Archivo de 15 Agosto 2009

Fueron segundos eternos. Nadie sabía que pasaría, si volvería ver a su familia, en qué parte ocurría o si lo que vendría sería un largo silencio o el final de la historia personal. Cuando todo calmó, comenzamos a ver la magnitud del desastre.

Tiene razón Patricia del Río al decir que fueron los ciudadanos comunes y corrientes los que mejor se portaron.  Toneladas de ayuda envíada, equipos de voluntariado que fueron a la zona o el simple hecho de mantenernos sensibles sobre la materia fueron el ejemplo de un país que, siempre que hay una causa solidaria por apoyar, se pone de pie y pone el hombro, el codo, el brazo completo y la fuerza de voluntad para estar, acompañar o dar.

Esa misma actitud no ha sido demostrada por el Estado, desde el simple hecho que a Alan y a Forsur no le cuadren las cifras, pasando por un alcalde inoperante en la ciudad más devastada, o por un presidente regional que para en la luna de Paita. En esto hay que decirlo, los privados, tanto empresas como ong’s, han operado mucho mejor en las zonas que había que reconstruir y con las personas a las que había que devolver su calidad de ciudadanos.

Y eso duele. Porque hablamos de lugares que están cerca de la capital, aquella que es vista con recelo apenas salimos de los linderos de Ancón, Chosica o Pucusana. Porque nunca el país había tenido tanto dinero en las arcas, producto de un trabajo bueno en la parte macroeconómica, que no ha podido ser utilizado del modo más adecuado. Porque duele ver que el Presidente de la República y las demás autoridades solo atinen a echarse la culpa las unas a las otras de su inoperancia. Porque nos demuestra que las reformas institucionales que Alan García se negó sistemáticamente a hacer nos pagan la factura de la peor manera.

Desde lo personal, lo ocurrido en Pisco duele. Fue la cobertura que más trabajo me costó hacer, porque ir incrementando la cifra de fallecidos conforme pasaban las horas durante los primeros días era una tarea complicada en términos humanos, porque ver casas destruidas, gente llorando a sus muertos, desolación total jode en el alma. Y porque luego de dos años, volvemos a comprobar que no tenemos políticos a la altura de las circunstancias.

Y como católico, finalmente, me duele que el pastor de la Iglesia de Lima pide a la gente que no se queje. No me sorprende de alguien que acusaba a las organizaciones de defensa de los derechos humanos de ser una cojudez. Pero ello se da de patadas con el mensaje cristiano y con la propia doctrina católica sobre los derechos humanos. Comience a pedir que revisen los templos de Lima, antes que nos caigan en la cabeza en un sismo. Y comience a condolerse por sus hermanos. Imite a la persona a la que dice representar en Lima.

Ojalá esta columna no tengamos que repetirla el próximo año.

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