

Hoy lo primero que leí en medios fue la columna de Patricia del Río, en la que puso ejemplos de personas que, sin hacer muchas olas, habían hecho cosas que, en un país donde la honestidad y la solidaridad a veces parece pagar poco, son dignas de destacarse.
De todas las historias que cuenta Patricia, la que más me impacto es la de Sebastián Schreier, un joven velerista peruano que vive en Alemania y que, en medio de una regata, rescató a un colega español quien, debido a un choque de embarcaciones, se encontraba en peligro de ahogarse. Schereier olvidó lo que podía ser una gloria personal pasajera, es decir, ganar dicha competencia, para rescatar una vida.
Lo que hizo Sebastián, me recuerda, guardando las distancias, un gran gesto de un ilustre peruano que acaba de partir a la eternidad: Juan Julio Wicht. Este emblemático profesor de la Universidad del Pacífico y sacerdote se encontraba entre los rehenes del MRTA, capturados por los terroristas en la residencia del Embajador de Japón en diciembre de 1996. A él le tocaba salir al quinto día de captura, en una amplia lista de personas que dejarían la casa, pero tuvo un gesto inusual incluso para un hombre de fe: decidió quedarse hasta que el último de los rehenes saliera.
No conozco a Sebastían y no tuve el honor de conocer al padre Wicht, pero en tiempos en que sentimos que la paciencia parece agotarse, rescatar brevemente estas dos historias y hacer una pausa en el diario cubrir de lo que resulta ser el doloroso y podrido trajinar político peruano - salvo excepciones - nos vuelve a recordar que hay peruanos que todos los días se la juegan, desde lo cotidiano y con gestos que a todos nos podrían sorprender, por hacer de éste, un mundo y un país en el que la palabra decencia no sea más que un enunciado vago. Que no nos roben la esperanza ni la dignidad.
(Fotos: Percy Ramírez y Aprodeh)




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