al ministro de Salud Oscar Ugarte, por el reinicio del reparto del anticonceptivo oral de emergencia (la famosa píldora del día siguiente), gesto que el ministro tomó con el respaldo de Alan García y Javier Velásquez Quesquén. Y salvo el propio Velásquez Quesquén, ocupado en poner paños fríos en la relación con el Cardenal, varios representantes del gobierno le han recordado a Cipriani la separación entre Iglesia y Estado.
Por supuesto que Cipriani tiene todo el derecho de opinar lo que se le venga en gana y de discrepar de varias políticas del gobierno. Es el derecho que le cabe como ciudadano. El problema está en que la opinión que da lo hace como Cardenal y Arzobispo, lo cual vulnera el artículo 50° de la Constitución. Esto se agudiza más cuando muchos creen que este personaje es la voz oficial de la Iglesia Católica, que en realidad está en la Conferencia Episcopal Peruana (aunque en este caso, sin pedido de renuncia, el resto de obispos discrepa abiertamente de la última acción de Ugarte).
Pero, además de todo lo señalado, Cipriani termina haciendole un daño a los creyentes que no pensamos como él y que terminamos expuestos a los ataques de personas ateas u agnósticas quienes merecen todo el respeto del mundo por no tener una creencia, pero que a veces olvidan que el mismo respeto que reclaman hacia su elección personal deben tenerlo con quienes no creen, pues terminan atacando a todos los creyentes, metiendo a Cipriani en el mismo saco que todos los católicos.
Y como este post lo comprueba, no todos los católicos pensamos como el Cardenal. A no generalizar. Y Monseñor, tiene una Semana Santa para reflexionar sobre sus pasos.
PD: Este blog regresa el sábado.
MAS SOBRE EL TEMA:
Augusto Alvarez Rodrich: Ciudadano Cipriani, ¿monaguillo García?




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