Archivo de 3 Agosto 2008

Subes, pero no sabes si volverás.

Cada vez que alguien conocido sube a un bus interprovincial, me preocupo. No es para menos. Hasta no saber que esa persona llegó a su destino, la tensión seguirá allí.  Viajar en carretera en un país como el mío se ha convertido en un deporte de aventura y, en el caso de algunas líneas de transporte, casi en un pasaje seguro a encontrar como destino el Otro Mundo.

Digámoslo claro. Lo que pasa en las carreteras es, en tamaño macro, lo que ocurre en nuestras pistas urbanas, sobre todo, en el transporte público de pasajeros. Viajar en combi o en coaster es una travesía que entre el “habla, vas”, la música a todo volumen, las carreras, el tratar a los pasajeros como si fueran ganado vacuno u ovino y los paraderos inverosímiles termina siendo un canto a como las reglas de tránsito son letra muerta.

Claro, también hay que ver la otra cara de la moneda. Estamos hablando de empresas informales, con choferes que carecen de seguro y beneficios sociales y que, además, trabajan hasta 14 horas seguidas.  Digamos, los derechos laborales conculcados y la informalidad absoluta en la forma de manejar, literalmente, a ciudadanos como nosotros.

Lo que he escuchado esta semana sobre el transporte interprovincial va por la misma línea, pero cobra más víctimas. Escuchar las historias de familias que pierden a un padre, a una madre o a un hijo se ha convertido en parte del paisaje cotidiano. Las cifras son claras, en los últimos años hemos perdido en accidentes de carreteras a una cantidad de personas que equivalen a la mitad de muertos y desaparecidos por el conflicto armado interno. Manejar se ha convertido en algo casi tan letal como una pistola o un coche bomba. Trágica paradoja que con planes Tolerancia Cero que no funcionan no se va a resolver.

¿Dónde radica el problema? De un lado, en un Estado que no regula una actividad de la que se ha olvidado que es un servicio público. Escuché a Rosa María Palacios decir hace algunos días que los gobiernos regionales no implementaban Tolerancia Cero. La Ministra de Transportes se declara impotente ante la magnitud de lo ocurrido (y no renuncia). En tiempos de mercado salvaje, a veces nos olvidamos que la economía y los servicios están al servicio de las personas y que la seguridad del transporte tiene un costo en vidas humanas.  Quizás ahora García pueda entender porque se cae en las encuestas, más allá de la inflación.

Pero, de otro lado, el problema se encuentra en nosotros. ¿Cuántos respetamos las reglas de tránsito, siendo peatones o choferes? ¿Cuántos exigimos a las empresas de transporte, a los choferes, a los cobradores que respeten las reglas para vivir civilizadamente y llegar a nuestro destino sin tener que rezar un Padre Nuestro? ¿Cuántos empresarios de transporte dan las condiciones a sus choferes para capacitarse mejor, descansar, llevar una buena paga a sus hogares y tener condiciones mínimas para trabajar?

A raíz del cierre de terminales informales de líneas interprovinciales, una amiga decía hace algunas semanas:

El problema es que cerrando terminales (que debieron cerrar hace tiempo), no solucionan el problema. Pero la cosa no debería ser solo eliminar la informalidad, la apuesta debería ser por promover la formalidad. (¿Casi casi como pedirle al Parlamento Europeo que en lugar de expulsar ilegales, brinde facilidades para su legalización?). Para que podamos viajar a precios decentes en buses decentes y con las medidas de seguridad respectivas. Cerrar terminales informales está perfecto, pero si siguen haciendo dormir proyectos de construir o mejorar terminales terrestres, y no ponen mano dura en temas como la supervisión estricta de licencias y de los mismos buses, lo que están haciendo es lo mismo que nada.

Ahi tenemos un reto para, verdaderamente, pensar en grande. ¿O esperaremos que un familiar nuestro engrose una estadística más?

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