
Nunca me ha agradado la Revolución Cubana. Lejos del romanticismo con el que algunos amigos mios la siguen viendo, nunca me han gustado aquellos movimientos de cambio por la fuerza que aspiran a construir “sociedades nuevas” sobre la base de la restricción de las libertades. Y menos aún que esos supuestos movimientos de cambio, ya instaurados e institucionalizados en aparatos de poder, sean el símbolo de la inmovilidad total.
Es cierto que la dictadura cubana tiene avances que exhibir en lo social. Sin embargo, me sigo preguntando si la educación que no enfatiza espíritus críticos o que te enseña la historia de modo tal que termines adorando a papa Fidel es una educación realmente de calidad. Y claro, dejar de ver que no se respeta las libertades básicas y que la economía cubana es un desastre es un defecto que muchas de nuestras izquierdas - afortunadamente, no todas - arrastran en sus pasivos.
Ayer, cualquiera que viera Telesur podía seguir las austeras celebraciones por los 50 años de la “Revolución Cubana”. El Pais explica porque dichas celebraciones fueron de perfil bajo
Deliberadamente, las autoridades quisieron este perfil bajo, y ello tiene varias explicaciones. La primera es que Cuba todavía intenta recuperarse de las secuelas de los huracanes Gustav e Ike, que arrasaron el país dejando pérdidas por más de 10.000 millones de dólares -el 20% del PIB en 2007-, y 500.000 viviendas dañadas severamente (un 15% del total), según las cifras oficiales. A ello se suma la crisis financiera internacional, agravada por la bajada de los precios de las materias primas que Cuba exporta y la subida de los precios de los alimentos, que ha exacerbado las tensiones económicas y ha puesto a la isla contra las cuerdas.
Para muchos cubanos, no hay demasiados motivos para celebrar. Otros dicen que el que la revolución haya llegado a medio siglo ya es “una victoria”.
Una “victoria” que no es reconocida por los más jóvenes e incluso por personas que siguen simpatizando aún con el régimen, como el cantautor cubano Pablo Milanés. Y ya en el campo de lo que, felizmente, aún sale de oposición en Cuba, hace algunos días, la celebre blogger cubana Yoani Sánchez escribía:
Yo la conocí cadáver, se los digo. Aquel año 1975 en el que nací, la sovietización había borrado toda la espontaneidad y nada quedaba de la rebeldía que evocaban los mayores. No había ya pelos largos ni euforia popular, sino purgas, doble moral y delación. Los escapularios con los que habían bajado de la montaña estaban ya proscritos y aquellos soldados de la Sierra Maestra, se habían vuelto adictos al poder.
El resto ha sido el prolongado velatorio de lo que pudo ser, los cirios encendidos de una ilusión que arrastró a tantos. Este enero la difunta cumple un nuevo aniversario, habrá flores, vivas y canciones, pero nada logrará sacarla del panteón, hacerla volver a la vida. Déjenla descansar en paz y comencemos pronto un nuevo ciclo: más breve, menos altisonante, más libre.
Y quizás es lo que muchos esperamos para Cuba. Que sea realmente libre, lejos de sus captores socios de Batista, lejos de sus explotadores del día de hoy.
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Virtú e Fortuna: Cuba y la izquierda
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