
(Disculparán que me ponga personal, pero las circunstancias lo ameritan)
Una de las campañas más recordadas de la década se llamó A la Policía se le Respeta. Impulsada durante la estancia de Fernando Rospigliosi en el Ministerio del Interior, se procuraba que los ciudadanos dejen de coimear a los miembros de la Policía Nacional, sobre todo, al momento que eran detenidos por una infracción de tránsito. Sí, aquellas que comúnmente se arreglan con 10 a 30 soles, dependiendo de “la voluntad” del infractor y de la presión del policía. El slogan pegó, mucha gente sí tomó conciencia de la campaña, pero otras personas, tanto dentro como fuera de la Policía, siguieron en las andadas.
Esta mañana, mi hermano de 16 años iba en una coaster por Javier Prado. Batida. Un policía para el auto y el chofer le pide al cobrador, enfrente de los pasajeros, “20 lucas” para lo que ustedes ya suponen que haría. El chofer baja y de modo caleta le entrega el soborno - llamemos a las cosas por su nombre - al supuesto “agente del orden y la ley”. Mi hermano aprecia toda la escena, ya que se encuentra sentado en el asiento detrás del chofer, pegado a la ventana.
A los pocos segundos, comienza una pieza digna de montar por Alberto Ísola. El policía comienza a increparle al chofer por su mala conducta y el chofer le dice, “jefe, pero si no he hecho nada”. El “jefe” continúa la farsa, pero comete un error: le pregunta a un avispado joven de 16 años: “Oiga, ¿y usted está de acuerdo con la conducta del chofer?”. El joven responde: “Bueno, si me dieran los 20 soles que le acaban de dar…”. El policía se pica e intenta detener a un menor de edad, por supuesto “desacato a la autoridad”, pero, afortunadamente, los otros pasajeros que también habían visto el soborno, reaccionan, le reclaman tanto al chofer como al policía por su actitud y, finalmente, el guardia deja partir al vehículo.
Como vemos, varias inconductas: recibir un soborno, montar un espectáculo teatral, hacerse el ofendido, pretender arrestar a un menor de edad que le increpó irónicamente su mala conducta. Digamos, ese no es el tipo de personas que quisieramos en la Policía, ¿verdad?
Lo peor es que esta escena se repite todos los días en Lima y, a diferencia del chico que le increpó su conducta al mal oficial - y que, por casualidades del destino, vive en mi casa - muchos no nos atrevemos a decirles tanto a sobornador como a sobornado que lo que están haciendo es un acto de corrupción. Y luego tenemos la gran con…ciencia (por no decir una expresión más fuerte) de condenar los faenones de Rómulo y Canaán.
Indignarse es una capacidad que no debemos perder y la de actuar menos. Quizás sea la única actitud coherente para vivir decentemente en el Perú de estos tiempos.
(Y, gracias hermano por la lección de hoy. Te estás haciendo todo un hombre y un ciudadano. Ojalá todos tengamos la fuerza de los 16 años para seguir diciendo a los malos funcionarios el asco que nos causan).





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