Archivo de 22 Febrero 2009

Ya se que el tema de la película de Claudia Llosa ha acaparado titulares, posts, comentarios y debates sobre el prejuicio hasta el hartazgo.  Pero quizás lo bueno que ha motivado el premio es que ha puesto sobre la palestra es el tema de las secuelas del conflicto armado interno en las mujeres.

El viernes Ronald Gamarra nos recordó el estado de la cuestión:

Actualmente, solo en las fiscalías de Ayacucho, hay los casos de 42 mujeres violadas, que se atrevieron a romper el temor y la vergüenza que impiden a muchísimas otras denunciar el crimen del que fueron víctimas. Y no hay justicia para ellas. En Huancavelica, en las localidades de Manta y Vilca, decenas de mujeres fueron violadas por los efectivos de la base militar que allí se estableció. Siete de aquellas mujeres valerosamente dieron el paso de denunciar a sus agresores, identificando plenamente a nueve militares, pero ellas también esperan justicia. La Defensoría ha documentado decenas de casos, que han sido acogidos por el Relator Especial de la ONU sobre violencia contra la mujer, pero no por las autoridades peruanas.

En efecto, el único caso judicializado de violencia contra la mujer es, precisamente, el de las bases militares de Manta y Vilca en Huancavelica, instalaciones militares que se convirtieron en centros donde se practicaron violaciones sexuales, muchas de las cuales terminaron en embarazos. Como se imaginarán y como buena parte de los procesos por violaciones de los derechos humanos cometidas entre 1980 y 2000, este caso avanza a la buena de Dios.  Y como lo señala Ronald, otras denuncias de este tipo se hallan entrampadas en investigaciones fiscales interminables. Cuando son admitidas, por cierto.

En el caso de las reparaciones, muchas de las víctimas de violaciones sexuales se han acercado al Consejo de Reparaciones para inscribirse en el Registro Único de Víctimas. Pero también la situación es complicada. Sofía Macher nos cuenta:

A la fecha el Consejo de Reparaciones ha recibido 2,021 solicitudes de inscripción que presentan afectaciones de violación y/o violencia sexual. No se ha logrado que las mujeres en el campo, que sufrieron esta violación se atrevan a contar su historia. Muchas de ellas han tenido hijos producto de las violaciones y muchos de ellos desconocen esta situación, o sus esposos no conocen de este episodio y no quieren que se enteren. Esta situación hace muy difícil el registro de violencia sexual, por lo menos aplicando la metodología que actualmente se utiliza. Será necesario entonces desarrollar una estrategia particular que garantice la confidencialidad y el tiempo necesario para que estas historias puedan salir.

Para complicar más las cosas, nuestras normas sobre reparaciones tienen un severo defecto: las víctimas que sufrieron otro tipo de violencia sexual durante el conflicto no pueden acceder a todos los programas del PIR. Solo pueden acceder a reparaciones en salud. Cabe recordar que la violencia sexual también puede comprender conductas tales como prostitución forzada, unión forzada, esclavitud sexual, abortos forzados y embarazo forzado. La CVR solo registró estadísticas sobre violaciones, pero en varios pasajes de su informe final hace alusión a la ocurrencia de algunas de las prácticas antes mencionadas. Aquí hay un serio defecto normativo, producto de la falta de una mirada de género en el momento de elaborar la legislación, que debe ser corregido.

Las víctimas de la violencia sexual son invisibilizadas y doblemente estigmatizadas, tanto por el daño sufrido y las secuelas del mismo, como por el hecho de ser mujeres. Lo peor es que este tipo de casos se sigue produciendo el día de hoy, con las mismas consecuencias. Diana Bazán, una cadete de la FAP, fue violada por un alferez de dicha institución. Ella denunció el hecho, pero, por ese malsano “espiritu de cuerpo”, ha sido marginada dentro de su institución. Todo con la venia del Ministro de Defensa Ántero Flores - Araoz, quien ha hecho gala de su poco respeto por las mujeres en otras ocasiones.

Como dice Patricia Del Río:

Nuestra querida Claudia Llosa acaba de ganar el Oso de Oro por tocar en su filme La teta asustada las terribles secuelas de una agresión sexual a una mujer. Claudia, a través del arte, les ha dado voz a las víctimas que normalmente ahogan sus gritos bajo la violencia aplastante del machismo y la indolencia. A esta joven cineasta, que hoy el país ovaciona, le debemos mucho más que las gracias por este premio. Si queremos ser consecuentes, le debemos que todas las Dianas Bazán del Perú sean tratadas como heroínas, y no como traidoras o putas, cuando deciden hacer valer sus derechos. Si Fausta, la protagonista del filme, nos conmueve más que Diana, la de la vida real, entonces hay algo demasiado fundamental del proceso de violencia interna que sufrimos como país que aún no logramos comprender.

Y esa, también es una verdad.

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