Bagua: La Policía y el síndrome Uchuraccay
Escrito por: Jose Alejandro Godoy en Uncategorized
Anoche, dos reportajes del programa Enemigos Intímos nos volvieron a la pregunta ¿Qué pasó y por qué murieron los policías en Bagua? La respuesta dada por los dos informes, en realidad, corrobora - en la misma zona de los hechos - la versión que fuera dada por Gustavo Gorriti hace un par de semanas (y que poca gente se detuvo a ver):
Si en el desalojo de Pómac la falta de armamento mató a los dos policías en enero de este año, en Bagua y en la Estación 6 fue el exceso de armamento lo que los mató.
¿Por qué? Porque en Bagua y la Estación 6, los policías de la Dinoes estaban armados con fusiles de asalto AKM, con por lo menos dos cacerinas de 30 balas cada una. Además, tenían pistolas y granadas.
Ese es un equipamiento letal, con un poder de fuego arrasador. Pero que sirve para la guerra, no para el control de multitudes.
De acuerdo con los testimonios más confiables que he podido reunir, la operación de desalojo empezó antes de las seis de la mañana del viernes, con lo que se supuso iba a ser un ataque “sorpresa” al cerro que domina la Curva del Diablo.
El operativo “sorpresa” fue emprendido por 18 policías. Estaban tan mal informados que se encontraron con alrededor de 500 manifestantes. Lanzaron gases, a corta distancia. Se produjo una trifulca. Y en ella, según relataron manifestantes a un experimentado periodista televisivo, un policía disparó, o se le escapó (que creo más probable), una ráfaga. Cayeron cerca de 25 nativos; dos murieron y la mayoría quedaron heridos, entre ellos el dirigente Santiago Manuin a quien inicialmente reportaron como muerto.
Los nativos rodearon a los policías y los amenazaron a corta distancia con sus lanzas. Ese fue el momento de la alternativa del diablo: en segundos hubo que decidir si disparar o rendirse. Disparar era salvarse, pero ocasionando una matanza. Rendirse, hasta ese viernes, significaba un moqueguazo: humillación pública, golpes, pero se salvaba la vida y no se segaba otras.
Los policías, mandados por el mayor Bazán, un excelente oficial, se rindieron y entregaron sus armas.
Con esas mismas armas los mataron.
Abajo, nadie sabía lo que pasaba, porque la Policía no tiene radios. Así como lo escuchan; en plenas operaciones se comunican entre sí por celular.
Algunos nativos despojaron de sus uniformes a los policías muertos y se acercaron al resto de Dinoes, para dispararles, según versión proveniente de aquéllos. Dos llegaron a hacerlo e impactaron a varios policías. También le dispararon al helicóptero.
A partir de ahí se inicia la balacera y la Dinoes arremete con todo. Cuando avanzan con el camión blindado Caspir por delante, la resistencia se desmorona en un momento, hay un sálvense quien pueda, y el desbloqueo se convierte en violentas capturas y persecuciones.
Entre tanto, en la Estación 6, el comandante Miguel Montenegro –un notable oficial, que fue jefe de salvataje en Lima el año pasado– no sabe lo que está pasando. No tiene radio, está aislado y su celular no alcanza señal. Los dirigentes nativos, que tienen virtualmente controlada la base desde el inicio de la protesta, sí están informados, sobre todo por la red de radios comunitarias. Montenegro ha jugado sus cartas al diálogo y no hace ningún aprestamiento bélico. De manera que cuando los nativos, que ya ocupan todo el perímetro de la base, deciden dominarla, no tienen que hacer casi ningún esfuerzo.
Despojados de sus uniformes, amarrados con sus pasadores y, en el caso de Montenegro, cegados por un líquido que le refriegan en los ojos, tratan de negociar su vida. Según los sobrevivientes, los aguarunas están divididos. Unos quieren matar a toda costa. Otros se niegan. Montenegro llega a subir a un cerro con sus captores para tratar de encontrar señal con la que llamar a Lima, a su comando, a la radio, pero tampoco la captan. Ahí se inicia la matanza de policías. Algunos, los más jóvenes, escapan, ayudados, parece, por los aguarunas que no querían matar.
Según testimonios de fuente policial, los sobrevivientes llegaron al cuartel del Ejército, que está a pocos minutos de la Estación. De acuerdo con ellos, el Ejército no organizó las inmediatas patrullas de rescate que hubieran permitido salvar, quizá, algunas vidas. Esto debe ser investigado a fondo.
Esta versión ha sido coroborada por policías a Seguridad IDL y, de toda la información obtenida se desprende que: 1. El operativo fue mal ejecutado y probablemente ni siquiera haya sido planeado o pensado correctamente, 2. La orden de despejar la Curva del Diablo vino desde Córpac, muy probablemente, de la Ministra Mercedes Cabanillas, que parece asumir funciones de Directora General de la Policía cuando le da la gana (y esconder responsabilidades cuando comete las barrabasadas), 3. Fueron los nativos los que mataron a los policías: en la Curva del Diablo, por los disparos dados a líderes comunales y en la Estación 6, ante las informaciones radiales que indicaban la muerte de sus compañeros. 5. Los policías, en privado, responsabilizan a su Director General y a la Ministra de la peor masacre ocurrida contra miembros de las Fuerzas del Orden.
Este relato tiene dos consecuencias claras: 1. La necesidad de procesar a los autores materiales de la muerte de los policías, que no pueden escudarse en una cosmovisión distinta por estas muertes y 2. La renuncia de Mercedes Cabanillas, pues su responsabilidad en el operativo más infamemente planeado o ejecutado es mayúscula.
Ahora bien, el hecho de que la prensa haya podido corroborar esta versión, nos muestra la necesidad de una investigación independiente, tanto sobre la muerte de los policías como la de los nativos (tarea, por demás, pendiente en estos momentos). Y es que para algunos de nosotros, la sensación que quedó es que la primera víctima de Bagua fue la objetividad o la búsqueda de la verdad. Comenta Eduardo Villanueva:
La cacofonía creada por puntos de vista completamente carentes de interés en discernir lo ocurrido, sino solo dedicados a machacar interpretaciones a priori, se ve fortalecida por la existencia de los nuevos medios. No me refiero solo a los comentarios que aparecen en ciertos posts, aunque son importantes manifestaciones de esta lógica. También es la importancia que se le da a ciertos testigos, la veracidad total que se le asigna a ciertos actores: si le creemos a todos los testimonios de todos los que se llaman testigos, o si los ignoramos completamente y solo creemos las versiones oficiales, es finalmente más reflejo de nuestras opciones políticas que de nuestra capacidad de discernir la realidad a partir de pedacitos dispersos.
A esta cuestión le llamo Síndrome Uchuraccay. Cuando ocurrió la matanza de 8 periodistas y su guía, en enero de 1983, desde la izquierda más radical se cuestionó la investigación factual de la comisión presidida por Mario Vargas Llosa, que resultó cierta en lo esencial: los campesinos mataron a los periodistas al confundirlos con miembros de Sendero Luminoso, luego de varios mensajes de los militares que los incentivaron a matar. Digamos, se produjo el mito del “buen salvaje”: los campesinos “eran incapaces” de asesinar a los periodistas. Como bien lo recuerda El Morsa, la idea de diálogo el 26 de enero de 1983 fue imposible por el contexto. Y, también, pero ya desde la derecha, vino el error de interpretación:
la derecha buscó repetir la intepretación del peruano aislado, quechuahablante, arcaico del “informe uchuraccay”. la tesis del estado ausente y por lo tanto desconocido para los uchuraccaínos. tesis que se cae cuando se reconstruyen los hechos y se observa cómo la población de uchuraccay se desplaza en varios momentos previos a la comisaría de la guardia civil a pedir protección. de igual modo, la población contaba con una escuela primaria, bodegas y la población se desplazaba a otros lugares para trabajar (lima, selva ayacuchana). ¿uchuraccay aislado? solamente en el informe citado.
Lo mismo ha pasado, guardando las distancias, en Bagua. Desde la izquierda más radical, se ha hablado de genocidio, de que hubieron más muertos indígenas - cuestión que, ojo, aún hay que investigar - o que el gobierno venía ocultando muertos. No se hacía énfasis en la muerte de los policías y en la necesidad de sancionar a quienes los victimaron. Y desde la derecha, se ha procurado enfatizar en el caracter “salvaje” de los pueblos amazónicos y en la necesidad de que se “adecuen” a una versión de modernidad, visión que ha tenido su versión más acabada - y grotesca - en los artículos de Aldo Mariátegui y Andrés Bedoya Ugarteche y en varias declaraciones de autoridades durante estas semanas (Ver artículo de Fernando Villarán al respecto). Y, en efecto, estos pueblos tienen una larga tradición de contacto con varias zonas del país y - en esto le doy la razón a Rosa María Palacios - defendían su derecho de propiedad - creación recontra liberal, aunque conceptualizada de un modo distinto en este caso - frente a las ambiguedades normativas de un gobierno que parece privatizado.
¿Esto le quita responsabilidad al gobierno? No. Por el contrario, la agrava, dado que no solo ordenó un operativo infame y persistió en sus decretos hasta que teníamos que contar cadáveres, sino que no ha logrado entender que gobernar en democracia implica escuchar a todos, por más que piense que estén equivocados. Y, claro, por ser estúpidamente conservador en un país que necesita cambios a gritos.
Y mientras tanto, el país se sigue calentando aún más, a pesar que sea invierno.




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