
Cada vez que Alejandro Toledo viene a Lima, alborota el escenario político. Esta vez lo ha hecho con un “estoy pensando mi candidatura” que suena a futuro lanzamiento a la carrera presidencial. Y más allá de factores familiares, Toledo está pensando en si su candidatura puede tener la fuerza necesaria.
¿Que factores pueden ayudar a que Toledo pueda tener opciones? Para comenzar, el hecho de no ser primero en las encuestas en este momento le ayuda a calcular mejor sus pasos, a tener menos reparos en ser más táctico y con menos presiones. El ex presidente, además, ha sido un candidato que ha remontado situaciones bastante difíciles y capaz de ser dúctil con cada segmento al que se dirige. De hecho, ha sido el único en ganarle una elección a Alan García, cuestión que éste no perdona.
Otra cuestión que Toledo consideraría entre los pro de su candidatura es la imagen que deja su gobierno vista desde la distancia. Para un sector importante de la población, la estabilidad económica, el crecimiento, los precios de los productos de primera necesidad sin mayores alzas y un mayor compromiso que el gobierno actual con fortalecimiento democrático y derechos humanos podría ayudarle, sobre todo, en sectores medios. A ello debe sumarse que no despertaría mayores sobresaltos entre los empresarios, dado que sabemos que en política macroeconómica se mantendría el esquema actual, con algunos ajustes.
Aquí el dicho del “malo conocido…” puede convencer a una parte del electorado de ser “el mal menor” en esta elección, dado que no se vislumbra a alguien de “fuera del sistema” que tenga mayor vuelo o recambio. (Bayly parece estar, en estos momentos, amarrado por su peor enemigo: él mismo).
¿Dónde están las debilidades de Toledo? El hecho que, a pesar de los logros de su gobierno, el mismo haya sido bastante impopular, debido al tratamiento de temas personales - el tardío reconocimiento de su hija Zaraí o cada vez que su esposa Eliane daba alguna declaración polémica -, a malos ministros (por cada PPK o Rospigliosi había también un Javier Reátegui) y a torpezas que ganarían el campeonato mundial de la frivolidad política.
Todo ello es cierto y creo que Toledo es indefendible en estas cosas que constituyen su principal pasivo. Pero Alberto Vergara introduce un factor a considerar, ¿desde dónde se evalúa a Toledo?:
Así, desde el inicio sembró antipatías a partir de su frivolidad, pero, para ser justos, también recibió una evaluación bastante frívola. Se le juzgó por huachafo, por engolar la voz, por dar vueltas en el avión parrandero, porque según se decía no pagaba las cuentas en los restaurantes, porque se escapaba cada vez que podía a Punta Sal, por coger los hielos del whisky con la mano, por la corbata verde, por su amargada mujercita y por su familia digna de Al fondo hay sitio.
Pero otro punto que menciona Vergara es otro factor que puede reducir las opciones toledistas:
A Toledo, entonces, se le ha pituqueado el electorado. Los nostálgicos de hoy son ideológicamente moderados y socialmente pudientes. Su potencial elector, en definitiva, se parece al de Valentín Paniagua, y si Toledo no desarrolla una estrategia sólida puede terminar pareciéndose también a don Valentín en el resultado electoral final. Así, la futura candidatura de Toledo tiene un destino abierto.
¿Cómo hará Toledo para reenganchar con ese sector que ahora lo vería como alguien que es más de lo mismo? Es una buena pregunta. Hasta el momento, el ex presidente no ha salido más allá en sus definiciones y en como convencerá a varios de que es una persona con más sensibilidad social que su sucesor, al que ahora, a su vez, quiere reemplazar. De hecho, las críticas de sus ex colaboradores que ahora están en el coche humalista apuntan a ese sentido.
Mientras tanto, el ex presidente sigue apostando a ser un candidato sin decirselo a nadie, aunque todos en el fondo sepamos que se lanzará.
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