
Ayer se celebró el referéndum revocatorio de autoridades en Bolivia, con un saldo que sigue reproduciendo la división en la que se encuentra dicho país. Tanto Evo Morales como los principales prefectos de los departamentos opositores han sido confirmados en sus puestos, con lo que hemos llegado a un estado de entrampamiento de la crisis política que vive dicho país desde hace varios años.
Ciertamente, Morales ha tenido problemas serios para impulsar sus reformas económicas nacionalistas y políticas, sobre todo, en lo que respecta a una nueva Constitución. De otro lado, la oposición, más allá de los referéndums autonómicos, no ha logrado conseguir el grado de manejo de recursos económicos y políticos que buscaban conseguir.
¿A donde lleva esta situación? Aquí se dividen los analistas. De un lado, voces como las de Martin Tanaka - desde hace unos meses - apuntan a que, siendo la situación difícil, es interesante que se canalice a través de modos institucionales y que, en realidad, estamos asistiendo a demostraciones de fuerza de uno u otro lado. Otros, como Carlos Basombrío, señalan que la situación de “empate” a la que se habría llegado deberia tener como resultante la instauración de un diálogo político en serio, que impida que el país se parta.
En esa línea, Morales parece haber captado más el mensaje que sus opositores, dado que ayer habló de juntar los proyectos prioritarios de ambos bandos - autonomías y Constitución - mientras que los prefectos ratificados apuntan a que la Constitución de Morales no se apruebe.
Finalmente, está el escenario más catastrofista anticipado por Santiago Pedraglio. En el mismo, aparecen ambas posiciones enfrentadas actualmente con una clara tendencia a la polarización extrema: de un lado, autonomistas llamando a no obedecer al gobierno nacional y del otro, Morales aprobando la Constitución a la mala, con lo que optaría por el camino autoritario.
Así, Bolivia continua con una crisis irresuelta y que, a mi modo de ver, debería derivarse en una discusión en serio sobre lo que quieren tener como país, tanto en términos autonómicos, como económicos y sociales. No hay duda alguna que la descentralización es importante, pero ella no debe llevar a partir a un país sobre la base de intereses económicos. Y la redistribución de recursos es algo vital en un país desigual como Bolivia (y como el nuestro), pero se tendrá que pensar bien si los instrumentos puestos en marcha por Evo son los adecuados.
Es en ese plano donde debería jugarse el partido de fondo, con plena conciencia de lo que decidan, no solo definirá el futuro de dicho país, sino también de buena parte de la región andina.




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