Archivo de 21 Enero 2009

Tradicionalmente, el Santuario Histórico de Pomac en Lambayeque - también conocido por ser la sede del Museo Nacional Sicán - tiene esta vista apacible. De hecho, es un lugar que atrajo el año pasado a 12,000 turistas peruanos y extranjeros.

Pero ayer se intentó desalojar a los invasores de una amplia zona de este santuario, desalojo que no se produjo y que terminó con la muerte de dos policías. Dos hechos raros: los pobladores tenían fusiles AKM (¿suministrados por quién? Para detectar esto debería servir un servicio de inteligencia moderno) y los policías no tenían armamento, a pesar que se conocía ya en el 2004 (cuando se quiso hacer otro desalojo) que los invasores tenían armamento de largo alcance. Enlace Nacional nos presenta un informe sobre lo ocurrido:

César Hildebrandt, a quien no se puede acusar de ser un reaccionario, opina hoy:

En Lambayeque, una turba de traficantes disfrazados de pobres y de pobres convertidos en traficantes de terreno toma dominio de un boscoso santuario histórico, resiste todas las invocaciones judiciales y, finalmente, mata a balazos a tres policías que integraban el desarmado pelotón que iba a desalojarlos por mandato de una jueza. ¿Policías sin armas enfrentándose a delincuentes que invocan la pobreza como licencia de la Dicscamec? ¿Invasores profesionales a los que se le requisa munición de un AKM? ¿Y el fronterizo ministro del Interior, en qué discurso plagado de promesas se traspapeló? Lima se hace a punta de invasiones. Ahora Ferreñafe, la tierra de Castañeda Lossio, el jefe de la ocupación de Lima, se suma a esa manera cancerosa de ser y de crecer. ¿Será justicia divina?

Aclaremos conceptos. Respetar los derechos humanos no es sinónimo de lenidad ni ejercer la autoridad implica meter bala cuando se le de la gana. Eso es lo que algunos conservadores disfrazados de liberales pretenden hacernos creer. Justamente, el Estado, por tener el monopolio del ejercicio legal de la fuerza, debe ser lo suficientemente inteligente en saber cuando emplearla y como emplearla, sabiendo que tiene como límite los derechos de los demás y, a su vez, la necesidad de garantizar el orden en el país. Y esa, creo yo, es la línea del comentario - acertado, esta vez - de Hildebrandt. No podemos ser un Estado en el que se vulneren los derechos fundamentales de los demás, pero tampoco, en nombre del paternalismo, dejar que los califatos y el desorden cunda en el país.

Una vez más, las precariedades del Estado en el Perú. Una vez más, vidas humanas cuya pérdida hay que lamentar. ¿Hasta cuando?

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