Archivo de 17 Agosto 2008

No es la primera vez que me hago esta pregunta y casi siempre la razón es la misma. ¿Cómo definir a un joven sin encasillarlo? Digo porque siempre siento un aura de pontificación sobre lo que es tener entre 18 y 30 o una exaltación de serlo por el simple hecho de pertenecer a una edad cronológica de la vida que hace que la interrogante se encuentre allí. Otros opinan que nos hallamos ante un estado de ánimo que no depende de la edad y que, a pesar de tener 70 u 80 años, hay muchas personas que siguen siendo jóvenes. Conozco algunos ejemplos de ello.

A raíz de la celebración del Día Internacional de la Juventud - que mereció atención solo por la desatinada pachanga presidencial y ministerial -, las inquietudes sobre este tema han vuelto y, de alguna manera, he recibido dos respuestas sobre el tema. La primera de ellas, por parte del “adulto contemporáneo” Fernando Vivas:

No comparto la onda detrás de cuotas y alabanzas porque esconde un paternalismo hipócrita: el mismo Gobierno que la pregona penaliza la sexualidad hasta los 18, coquetea con la idea de volver al servicio militar obligatorio y se negó a suscribir sin atingencias la Convención Iberoamericana de los Derechos de la Juventud.

Y desde el lado de la juventud, cronológicamente hablando, pero con una visión crítica, Laura Arroyo Gárate opina:

Lo que no me gusta tanto, es la aparente importancia otorgada a los jóvenes que termina por traducirse en crearles espacios solo para ellos, para que puedan compartir experiencias y conversar entre ellos. Es importante, claro que sí, que haya un diálogo fluido y eficaz entre los jóvenes, pero de ahí a pensar que la alternativa para incorporarlos en el desarrollo de un país es situándolos en un espacio solo para ellos no encuentro tanta coherencia.

Por el contrario, creo que el desempeño de los jóvenes debe estar en todas las áreas de la vida cotidiana. Creo que su empuje, pasión y energía son piezas fundamentales en cada espacio social y que por tanto, no es en un ministerio, por ejemplo, donde deban evaluarse políticas destinadas solo para nosotros y donde nosotros podamos conversar entre nosotros.

Creo que ambos comentarios reflejan muchos de los temores que tengo con la palabra juventud, sobre todo, paternalismo y encasillamiento. Es cierto, los jóvenes tenemos formas y espacios distintos a través de los cuales nos expresamos, pero ello no requiere, a mi modo de ver de un tratamiento especial que “nos prepare” para las tareas del mañana, impliquen éstas política, arte, deportes o cualquier cosa que querramos hacer. Sobre todo, porque esas tareas ya las estamos asumiendo desde ahora.

(Paréntesis, ese mismo temor lo sentía apenas supe que aparecería la página de jóvenes del diario El Comercio, pero en mi observación de esta primera semana, he podido percatarme que, afortundamente, todo rasgo de pontificación ha sido dejado de lado para dar paso a una saludable diversidad que, alternando de modo mas profundo lo lúdico con lo serio, puede dar lugar a lo que puede ser una nueva forma de enfocar lo joven. A seguir en ese empeño).

Vuelvo a la reflexión. Conforme los calendarios han avanzado, me he dado cuenta que catalogar a una “generación” por algo es recontra difícil. Conforme avanza el tiempo, los intereses individuales son los que priman y los colectivos son cada vez más pequeños o enfocados en acciones más concretas. Y por ello es que resulta también complicado señalar que “lo joven” debe tener tal o cual característica. Por eso es que muchas veces desconfío de los comentarios generalizadores y de las opiniones que, desde un lado u otro del espectro académico o político, intentan dar lecciones sobre lo que uno es o debiera ser.

Sin exaltación de la edad, pero sin minusvaloración de lo que somos. Quizás es así como quisiera que vean lo que, coincido, es más que un rango de edad en la vida, un saludable estado de ánimo.

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